A
mediados del siglo XVIII, entre los jardines de las Tullerías y los Campos
Elíseos, se construyó la plaza Luis XV, en honor al rey que había logrado
sobrevivir de una enfermedad que casi lo mata. Aquella fue la última plaza real
que se construyó en París. Con el estallido de la Revolución Francesa, esta
plaza pasó a llamarse la Plaza de la Revolución. Se instaló allí la guillotina,
donde de tanto odio desbordado y tanta rabia acumulada, se cobraron de manera
brutal y sangrienta la vida de más de 1.200 personas, incluidas entre ellas
Luis XVI, María Antonieta y hasta el mismísimo Robespierre.
Pasada
la furia del régimen del terror y el exabrupto de la barbarie, en 1795 las
autoridades rebautizaron el lugar como Plaza de la Concordia, para simbolizar
la paz y el deseo de unidad nacional tras los horrores vividos.
Más allá de los símbolos
de paz.
Existe la tendencia a confundir la paz social
con la mera ausencia de conflicto violento o con la imposición pacificadora del
control legal e institucional. Sin embargo, los griegos entendieron muy pronto
que una comunidad política (polis) no se mantiene en pie solo mediante
leyes dictadas y ejecutadas por un poder central. La cohesión de un colectivo
humano no es un asunto puramente técnico ni jurídico; es, fundamentalmente, un
problema ético.
Cuando una sociedad sufre fracturas profundas, la
política – y con ella la población toda – oscila entre la destrucción mutua y
los pactos de mera supervivencia. Obviamente, ninguno de ambos da respuestas
serias al conflicto. Es por ello que, en medio de la desorientación, el
concepto de “concordia” emerge como un faro conceptual de sorprendente y
conveniente pertinencia.
Para Aristóteles, el antídoto contra la
descomposición social no es el consenso forzado ni la tolerancia pasiva, sino
un principio más exigente y activo: la concordia (homonoia).
“Parece evidente, por tanto, que la concordia – dice Aristóteles en la Ética Nicomáquea – es
una amistad entre ciudadanos tal como se suele aplicar el término, pues atañe a
las cosas que convienen y a que afectan a la vida (…) desean las cosas justas y
convenientes, y aspiran a ellas en común”.
La concordia está pues comprendida en dos
dimensiones: la dimensión deliberativa o coincidencia sostenida sobre el
bien común y la validez de las instituciones; y la dimensión práctica o voluntad
compartida de ejecutar las metas comunes sin exclusión de nadie.
Entendida así, la homonoia no pretende ni
exige idealizar ni condenar el pasado, no hacen falta plazas ni monumentos, sino
comprender cómo los vínculos intangibles entre ciudadanos determinan la
viabilidad de una nación.
Concordia y amistad
social.
Como hemos visto, Aristóteles define philia
a aquel vínculo afectivo amplio que se traduce habitualmente como amistad (en
su dimensión cívica). La philia política es la disposición mutua de los
ciudadanos a reconocerse como pares integrados en una misma comunidad de
destino. “Cuando los hombres son amigos, no necesitan de la
justicia; mientras que, aun siendo justos, necesitan de la amistad”
nos dice en la Ética Nicomáquea.
Es en el seno de la philia donde emerge
la concordia entendida como la disposición y actitud de «unidad de mente» o
«pensar juntos».
Pero, ¡atención! no debe confundirse ni con la
unanimidad de opinión especulativa, es decir ponerse de acuerdo sobre temas abstractos
generales, sino siempre sobre lo práctico, la acción compartida; ni tampoco la simple
coincidencia casual, por ejemplo, cuando dos personas desean lo mismo — gobernar
ambos un mismo territorio excluyendo al otro — pues allí no habría concordia,
sino conflicto.
Aristóteles aclara que la concordia existe
únicamente cuando los ciudadanos coinciden en el objeto deliberado: en lo que
conviene a la comunidad, cuando eligen las mismas metas fundamentales y
ejecutan de común acuerdo las decisiones que benefician a la totalidad de la polis.
Por lo tanto, la concordia es la manifestación
operativa de la amistad cívica. Sin ella, la polis cae irremisiblemente
en el mayor de los males políticos: la corrosión del tejido ético donde los
conciudadanos pasan a verse como enemigos existenciales.
La justicia y el bien
común.
Evidentemente, la concordia no flota en un
vacío ético; requiere de condiciones materiales e institucionales precisas. Por
ello, la Justicia es un cimiento fundamental. No puede haber concordia si una
facción percibe que la distribución de los beneficios, el poder y los recursos
de la nación es arbitraria o excluyente. La injusticia sistémica incuba el
resentimiento que destruye la philia. Resulta imperativo para la homonoia
que se exija y se concrete la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno
lo que le corresponda.
Asimismo, el concepto del bien común es otro
cimiento capital para la concordia. Nos dice el documento pontificio Gaudium
et Spes que el bien común es “el conjunto de condiciones de la vida
social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el
logro más pleno y fácil de la propia perfección”.
En la Venezuela de 2026.
Hagamos ahora, a manera de ejercicio reflexivo,
una suerte de aterrizaje en el contexto venezolano.
Es más que claro que se el escenario socio-político
e institucional de 2026 nos colocó como país ante un dilema inédito. Tras años
de desgaste estructural, la sociedad se enfrenta al agotamiento de las
narrativas de polarización automática. Las necesidades operativas de la
cotidianidad —la reconstrucción del aparato productivo, la estabilización de
los servicios esenciales, el salario digno y el reclamo de justicia e
institucionalidad democrática— han generado una presión desde la base social
que trasciende los discursos de las élites tradicionales.
Es en este horizonte de incertidumbre e
intentos de reinstitucionalización donde el concepto de concordia adquiere su
valor transformador, trayendo los siguientes desafíos.
Primero,
superar el apaciguamiento sin justicia.
La concordia aristotélica advierte que la
reconciliación en Venezuela no puede confundirse con una
imposición unilateral ni con el borrado de las
demandas de justicia y equidad. Un pacto que ignore la
justicia y la reparación es solo una tregua
superficial previa a un nuevo conflicto.
Segundo,
reconstruir la amistad cívica antes que el pacto electoral.
Ninguna ingeniería electoral o acuerdo
normativo funcionará en la Venezuela de hoy si no se restituye
primero un mínimo de philia cívica: la
capacidad de volver a reconocer al adversario ideológico como un
compatriota con legitimidad para deliberar
sobre el futuro del país.
Tercero,
avanzar en la edificación de lo conveniente común.
La homonoia exige desplazar el debate desde
la confrontación de identidades hacia la construcción de
consensos concretos sobre bienes públicos.
Preguntarse, al modo aristotélico, qué es «lo que conviene a
la comunidad» implica priorizar la erradicación
de la precariedad económica, la recuperación del Estado
de derecho y la garantía de que el poder sirva
al ciudadano y no a la facción.
El desafío de pensarnos
juntos.
Aristóteles no concibió la concordia como un
ideal utópico para seres perfectos, sino como una herramienta política para la
supervivencia de hombres reales en ciudades reales. Para la Venezuela de hoy,
la homonoia no representa la exigencia utópica e irreal de que todos
piensen lo mismo, sino el compromiso ciudadano indispensable de querer decidir
juntos. El futuro de la nación dependerá de nuestra capacidad para transformar
la fatiga social en la voluntad consciente de refundar la amistad cívica.
En el año 2024 el papa Francisco publicó un documento
titulado "En el corazón de la democracia". En ese documento el
pontífice definía la democracia como un resolver "juntos" los
problemas de todos. La concordia es precisamente eso, es entender que, para
poder avanzar como país digno, nadie debe quedarse atrás, nadie debe quedarse
solo.
Podríamos pues concluir que, en el fondo, el
verdadero problema que realmente nos afecta no es otro que la indiferencia.
Superada esta, reconociéndonos en y reconociendo al “otro” como amigo y no como
enemigo, podremos entonces tener un sistema que esté al servicio del hombre, de
su dignidad, de la libertad y la autonomía de la persona humana.
De lo contrario, más plazas “de las
revoluciones” seguirán cambiando sus nombres a más plazas “de las concordias” una
y otra vez, pero caeremos en los mismos conflictos, una y otra vez.
Juan Salvador Pérez
* Artículo publicado en El Nacional





