Doy la materia de ética a alumnos universitarios de quinto semestre, es
decir, están más allá de la mitad de su carrera.
Recién este mes comenzó el curso académico, y por supuesto, como en todo
inicio siempre aparece la curiosa incertidumbre de cómo irá a ser el grupo
¿serán atentos? ¿increpadores? ¿harán muchas preguntas inteligentes e
incómodas? O por el contrario ¿se hundirán en las pantallas de sus teléfonos?
¿se quedarán callados y absortos o hasta aburridos?...
Pero en realidad, la pregunta que suelo hacerme – y que me temo que todos
los profesores (no sólo los de ética, sino los de cualquier materia) nos
hacemos – es sencilla y recurrente: ¿será de interés y utilidad la materia que
imparto o estamos todos (ellos y yo) perdiendo nuestro tiempo?
A los efectos de conseguir una respuesta, les refiero mi vivencia de estas
primeras semanas de clases.
El enfoque del curso podría resumirlo en la siguiente frase: para ser ético
no basta "ser buena persona", sino que se necesitan
herramientas analíticas, estudio riguroso y consciente responsabilidad, para
transformar la buena intención en una posición crítica capaz de poner el saber
al servicio de la dignidad y el bien común, ante la complejidad del mundo real.
¡Caramba! Vayamos por parte para
no agobiarnos (tanto).
Nos dirá Aristóteles que la ética
es la búsqueda de la felicidad o eudaimonía (el florecimiento humano, el
buen vivir) a través de la vida virtuosa. Santo Tomás de Aquino, en
coincidencia con el estagirita, pero yendo más allá, define la ética
como una ciencia práctica que dirige las acciones humanas libres mediante la ordenación
de la razón y el cultivo de las virtudes hacia su fin último, que es la unión
con Dios.
Más adelante aparecerá Kant y nos
dirá que la ética no es hacer lo que nos convenga ni tampoco lo que nos venga
en gana, sino hacer lo correcto únicamente porque es nuestro deber, guiados por
principios morales racionales que (¡ojalá!) todo el mundo aplicara siempre.
Y aún más acá, se nos presenta
Savater y con atrevido tono de laicista ibérico, se lanza a corregir a gigantes
anteriores para decirnos que la ética es el arte de elegir lo que nos conviene
para vivir lo mejor posible, sin dogmas ni imposiciones externas, o sea, sin
atención a deberes ni a trascendencia. ¡Vaya!
Así comencé el curso, intentando
arribar a una idea de lo que es la ética, desde la visión de los grandes
pensadores.
Le pregunto entonces – en plan
simpático y en aras de generar algún debate en el aula – a alguno de los
alumnos presentes “y tú, cuéntame ¿qué piensas de lo que nos dicen estos
señores? ¿qué es para ti el ‘buen vivir’?”
La respuesta fue simple y
lacónica: No sé, profesor.
Insisto yo – de nuevo en actitud
pedagógica – con otra pregunta en la misma línea: “pero a ver ¿cuál crees tú
que sea para ti hoy el sentido de tu vida?”. De nuevo recibo por respuesta
un no sé profesor. Quizás allí debí haber desistido de mi empeño, pero
no. Le hice una tercera pregunta, acaso porque genuinamente pensaba que era
timidez o que hacía falta aclarar yo mejor mi intención, y le vuelvo a
interrogar: “estás en quinto semestre, ¿por qué estás estudiando lo que
estás estudiando, qué sentido tiene para ti?”. No sé, profesor, fue
otra vez la respuesta y ya no insistí más.
La clase siguiente, la dinámica
fue menos inquisitiva de mi parte… preferí no preguntar nada a los alumnos por
dos razones: para no entorpecer el ritmo de la clase y para no recibir más “no
sé, profesor” como respuestas. Dejé que ellos preguntasen.
Al final de la sesión les propuse
que escogieran algunos temas para que realizasen unas breves exposiciones la
semana siguiente. Como siempre, los más inquietos levantaron la mano y se
apuntaron valiente y rápidamente, y cuál sería mi sorpresa al ver que el alumno
de los “no sé, profesor” de la semana pasada, levanta la mano y me dice:
“Profesor, yo también quiero exponer la semana que viene sobre las preguntas
que usted me hizo la semana pasada”. Contuve mi alegría, y simplemente le
dije muy bien.
Salí del aula y de la universidad
sintiendo que todo tenía sentido. Que se trata de confiar. Que los muchachos
tienen sus tiempos, que sí responden… y además que sí responden a las grandes
preguntas de la vida. Sentí que Aristóteles y Tomás de Aquino y Kant e incluso
Savater, me recibían con una sonrisa en sus caras y me felicitaban por mi
esfuerzo.
La semana siguiente el alumno no vino
a clases.
Juan Salvador PÉREZ
Artículo publicado en El Nacional
https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/casi/

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