martes, 25 de abril de 2023

JACQUES MARITAIN: Filósofo, esposo y monje


 A 50 años de su muerte

Cuando en 1933, René Voillaume, funda el Institutum Parvolorum Fratrum Iesu (conocido en francés como Les Petits Frères de Jésus) lo hizo pensando en crear una comunidad religiosa dedicada a la vida contemplativa y a la adoración eucarística, inspirada en el estilo de vida de Carlos de Foucauld, aquel místico monje y sacerdote francés mártir y santo de la Iglesia Católica.

Las comunidades de vida contemplativa, al entregarse a la contemplación y poder llegar a un grado eminente de unión mística con Dios, resuelven alejarse del Mundo, llevando una vida retirada totalmente consagrada al tal propósito.

Cuarenta años más tarde de la fundación de la Orden de los Hermanitos de Jesús - el 28 de abril de 1973 – Jacques Maritain siendo uno de ellos, a sus noventa años se despedía del mundo y partía al encuentro con Dios.

Pero ¿qué hizo que aquel joven filósofo francés, brillante y curioso, de raíces protestante liberales, terminara sus últimos años en una ermita de un monasterio católico en Toulouse? La respuesta está en un nombre: Raissa Oumansoff.

Raissa y Jacques se habían conocido a principio del siglo XX (1900) en La Sorbona durante sus estudios en la Facultad de Ciencias. Ella de origen judío-ruso, él – como ya señaláramos – protestante. Ambos con una tremenda necesidad (casi una angustia) de búsqueda de la Verdad, no lograban dar con respuestas capaces de satisfacer sus inquietudes. Intentaron encontrar en vano afán en la filosofía cientificista y en las diversas expresiones del pensamiento contemporáneo, pero no sería hasta que en 1905 empujados por esa indetenible fuerza que da la convicción de estar por fin en la senda correcta, deciden convertirse al catolicismo tras un determinante encuentro con el novelista León Bloy.

Es Raissa quien influye deliberadamente en su esposo para que profundice en el estudio de la obra de Santo Tomás de Aquino. Y así, mientras Maritain avanza en el desarrollo de la filosofía y el pensamiento neotomista (junto a Gilson, Cocteau, Green y otros), ella pone en marcha y lleva adelante una comunidad de contemplación y oración, complementando así con la fuerza de la vida espiritual, la coherencia de la propuesta intelectual seria y fundamentada.

El matrimonio Maritain-Oumansoff era una pareja sólida a tal punto de contagiar sus creencias y su energía, su convcción y su fe a todos sus cercanos y conocidos. “La casa de los Maritain… se convirtió en un centro de renacimiento intelectual católico”.[1]

Jacques Maritain levanta sin titubeos las ideas y planteamientos del pensamiento de la Iglesia Católica en un momento de severa y profunda crisis de la cultura europea (y por qué no, occidental toda). Parte así desde una visión cristiana actualizada a una revisión de la filosofía hasta aterrizar con determinación en el campo de la política. La influencia y la impronta de Maritain en la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue no sólo evidente, sino clave.

Pero sin duda alguna, será en Humanismo Integral[2] donde Maritain nos ofrezca lo más excelso y profundo de su pensamiento y su legado. Su llamado es a lograr que la filosofía social, política y económica, no se mantenga sólo en los principios universales, sino que sea capaz de descender, de ocurrir verdaderamente, de convertirse en realizaciones concretas. El mismo papa Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio lo trae a colación, citando a Maritain y su obra:

“Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero «al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano». No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose.”[3]

Los Maritain-Oumansoff habían conformado una dupla – digamos – perfecta. A través del amor en pareja y bajo la guía de la fe, lograron conseguir el sentido de la vida en la búsqueda común de la Verdad.

Sin embargo, los planes de Dios son misteriosos. El 4 de noviembre de 1960, Raissa muere víctima de un cáncer, serena en la tranquilidad de su casa, rodeada de sus más cercanos amigos y por supuesto con Jacques a su lado. Y este hecho marcó en Jacques Maritain un definitivo cambio en su vida, como él mismo confiesa:

“Ahora todo ha quedado roto y descoyuntado en mi interior (…) Me encuentro como un árbol viejo que aún mantiene algunas raíces en la tierra, aunque algunas otras ya han sido entregadas a los vientos del cielo.”[4]

Al cabo de unos meses, Maritain ingresaba en 1961 a vivir con los Hermanitos de Jesús, y en 1971 se hizo uno de ellos: “me retiré del mundo gracias a la acogida que me han hecho los Hermanitos de Jesús, a quienes Raissa y yo hemos amado con amor de elección desde su fundación” escribirá a los meses de su llegada a Touluse.

Allí morirá como un monje más, dedicado a la contemplación, la oración y la adoración eucarística… y con la certeza del encuentro definitivo.

Juan Salvador Pérez


Artículo para el Papel Literario de El Nacional



[1] El Matrimonio Maritain y su tiempo. Josep Vall i Mundó. 2011

[2] Humanismo Integral. Jacques Maritain. Biblioteca Palabra. 1999

[3] Carta Encíclica Populorum Progressio. Pablo VI. 26 de marzo 1967

[4] El Matrimonio Maritain y su tiempo. Josep Vall i Mundó. 2011


martes, 18 de abril de 2023

LA PROFECÍA DEL ABRAZO... (UNA APROXIMACIÓN A HABACUC)

 


Nos enseña la escolástica que hay tres clases de personas: Personas Divinas: Dios (tres Personas distintas en una sola naturaleza divina), personas angelicales: los ángeles y los demonios (espíritus puros), y las personas humanas: los hombres y las mujeres (compuesto de alma y cuerpo).

Somos nosotros, las personas humanas, acaso las menos elevadas en lo espiritual por nuestra doble condición de alma y cuerpo. Sin embargo, el Padre Pío de Pietrelcina al hablar de la envidia de los ángeles solía decir que ellos “sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios”. Yo me atrevería a decir que hay otra cosa más por la cual nos podrían envidiar – si es que cabe el término – nosotros podemos abrazarnos.

Habacuc es uno de los profetas menores, es decir, pertenece al grupo de los Doce Profetas[1] que son los doce libros proféticos de menor longitud del Antiguo Testamento, que van a continuación de los profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel). El libro consta de tres capítulos y se divide en tres géneros diferentes: una discusión entre Dios y Habacuc, un oráculo de la aflicción,  un Salmo.

Vayamos por partes.

La discusión entre el profeta y Dios es sin duda un atrevimiento, pero ¿quién no ha cuestionado a Dios en los momentos duros, en las pruebas, en las dificultades, ante las injusticias? Comienza  Habacuc su diálogo “Señor, ¿hasta cuándo gritaré pidiendo ayuda sin que tú me escuches?”.

La respuesta final de este diálogo se convierte en el oráculo de la aflicción, Dios le dedica su anuncio y su vaticinio al afligido con una frase cargada de profunda fe, un llamado a la confianza y sobre todo a la paciencia: “Tú espera, aunque parezca tardar, pues llegará en el momento preciso...”, y termina este segundo capítulo con una clara y contundente advertencia a los opresores, también a ellos les habla: “Ay de ti, que te haces rico con lo que no te pertenece” “Ay de ti, que construyes tus ciudades sobre la base del crimen y la injusticia” “En lugar de honor, te cubrirás de vergüenza… y convertirá en humillación tu gloria”.

Por último, en el tercer capítulo, Habacuc nos lega un salmo a la manifestación de Dios, un canto hermoso a la certeza de la actuación misericordiosa, esperanzada, confiada y justa de la Providencia: “Entonces me llenaré de alegría a causa del Señor mi salvador. Le alabaré aunque no florezcan las higueras, ni den frutos los viñedos y los olivares; aunque los campos no den su cosecha; aunque se acaben los rebaños de ovejas y no haya reses en los establos. Porque el Señor me da fuerza; da a mis piernas la ligereza del ciervo y me lleva a alturas donde estaré a salvo”.

Habacuc en su libro, al interpelar a Dios nos interpela a nosotros, pues nos coloca de cara a la gran interrogante de por qué Dios permite que sucedan ciertas cosas. ¿Existe acaso una pregunta más actual e importante que esta? La ponerología como disciplina que estudia el mal (del griego ponerós, malo)  tras mucho deambular sólo puede concluir que en un mundo material y finito, el mal es inevitable. La finitud - que esta vida termine, que llegue a un final y ya - es pues el mal mayor. Pero la respuesta que nos da Habacuc, es otra. Supera lo secular y se posa sobre lo Divino. Surge entonces la teodicea, pero no como la justificación de un Dios que permite el mal por razones misteriosas y punto, sino - y he aquí el aporte fundamental de Habacuc al Cristianismo - como la respuesta reflexiva que el hombre encuentra ante la inevitable aparición del mal en el mundo material: la trascendencia divina de lo Infinito.

Quisiera para terminar volver a la idea inicial de esta breve aproximación. En su etimología, Habacuc significa aquel que abraza fuerte. El abrazo fuerte no como simple muestra de cariñoso sentimentalismo, sino como necesario consuelo ante la aflicción. Un consuelo que está siempre en las manos de Dios, pero que encuentra concreción en los brazos de los hombres y mujeres, porque en el mundo de los hombres y las mujeres, Dios actúa a través de nosotros.

Es esta la profecía del abrazo.

 

“Que bien nos vendría un abrazo.

Que nos acomode un poco.

Que nos haga ver

Que no estamos tan solos...

Ni tan locos. Ni tan rotos.”[2]

 

 Juan Salvador Pérez



[1] Son los 12 profetas menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas ,Nahum, Habacuc, Sofonías,

Hageo, Zacarías y Malaquías

[2] Poema de Nicolás Andreoli.