miércoles, 4 de junio de 2025

La voluntad de participar: perspectivas desde Venezuela

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La participación democrática debe ser activa, personal y voluntaria. ¿Cómo ejercerla aun en las condiciones más adversas?

Por: Juan Salvador Pérez23 May, 2025

Sin duda hay circunstancias, condiciones y momentos de la vida en los cuales nos encontramos de manera indefectible ante diatribas que nos obligan a fijar posiciones y tomar decisiones.

Jorge Luis Borges, en su culta narrativa ficticia, plantea en el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” que “cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras…”. De seguidas, él mismo nos ofrece el contraargumento en el caso de aquel que “opta –simultáneamente– por todas” y de esta forma crea diversos porvenires, diversos tiempos que proliferan y se bifurcan.

El acto de elegir

Elegir (incluso elegir no elegir) es un acto que realizamos todos nosotros, todos los días y muchas veces al día. Salvo casos muy excepcionales, los expertos dicen que una persona toma al día un promedio de 35 mil decisiones. Solo muy pocas se toman de manera consciente, pero no por ello dejamos de tomarlas.

Visto esto así, elegir no es lo que define a una democracia. No es lo que la define porque sencillamente no es un acto propio ni exclusivo de ella. Es decir, elegimos todos los seres humanos más allá del tipo de gobierno que tengamos. Elegimos porque elegir es parte intrínseca de la propia vida.

Sin embargo, para muchos, hablar de democracia es simplemente hablar de elección. Y participar en democracia se trata y reduce a ello: a elegir, ir a elecciones. Pero no.

De esas 35 mil decisiones diarias, acaso somos conscientes de menos del 1%. Y obviamente, cuando hablamos de participación, ciudadanía y democracia, entramos en ese reducidísimo porcentaje de decisiones y elecciones que tomamos –o al menos así debería ser– de manera consciente.

Condiciones sine qua non de la participación

Nos dice Giovanni Sartori que la participación como expresión democrática supone tres condiciones sine qua non. La participación debe ser: activa, personal y voluntaria.

Activa: es decir, aquellos que participan deben tener capacidad de actuar, de poder ejercer esa capacidad y de estar efectivamente en acción. Es difícil –quizás sea estratégico en alguna ocasión, pero no puede ser la actitud imperante– pensar en personas democráticas que no actúen, que no hagan nada, que simplemente se dispongan y dediquen a ver qué hacen los otros. Esperar que otros hagan, atenta contra la democracia en tanto concepto y en cuanto sistema de gobierno. De igual modo, optar por no hacer nada y pretender que las cosas cambien atenta contra la responsabilidad ciudadana más elemental. Pero sobre todo (y acaso peor) contra el sentido común.

Personal: en el sentido literal del término. La participación debe ser ejercida por la persona portadora y sujeto del derecho a participar y no por otra. La acción le corresponde ejercerla a quien le corresponde. Aplica en este supuesto de manera precisa el principio de la subsidiaridad. Como aquel que busca promover la autonomía y la responsabilidad de cada uno, evitando intervención de entes externos u otras personas, salvo que sea necesario y cuando la persona responsable no pueda hacerlo de manera efectiva.

Voluntaria: a este punto le otorga Sartori especial relevancia. Nos dice con insistencia que participación es ponerse en marcha por uno mismo, no que otros te pongan en marcha ni que te movilicen desde arriba.

La relevancia que Sartori da a la voluntad merece especial atención. No debemos confundir participación con movilización, ni tampoco participación con chantaje. Pues el uso de la fuerza siempre es un vicio de la voluntad. Y cuando estamos en presencia de sistemas de gobiernos y de luchas de poder, el uso y abuso de la fuerza siempre suele estar presente.

Participar es un acto de voluntad

Tres potencias definen el alma del ser humano según la escolástica medieval: memoria, entendimiento y voluntad. Estas tres facultades o capacidades innatas son las que permiten al ser humano realizar sus funciones esenciales.

La memoria nos permite saber quiénes somos, recordando lo que más ha influido en nosotros, lo más entrañable y profundo de nuestra naturaleza. Por su parte, el entendimiento permite conocer y descubrir la verdad, distinguiéndola del error y la mentira, conduciéndonos así a la perfección. Y la voluntad, nos permite decidir y actuar, nos permite desear y elegir el bien, rechazando el mal, y alcanzar la trascendencia. Pero de estas tres potencias, aunque son inseparables para definir el alma, podemos (y espero que San Agustín de Hipona nos permita esta licencia) atrevernos a decir que en materia del ejercicio democrático la voluntad cobra particular relevancia.

Veíamos al inicio que es un porcentaje menor al 1% el relativo a las decisiones que tomamos de manera consciente. Siendo esto así, se nos hace claro y evidente que hay decisiones que no solo se toman de manera consciente, sino que representan y traen consigo consecuencias tremendamente importantes. No solo para nosotros en nuestra individualidad, sino para el conjunto de nuestra sociedad y entorno.

Tal es –o debería ser– el caso de las decisiones de carácter político. Por ello, la importancia de la voluntad como potencia del alma, pues esta concede y otorga la capacidad fundamental para la libertad y la elección.

Los seres humanos somos libres, fuimos creados libres. Y somos libres para vivir en libertad y para elegir en libertad.

Venezuela, 10/05/2025. Los venezolanos acudieron a los centros de votación a primera hora. Foto: Shutterstock

Cuando elegimos participar

Ciertamente elegir no es sinónimo de democracia, ni la define ni le da especificidad. Pero participar sí define y sí otorga especificidad a la democracia. O, mejor dicho, no podemos hablar de democracia si no nos es posible participar en ella. Ni tampoco es posible hablar de demócratas que renuncien a la participación o resuelvan dejar de hacerlo o que lo hagan otros en lugar de ellos. Al hacer esa renuncia, se corre el altísimo riesgo de renunciar a ser ciudadanos democráticos.

Volviendo a Sartori la participación es clave en la democracia, y debe ser activa, personal y voluntaria. Que no se nos olvide esto.

Ser democráticos no es una circunstancia, es una decisión (de esas que entran en el 1%): somos democráticos o no lo somos, somos demócratas en la manera de relacionarnos con los demás, de concebir y respetar los derechos del otro, de llevar adelante un modelo de vida ciudadano y virtuoso en sociedad a pesar de los reveses, de los atropellos, de los obstáculos, a pesar de los antidemocráticos.

Somos demócratas, verdaderamente demócrata, en tanto y en cuanto decidamos seria y libremente serlo. Entendiendo, ¡claro está! la libertad en el ser humano, como aquella fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad en democracia supone que nadie puede estar obligado desde arriba, pero tampoco nadie puede estar obligado por sus pares. Nadie puede estar constreñido a cumplir la voluntad del otro, ni – peor aún – hacer algo en contra de nuestra de voluntad.

Es así, pues, que cuando elegimos libremente ser demócratas, cuando optamos por vivir en democracia, cuando elegimos participar, lo hacemos desde nuestra más íntima disposición interna.

Somos demócratas porque así queremos vivir, aunque las circunstancias no estén dadas. Somos demócratas cuando elegimos construir democráticamente la democracia.

Venezuela-elezioni: il silenzio del popolo

 

Venezuela-elezioni: il silenzio del popolo

di: 

venezuela

Nei dizionari ci sono parole molto belle, sia per il loro nome che per il loro significato. Per me, la parola «notte fonda» (conticinium) è una di queste: quel momento, quell’ora della notte – o del giorno, perché no? – in cui tutto è silenzioso.

Che tutto sia silenzioso accade raramente, soprattutto in questi tempi di sovrastimolazione, di connessione costante, di rumore. Tuttavia, accade.

Per i romani, la parola “conticinium” evocava il silenzio, il silenzio per la riflessione, per la calma, per il riposo, per la pace. E questo silenzio lo otteniamo o perché ci procuriamo lo spazio in modo consapevole e deliberato, o perché le circostanze ci conducono a una situazione in cui il silenzio si produce – quasi – da solo, o provvidenziale, diranno alcuni.

***

La verità, la verità vera, è che sia che lo cerchiamo o che semplicemente si produca e noi ce ne rendiamo conto, dobbiamo saper approfittare di questo conticinium per ciò che ci suggeriscono i romani: per riflettere.

I risultati delle elezioni parlamentari e regionali del 25 maggio, al di là delle dichiarazioni – purtroppo inconciliabili e distanti – dei promotori e degli avversari, esprimono qualcosa di molto chiaro: il silenzio della gente per strada, il silenzio di un Paese.

Il fatto che 6 venezuelani su 10, o 7 su 10, o 8 su 10, abbiano deciso di rimanere in silenzio durante il processo elettorale e di non partecipare, al di là delle interpretazioni politiche che si vogliono e si devono dare, rappresenta un messaggio molto chiaro e un grido di riflessione nazionale.

Riflessione per la calma, per il necessario “riposo” da tanto conflitto. Riflessione per pensare attentamente e con calma a ciò che vogliamo per noi (per tutti noi) e a ciò che vogliamo per il Paese. È tempo, cioè, di prenderci il tempo per riflettere seriamente e profondamente sul bene comune.

***

La Dottrina sociale della Chiesa ci dice che per poter parlare di bene comune devono essere costruite ed esistere una serie di condizioni di vita sociale, con le quali le persone, le famiglie e le associazioni possano raggiungere con maggiore pienezza e facilità la propria perfezione[1]; e questa perfezione risponde, si fonda e si inserisce per sua natura nell’essere umano nei piani divini, in ultima istanza, in Dio stesso.

Non si tratta quindi di pretendere che il bene comune si opponga al personale, come se si trattasse del bene di una collettività impersonale, di un tutto in cui le parti sono state svalutate. Al contrario, i beni più importanti della persona sono e devono essere comuni, non privati[2].

Papa Leone XIV, all’inizio del suo pontificato, è stato molto chiaro su quale deve essere l’atteggiamento di noi cattolici: «Dobbiamo cercare insieme di essere una Chiesa missionaria, una Chiesa che costruisce ponti e dialogo, sempre aperta ad accogliere tutti, tutti coloro che hanno bisogno della nostra carità, della nostra presenza»[3].

Costruire ponti e dialogo! Che sfida ci lascia il papa. Per questo, insistiamo, il silenzio che viviamo nel Paese è meno una rivendicazione che un’occasione di riflessione. Una sorta di conticinium, affinché tutti insieme pensiamo e ripensiamo a come costruire insieme il Paese di cui abbiamo bisogno.

  • Una collaborazione con la rivista venezuelana SIC (originale spagnolo qui).

[1] Nelle encicliche Pacem in Terris e Mater et Magistra di Giovanni XXIII questa idea è sviluppata in modo approfondito.

[2] Rafael Tomás Caldera, Notas sobre el Bien Común: Revista SIC qui.

[3] Primo saluto di sua santità Leone XIV.

lunes, 7 de abril de 2025

AMORIS LAETITIA: PERDÓN, ALEGRÍA Y DISCERNIMENTO


 

“…Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”

(1 Co 13,7).

1.- A manera de introducción.

Dos hermosas conmemoraciones coincidían el día en el cual la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia fue firmada por el papa Francisco: la festividad de San José y el jubileo extraordinario de la Misericordia.

José de Nazareth, ese hombre de quien se conoce poco, que habló poco (tan poco que no hay palabras suyas en las Escrituras), pero que por sus virtudes – la paciencia, la mansedumbre, la amabilidad, la ternura, la obediencia, la acogida y calidez, la valentía, la creatividad, el silencio y el trabajo – y que por ejemplo de castidad y santidad es reconocido como el patrón de la familias y también patrón universal de la Iglesia.

En cuanto al jubileo de la Misericordia, el mismo papa Francisco dijo al convocarlo: “Será un año santo de la Misericordia, lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: 'Seamos misericordiosos como el Padre'. (...) Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”.[1]

Sobre estos dos pilares, San José como ejemplo y la Misericordia como clave de actuación, Francisco yergue y desarrolla el texto de la exhortación. Nada más y nada menos.

 

2.- El Amor como Don. La alegría y el perdón.

Para hablar de Amor, debemos partir de la premisa cristiana de que el amor proviene de Dios, aún más Dios mismo es el Amor: "Dios es amor; quien está en el amor vive en Dios y Dios en él" (1Jn 4, 16). "Dios es amor" es afirmar que Dios nos ama, es decir, Dios nos da su amor a todos como un padre bueno. De una manera misteriosa, Dios nos crea por amor y nos ofrece su amor. He allí – desde el principio –  el origen del amor como un don divino.

 

Pero ¿cuáles son los elementos centrales que lleven a vivir el amor como don y no como obligación matrimonial? La respuesta la encontramos en la exhortación Amoris Laetitia. Nueve son los títulos que conforman el cuerpo de la exhortación: 1) A la luz de la Palabra, 2) La realidad y los desafíos de la familia, 3) La mirada puesta en Jesús: la vocación de la familia, 4) El amor en el matrimonio, 5) El amor que se vuelve fecundo, 6) Algunas perspectivas pastorales, 7) Fortalecer la educación de los hijos, 8) Acompañar, discernir e integrar la fragilidad; y 9) Espiritualidad conyugal y familiar.

Pero es en el propio nombre de la exhortación donde queda perfectamente resumido, recogido y expresado – en tan sólo dos palabras – toda la esencia y el mensaje de la misma: Amoris Laetitia, la alegría del Amor.

Podríamos incluso llegar a decir, en una suerte de atrevido juego de palabras, el Amor trae la alegría. Y si nos resultase aún abstracto esto, el subtítulo de la exhortación lo precisa y lo acota: sobre el amor en la familia.

Es en la familia, en la familia cristiana, donde conseguimos la fuerza constante para la vida de la Iglesia.[2]

Pero, ¿por qué es esto así? ¿Cómo se fundamenta esa alegría y ese amor? La exhortación va tejiendo y armando todo el andamiaje para cimentar la alegría del amor, pero da especial relevancia a dos elementos. Primero, en una alegría compartida, un alegrarse con los demás:

110. (…) La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

Y segundo, en el perdón, en perdonarnos:

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

Sin perdón no hay alegría, y sin alegría no hay amor.

Francisco repite con frecuencia que «un cristiano que continuamente vive en la tristeza, no es un cristiano», pero la tristeza no son lágrimas o malos ratos, tampoco es sufrimiento o miedo. La tristeza es en realidad un mal sentimiento que se apodera de nosotros.

105. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón.

Nos dice el papa que “la alegría no es vivir de risa en risa. No, no es eso. La alegría no es ser divertido. No, tampoco es eso. Es otra cosa. La alegría cristiana es la paz. La paz que se encuentra en las raíces, la paz del corazón. La paz que solo Dios nos puede dar. Esa es la alegría cristiana. Y no es fácil custodiar esa alegría”.[3]

Sin perdón no hay paz, no puede haberla. Por supuesto que se dice fácil, pero evidentemente no lo es, cuesta y cuesta mucho.

106. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar.[4]

Pero es el perdón la fuente de la alegría, pues primero supone habernos perdonado nosotros mismos, en un honesto, serio y consciente ejercicio de autorreflexión; para luego sabernos perdonados por Dios Misericordioso.

107. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

De todos los planteamientos de la Amoris Laetitia, acaso el argumento más difícil de asumir y aceptar para todos, es la aceptación del Amor, del amor cristiano, como contracultural.

111. El elenco se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

Disculpar todo, perdonar todo: es esta la base sólida del Amor. Es esta la raíz profunda de la alegría. Suena loco, suena incluso injusto, disparatado, alcahueta, irresponsable. Pero no lo es.

No se trata de un perdonar, ni de un perdonarse, ingenuo. Es un perdón que nace del convencimiento cristiano, del «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Es un perdón que parte de nuestras limitaciones e imperfecciones, y que desde allí entiende, comprende, justifica: El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

Pero que va más allá, no perdona sólo para entender o justificar, sino que perdona para hacer trascender. Es esta la alegría cristiana, que se goza en el triunfo de Cristo y se materializa en el alegre compartir con los nuestros, con nuestros hermanos, en este mundo.

Ciertamente la Amoris Laetitia nos llama a la alegría del amor. Y el amor para nosotros los cristianos, se basa en dar, en darnos, en entregarnos. Perdonar es entregarnos. Perdonar es Amar, nos lo dice la exhortación: “El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía”.

El papa Francisco se apoya en San Pablo y su Himno de la Caridad, para mostrarnos cómo es el Amor:

«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

No hay obligación alguna que permita actuar así, no hay norma alguna que constriña a actuar así, con hay contrato ni acuerdo alguno que determine a actuar así. Sólo el amor como don, todo lo cree, todo los disculpa, todo lo soporta, todo lo espera.

 

3.- La importancia del discernimiento para acompañar a la familia y a los matrimonios.

Discernir, simplificando el concepto, es distinguir una cosa de otra o varias cosas entre ellas.

Pero para nosotros los creyentes, no se trata sólo de distinguir cosas, sino de reconocer, descubrir, interpretar (y actuar en consecuencia) la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Como señalábamos al inicio, la exhortación Amoris Laetitia – en nuestro entender – se fundamenta en la misericordia.

291. Los Padres sinodales han expresado que, aunque la Iglesia entiende que toda ruptura del vínculo matrimonial «va contra la voluntad de Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos». Iluminada por la mirada de Jesucristo, «mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas, dándoles la valentía para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan». Por otra parte, esta actitud se ve fortalecida en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia. Aunque siempre propone la perfección e invita a una respuesta más plena a Dios, «la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad». No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña.

Y si bien, los matrimonios son sacramento y bases de las familias, es decir, pilares de la Iglesia doméstica; la familia y los matrimonios son al mismo tiempo instituciones muy frágiles, muy sensibles, muy vulnerables y por ello requieren especial atención. Especial y profundo discernimiento.

Es precisamente en esta línea de misericordia y de sensible atención a la fragilidad, en la cual el papa Francisco nos propone los elementos y claves de discernimiento que debemos tener todos al momento del acompañamiento a los matrimonios y las familias cristianas.

Francisco nos presenta un nuevo enfoque, un nuevo paradigma[5]. Y por supuesto, como toda novedad, genera rechazos, sospechas, críticas y animadversiones. Sin embargo, el enfoque – en nuestro criterio – resulta no sólo adecuado sino genuinamente cristiano.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco lo ha dejado en claro, su pontificado es un pontificado de la misericordia, “Miserando atque eligendo”.

Y pudiese parecer exagerado que hablar y actuar desde la misericordia, como lo propone y hace el papa, represente un cambio de paradigma para una religión que se basa en el amor de Cristo, pero no lo es.

Nos dice Del Missier en su trabajo sobre la Amoris Laetitia que la exhortación ofrece una mirada diferente al reconocer que el amor conyugal es frágil y puede fracasar y es precisa y justamente en ese momento en el cual entra el discernimiento cuidadoso y personalizado para establecer si existe o no responsabilidad moral a nivel subjetivo de la conciencia personal, sin excluir que en algunos casos se pueda reconocer la presencia de la gracia santificante en lugar del pecado mortal[6].

Para Del Missier este cambio de paradigma es un necesario paso de la teoría abstracta a la realidad vital (…) nos revele el rostro de un Dios rico en misericordia y deseoso de que la humanidad viva bien. Nos coloca ante la inminencia de una pastoral discernida que siempre se incline a comprender, perdonar, acompañar, esperar y sobre todo integrar.

Ciertamente debemos dejar claro que el ideal propuesto es el matrimonio cristiano, no las relaciones matrimoniales fracasadas, pero es necesario y cristiano discernir cuál debe ser el acompañamiento adecuado para que aquellos que hayan fracasado no se sientan ni consideren excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes.[7]

El discernimiento que nos plantea la Amoris Laetitia, va enfocado en lo que bien señala Tony Mifsud[8]:

“La misión de la Iglesia no consiste en condenar, sino en difundir la misericordia a todas aquellas personas que la piden con corazón sincero. Por ello, el papa Francisco afirma que nadie puede ser condenado para siempre (AL, n. 297). Entonces, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición (AL, n. 296). Es la lógica evangélica de la integración a la comunidad.”

Podemos entonces concluir con Del Missier y Mifsud, que el discernimiento propuesto por Francisco en la Amoris Laetitia debe atender a estas tres premisas:

1.   Pasar de la teoría abstracta a la realidad vital.

2.   Colocarnos como punto de referencia en el ideal evangélico y no en la Ley.

3.     Reconocer la presencia de la gracia santificante en lugar del pecado mortal.

De esta forma, se hace una vez más conmovedoramente evidente la impronta y la esencia del Jubileo de la Misericordia y el modelaje de José de Nazaret en la esencia de la Amoris Laetitia.



 Juan Salvador PÉREZ



[1] de Juana, Álvaro (13 de marzo de 2015). «Papa Francisco convoca histórico Jubileo extraordinario: Año Santo de la Misericordia». ACI Prensa. Consultado el 16 de marzo de 2015.

[2] Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. S.S. Francisco. 2016

[3] Papa Francisco: La alegría es la respiración del cristiano. 2018. https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-la-alegria-es-la-respiracion-del-cristiano-37567

[4] Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. S.S. Francisco. 2016

[5] Como bien lo plantea Giovanni Del Missier en su artículo AMORIS LAETITIA Y EL CAMBIO DE PARADIGMA. 2021

 

[6] AMORIS LAETITIA Y EL CAMBIO DE PARADIGMA. Giovanni Del Missier. 2021

[7] El número 299 y 300 de la Exhortación Amoris Laetitia son verdaderamente una lección de misericordia concreta.

[8] Amoris Laetitia: un ethos pastoral. Tony Mifsud. 2021

miércoles, 19 de febrero de 2025

FRANCISCO: EL PESO DE SER DE PUENTE


 

Verle es contemplar la estampa de un hombre cansado y enfermo. No cabe duda de ello.

Dice el parte médico que la hospitalización se debe a una delicada afección respiratoria, que siempre debe atenderse con seriedad y cautela en los ancianos, pero sobre todo en un hombre de 88 años que tiene un solo pulmón.

Alguna vez escribió Jules Romains – con atinado y profundo humor – que la salud es un estado provisional que no presagia nada bueno. Y ciertamente es así, aunque se empeñen los ilusos en su obstinación por vivir sanos y hasta siempre.

A medida que el tiempo pasa, el deterioro es inevitable. En todos. Pero sobre todo en aquellos hombres y mujeres que asumen su destino con la clara convicción de llevar adelante su misión con vocación hercúlea. Tal es el caso de Francisco.

Once años atrás, el 27 de abril de 2014, Francisco celebraba en la Plaza San Pedro la ceremonia en la cual elevaba a los altares a dos pontífices santos: Juan XXIII y Juan Pablo II. Hoy cobra un especial sentido que Francisco haya canonizado a sus antecesores.

La palabra pontífice, como bien sabemos, proviene del latín pontifex, y su significado literal es “constructor de puentes”. Ha habido en la larga historia de la Iglesia Católica muchos papas muy destacados por su habilidad al momento de construir puentes. Pero también ha habido otros, que entendieron su misión de pontífices no solo como fabricantes de puentes, sino haciendo ellos mismos de puentes. Es decir, sirviendo ellos con su fragilidad y su empeño, su dedicación y su entrega, hasta convertirse en su obra: servir de puente.

Juan XXIII, el papa bueno, llevó a cabo el proceso de aggiornamento de la Iglesia Católica. Diagnosticado con cáncer de estómago en 1962, no quiso dejarse operar para no desviar el rumbo del Concilio Vaticano II. Murió en 1963 a sus 81 años. Sobre sus hombros, Juan XXIII cargó una Iglesia que supo cuestionarse, actualizarse y sobre todo entenderse con un mundo distinto.

Por su parte Juan Pablo II, acaso uno de los grandes protagonistas de la historia del siglo XX, tras un pontificado de 26 años se vio cada vez más disminuido en su salud, al punto de verse seriamente limitado por su enfermedad hasta los últimos días de su vida. Tenía 84 años al momento de su muerte en 2005. Al igual que Juan XXIII en su momento, Juan Pablo II se echó en sus espaldas una Iglesia que entraba temerosa al siglo XXI.

Tanto Juan XXIII como Juan Pablo II llevaron sobre sí el pesado trabajo de ser puentes y tal responsabilidad les costó la vida. Así – cristianamente – lo dispusieron ellos.

Hoy, el papa Francisco lleva también sobre sí el peso de ser puente, y eso se le agradece enormemente pues la Iglesia que hoy transita a través del puente llamado Francisco, avanza de manera inexorable e indetenible hacia una Iglesia de la inclusión.

 

Juan Salvador Pérez