martes, 30 de mayo de 2023

EL PARÁCLITO


 

Según la teología cristiana, La Trinidad es el dogma y pilar fundamental sobre la naturaleza de Dios: un ser único que existe como tres personas distintas Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Cada una de ellas es enteramente Dios, "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza"[1].

Borges, en su erudición y su ironía quiso definirla como un caso de teratología intelectual, una deformación que sólo el horror de una pesadilla pudo parir.[2]

Ese mismo Borges librepensador afirmará con inspirada intuición que “el Espíritu (…) no consiente mejor definición que la de ser la intimidad de Dios con nosotros, su inmanencia en los pechos”.[3]

Hay quienes definen al Espíritu Santo como fuerte viento, también como lengua de fuego, pero la palabra Paráclito lo define con una hermosa precisión: el consolador, el consejero.

Esa brisa suave, ese susurro, esa intimidad de Dios con nosotros, que nos pide silencio y calma para orientarnos a la trascendencia.

 

Juan Salvador Pérez



[1] Catecismo de la Iglesia Católica. No. 253. El Dogma de la Santísima Trinidad.

[2] Jorge Luis Borges. Discusión. Una vindicación de la cábala. Alianza Editorial, 1999.

[3] Ibidem.

martes, 25 de abril de 2023

JACQUES MARITAIN: Filósofo, esposo y monje


 A 50 años de su muerte

Cuando en 1933, René Voillaume, funda el Institutum Parvolorum Fratrum Iesu (conocido en francés como Les Petits Frères de Jésus) lo hizo pensando en crear una comunidad religiosa dedicada a la vida contemplativa y a la adoración eucarística, inspirada en el estilo de vida de Carlos de Foucauld, aquel místico monje y sacerdote francés mártir y santo de la Iglesia Católica.

Las comunidades de vida contemplativa, al entregarse a la contemplación y poder llegar a un grado eminente de unión mística con Dios, resuelven alejarse del Mundo, llevando una vida retirada totalmente consagrada al tal propósito.

Cuarenta años más tarde de la fundación de la Orden de los Hermanitos de Jesús - el 28 de abril de 1973 – Jacques Maritain siendo uno de ellos, a sus noventa años se despedía del mundo y partía al encuentro con Dios.

Pero ¿qué hizo que aquel joven filósofo francés, brillante y curioso, de raíces protestante liberales, terminara sus últimos años en una ermita de un monasterio católico en Toulouse? La respuesta está en un nombre: Raissa Oumansoff.

Raissa y Jacques se habían conocido a principio del siglo XX (1900) en La Sorbona durante sus estudios en la Facultad de Ciencias. Ella de origen judío-ruso, él – como ya señaláramos – protestante. Ambos con una tremenda necesidad (casi una angustia) de búsqueda de la Verdad, no lograban dar con respuestas capaces de satisfacer sus inquietudes. Intentaron encontrar en vano afán en la filosofía cientificista y en las diversas expresiones del pensamiento contemporáneo, pero no sería hasta que en 1905 empujados por esa indetenible fuerza que da la convicción de estar por fin en la senda correcta, deciden convertirse al catolicismo tras un determinante encuentro con el novelista León Bloy.

Es Raissa quien influye deliberadamente en su esposo para que profundice en el estudio de la obra de Santo Tomás de Aquino. Y así, mientras Maritain avanza en el desarrollo de la filosofía y el pensamiento neotomista (junto a Gilson, Cocteau, Green y otros), ella pone en marcha y lleva adelante una comunidad de contemplación y oración, complementando así con la fuerza de la vida espiritual, la coherencia de la propuesta intelectual seria y fundamentada.

El matrimonio Maritain-Oumansoff era una pareja sólida a tal punto de contagiar sus creencias y su energía, su convcción y su fe a todos sus cercanos y conocidos. “La casa de los Maritain… se convirtió en un centro de renacimiento intelectual católico”.[1]

Jacques Maritain levanta sin titubeos las ideas y planteamientos del pensamiento de la Iglesia Católica en un momento de severa y profunda crisis de la cultura europea (y por qué no, occidental toda). Parte así desde una visión cristiana actualizada a una revisión de la filosofía hasta aterrizar con determinación en el campo de la política. La influencia y la impronta de Maritain en la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue no sólo evidente, sino clave.

Pero sin duda alguna, será en Humanismo Integral[2] donde Maritain nos ofrezca lo más excelso y profundo de su pensamiento y su legado. Su llamado es a lograr que la filosofía social, política y económica, no se mantenga sólo en los principios universales, sino que sea capaz de descender, de ocurrir verdaderamente, de convertirse en realizaciones concretas. El mismo papa Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio lo trae a colación, citando a Maritain y su obra:

“Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero «al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano». No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose.”[3]

Los Maritain-Oumansoff habían conformado una dupla – digamos – perfecta. A través del amor en pareja y bajo la guía de la fe, lograron conseguir el sentido de la vida en la búsqueda común de la Verdad.

Sin embargo, los planes de Dios son misteriosos. El 4 de noviembre de 1960, Raissa muere víctima de un cáncer, serena en la tranquilidad de su casa, rodeada de sus más cercanos amigos y por supuesto con Jacques a su lado. Y este hecho marcó en Jacques Maritain un definitivo cambio en su vida, como él mismo confiesa:

“Ahora todo ha quedado roto y descoyuntado en mi interior (…) Me encuentro como un árbol viejo que aún mantiene algunas raíces en la tierra, aunque algunas otras ya han sido entregadas a los vientos del cielo.”[4]

Al cabo de unos meses, Maritain ingresaba en 1961 a vivir con los Hermanitos de Jesús, y en 1971 se hizo uno de ellos: “me retiré del mundo gracias a la acogida que me han hecho los Hermanitos de Jesús, a quienes Raissa y yo hemos amado con amor de elección desde su fundación” escribirá a los meses de su llegada a Touluse.

Allí morirá como un monje más, dedicado a la contemplación, la oración y la adoración eucarística… y con la certeza del encuentro definitivo.

Juan Salvador Pérez


Artículo para el Papel Literario de El Nacional



[1] El Matrimonio Maritain y su tiempo. Josep Vall i Mundó. 2011

[2] Humanismo Integral. Jacques Maritain. Biblioteca Palabra. 1999

[3] Carta Encíclica Populorum Progressio. Pablo VI. 26 de marzo 1967

[4] El Matrimonio Maritain y su tiempo. Josep Vall i Mundó. 2011


martes, 18 de abril de 2023

LA PROFECÍA DEL ABRAZO... (UNA APROXIMACIÓN A HABACUC)

 


Nos enseña la escolástica que hay tres clases de personas: Personas Divinas: Dios (tres Personas distintas en una sola naturaleza divina), personas angelicales: los ángeles y los demonios (espíritus puros), y las personas humanas: los hombres y las mujeres (compuesto de alma y cuerpo).

Somos nosotros, las personas humanas, acaso las menos elevadas en lo espiritual por nuestra doble condición de alma y cuerpo. Sin embargo, el Padre Pío de Pietrelcina al hablar de la envidia de los ángeles solía decir que ellos “sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios”. Yo me atrevería a decir que hay otra cosa más por la cual nos podrían envidiar – si es que cabe el término – nosotros podemos abrazarnos.

Habacuc es uno de los profetas menores, es decir, pertenece al grupo de los Doce Profetas[1] que son los doce libros proféticos de menor longitud del Antiguo Testamento, que van a continuación de los profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel). El libro consta de tres capítulos y se divide en tres géneros diferentes: una discusión entre Dios y Habacuc, un oráculo de la aflicción,  un Salmo.

Vayamos por partes.

La discusión entre el profeta y Dios es sin duda un atrevimiento, pero ¿quién no ha cuestionado a Dios en los momentos duros, en las pruebas, en las dificultades, ante las injusticias? Comienza  Habacuc su diálogo “Señor, ¿hasta cuándo gritaré pidiendo ayuda sin que tú me escuches?”.

La respuesta final de este diálogo se convierte en el oráculo de la aflicción, Dios le dedica su anuncio y su vaticinio al afligido con una frase cargada de profunda fe, un llamado a la confianza y sobre todo a la paciencia: “Tú espera, aunque parezca tardar, pues llegará en el momento preciso...”, y termina este segundo capítulo con una clara y contundente advertencia a los opresores, también a ellos les habla: “Ay de ti, que te haces rico con lo que no te pertenece” “Ay de ti, que construyes tus ciudades sobre la base del crimen y la injusticia” “En lugar de honor, te cubrirás de vergüenza… y convertirá en humillación tu gloria”.

Por último, en el tercer capítulo, Habacuc nos lega un salmo a la manifestación de Dios, un canto hermoso a la certeza de la actuación misericordiosa, esperanzada, confiada y justa de la Providencia: “Entonces me llenaré de alegría a causa del Señor mi salvador. Le alabaré aunque no florezcan las higueras, ni den frutos los viñedos y los olivares; aunque los campos no den su cosecha; aunque se acaben los rebaños de ovejas y no haya reses en los establos. Porque el Señor me da fuerza; da a mis piernas la ligereza del ciervo y me lleva a alturas donde estaré a salvo”.

Habacuc en su libro, al interpelar a Dios nos interpela a nosotros, pues nos coloca de cara a la gran interrogante de por qué Dios permite que sucedan ciertas cosas. ¿Existe acaso una pregunta más actual e importante que esta? La ponerología como disciplina que estudia el mal (del griego ponerós, malo)  tras mucho deambular sólo puede concluir que en un mundo material y finito, el mal es inevitable. La finitud - que esta vida termine, que llegue a un final y ya - es pues el mal mayor. Pero la respuesta que nos da Habacuc, es otra. Supera lo secular y se posa sobre lo Divino. Surge entonces la teodicea, pero no como la justificación de un Dios que permite el mal por razones misteriosas y punto, sino - y he aquí el aporte fundamental de Habacuc al Cristianismo - como la respuesta reflexiva que el hombre encuentra ante la inevitable aparición del mal en el mundo material: la trascendencia divina de lo Infinito.

Quisiera para terminar volver a la idea inicial de esta breve aproximación. En su etimología, Habacuc significa aquel que abraza fuerte. El abrazo fuerte no como simple muestra de cariñoso sentimentalismo, sino como necesario consuelo ante la aflicción. Un consuelo que está siempre en las manos de Dios, pero que encuentra concreción en los brazos de los hombres y mujeres, porque en el mundo de los hombres y las mujeres, Dios actúa a través de nosotros.

Es esta la profecía del abrazo.

 

“Que bien nos vendría un abrazo.

Que nos acomode un poco.

Que nos haga ver

Que no estamos tan solos...

Ni tan locos. Ni tan rotos.”[2]

 

 Juan Salvador Pérez



[1] Son los 12 profetas menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas ,Nahum, Habacuc, Sofonías,

Hageo, Zacarías y Malaquías

[2] Poema de Nicolás Andreoli.

 


martes, 31 de enero de 2023

COMUNICAR ES ACOMPAÑAR

 



1.       La palabra acompañar.

Cuando hablamos de la belleza de las palabras, entran en consideración dos elementos que se interrelacionan y complementan: su fonética (su sonoridad agradable) y su significado, es decir, lo que esa palabra representa.

Pensemos – por ejemplo – en la palabra conticinio, ese momento de la noche en el cual todo está en silencio. O la palabra perenne, como aquello que es continuo, incesante, que no tiene intermisión.  O la palabra serendipia ese descubrimiento o hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental o casual, o cuando se está buscando una cosa distinta.

Dentro de este grupo de palabras hermosas (por su forma y fondo), hay una quizás menos exótica por lo coloquial que nos resulta, pero igualmente altiva en su concepto, la palabra acompañar.

Acompañar es la palabra que se define en su etimología por la acción de ir juntos a buscar y compartir el pan (ad cum pane ire). Los que van juntos en busca de algo (digamos pan), y una vez que consiguen ese algo (ese pan, digamos) compartirlo ¿no es este, acaso, un concepto hermoso? Pues no se trata de ir en manada, como lobos, al ataque de la presa y luego que los más fuertes coman primero y todo lo que puedan, mientras los demás esperan por la sobras. No. Se trata de algo que nos diferencia de los animales, que nos eleva de lo salvaje y nos lleva a compartir como iguales aquello que con necesidad buscábamos. El otro renuncia y comparte algo de los suyo por mí, yo renuncio y comparto algo de lo mío por el otro ¿no es esta, acaso, una acción que dignifica, que nos hace humanos?.

Al acompañarnos, los hombres nos hacemos más humanos, porque no sólo nos reconocemos en el otro (la otredad) sino que además nos respetamos como iguales, con las mismas necesidades y como capaces de ayudarnos en la misma búsqueda.

 

2.       Los compañeros de camino.

De acompañar, viene la palabra compañero, aquellos que comen del mismo pan. Aquellos que se acompañan, que se hacen compañía, que van juntos en la misma búsqueda, que comparten el mismo sendero, el mismo camino. Quizás por ello así se definieron así mismos los primeros cristianos: los seguidores del Camino. Ser cristiano, supone saber acompañar y acompañar supone compartir. Pero ¿a quién acompañamos y qué compartimos?

 

Comencemos por lo primero ¿a quién acompañamos?

Partamos de la frase de Cipriano de Cartago  extra Ecclesiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), que se remonta a los primeros siglos del cristianismo, para llegar a la fórmula de Vaticano II extra mundum nulla salus (fuera del mundo no hay salvación), la cual otorga a la salvación no solo una dimensión religiosa, sino también “histórica y social”, la evolución del concepto de quiénes son (o deben ser) nuestros compañeros de camino ha ido desde una visión estricta – acaso excluyente – hasta una concepción amplísima que abarca a todo el mundo.

Ciertamente se ha intentado avanzar desde la segunda mitad del siglo XX en una profundización postconciliar– y podríamos apurar en calificar como aún más excluyente – que hace un planteamiento aún más radical: extra pauperes nulla salus (fuera de los pobres no hay salvación).

Esta es una sentencia durísima, y de entrada resulta excluyente. “Los pobres son la inmensa mayoría” y desde su condición de pobreza nos brindan a los no pobres la respuesta a su situación mediante la esperanza (la verdadera esperanza, el que “espera”) y la denuncia (que exige nuevos modelos humanizantes). Los pobres marcan la dirección y el contenido fundamental de la praxis, pero ¡cuidado! no se trata sólo “sobre dar a ellos, sino sobre recibir de ellos”.

El planteamiento entonces no es a quién acompañamos, sino quiénes nos acompañamos.

Debemos enfocar el tema distinto, sin pretensiones ni visiones redentoras verticales, sino cambiando tanto la posición de quien ayuda y también del que es ayudado, para colocarnos todos en una posición activa, en la cual todos damos y recibimos, en un juego entre iguales, de “tú a tú”.

En este sentido, se entiende pues la sentencia extra pauperes nulla sallus, no como una suerte de “pauperización universal”, sino de una búsqueda real – de nuevo, activa – de solución al drama de los pobres, de las mayorías, y en última instancia una respuesta que incumbe o debe incumbir a todos, una garantía de que todos salgamos ganando.

Implica esto una manera de abordar los conceptos de pobre y pobreza, más calmada y más amplia, sin gríngolas ideológicas. Se nos presenta así el “mundo de la pobreza” desde una concepción más abierta, más honda y más diversa, en la cual se cuenta no sólo a los pobres en lo económico, sino a los excluidos socialmente, los marginados religiosamente, los oprimidos culturalmente, los dependientes socialmente, los minusválidos físicamente, los atormentados psicológicamente, los humildes espiritualmente.

Podríamos atrevernos a ofrecer un planteamiento en torno a lo arriba expuesto: fuera de los otros, de los demás no hay salvación. Nulla salus sine alliis, vel, Extra alios nulla salus.


3.       El pan que hay que compartir

Definido pues que los compañeros son todos los hombres y mujeres (así, amplio y sin etiquetas) sigamos con la segunda pregunta que surge del acompañar, el objeto sobre sobre el cual cobra sentido la compañía, ¿cuál es entonces ese pan que debemos y necesitamos compartir?

El papa Francisco nos lo hizo saber en reciente reunión con los empleados del Dicasterio de Comunicación del Vaticano:

“Las periferias existenciales no son sólo las que por razones económicas se encuentran al margen de la sociedad, sino también las que están llenas de pan pero vacías de sentido; son también las que viven en situaciones de marginalidad debido a determinadas elecciones, o a fracasos familiares, o a acontecimientos personales que han marcado indeleblemente su historia”.[1]

Ese pan que da sentido al acompañar no se trata de una respuesta estrictamente material (aunque en ocasiones lo sea), no es una categoría sociológica, no es una condición social específica, y por supuesto no puede ser de ninguna manera un constructo ideológico.

Acompañar, ser compañeros, es más una cercana sonrisa, una paciente espera, un sentido consejo, una sincera advertencia, una genuina entrega, una desprendida entrega de lo mío para que el otro también sea un compañero, se haga mí compañero.

Pero sobre todo, el acompañar demanda, exige y requiere una constante actitud de comprensión del otro, sus circunstancias y condiciones, su verdadera situación pues la realidad siempre es más compleja que la teoría.

4.       Comunicar es hacer común.

El acompañar, representa una especial responsabilidad para los medios de comunicación en general y los comunicadores en particular. Comunicar (del latín communicāre) significa compartir, expresar, transmitir, difundir; es decir, comunicar es hacer común, hacer que algo sea de todos.

Esto nos obliga a reflexionar y repensar cuál debe ser la función específica de SIC en este sentido. Nos dice el papa Francisco al respecto:

“La comunicación es, por decirlo así, el oficio de los vínculos dentro de los cuales las voz de Dios resuena y se hace escuchar”[2]

Tres recomendaciones hace el pontífice a los comunicadores. En primer lugar hacer que las personas se sientan menos solas. Escuchar a la gente y poner especial atención a las preguntase inquietudes de las personas.

“Por lo pronto, toda verdadera comunicación está hecha sobre todo de escucha concreta, está hecha de encuentros, de rostros, de historias… Si no sabemos estar en la realidad, nos limitaremos a señalar desde arriba en direcciones que nadie escuchará. La comunicación debe ser una gran ayuda para la Iglesia, para vivir concretamente en la realidad, favoreciendo escucha e interceptando los grandes interrogantes de los hombres y mujeres de hoy”.

La segunda recomendación, o consejo, es dar voz a quien no tiene voz, para evitar que las personas se sientan y se encuentren marginadas y censuradas. Esto implica dos  acciones importantes: saber escuchar a las “periferias existenciales” y “dirigir una Palabra que salve”.

La tercera recomendación que plantea el Santo Padre es buscar siempre preservar la unidad y la verdad, luchando contra la calumnia, la violencia verbal, el personalismo y el fundamentalismo.[3]

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que la Revista SIC es actualmente no sólo un medio de comunicación de la Iglesia universal, sino acaso hoy en Venezuela es una de las voces vigentes y más longevas de la Iglesia en Venezuela. Sus 85 años de existencia así lo comprueban y evidencian, pero además de ello, esta larga trayectoria histórica trae consigo una responsabilidad mayor de cara al futuro del país.

5.       Los desafíos que se vislumbran en el camino.

La Revista SIC ha asumido desde su comienzo en 1938 esa doble función de acompañar comunicando. Nos hemos propuesto hablar con firmeza desde la esperanza entendida esta como virtud teologal que lleva a la acción audaz. Nos hemos avocado a comprender la importancia y los tiempos de las realidades y los procesos sociales y comunitarios. Hemos centrado en el Bien Común toda la reflexión y todos nuestros planteamientos, partiendo de la concepción que el pensamiento social de la Iglesia ofrece desde la persona humana como digno hijo de Dios.

Sin embargo, hoy desde SIC debemos avanzar en un asunto pendiente y verdaderamente urgente para Venezuela, sobre todo de cara a la importante coyuntura que se vive en estos tiempos aciagos.

El país requiere de un debate nacional serio, de nivel y contenido profundo sobre las visiones y soluciones en lo relativo a lo que significa en este momento ser venezolano, nuestra identidad y nuestra cultura. Es necesario ofrecer propuestas al liderazgo social, económico y político del país y al mismo tiempo hacer un responsable llamado a la acción. Es necesario asumir la formación ciudadana, repensar la función del Estado. Es fin, resulta urgente ocuparnos con compromiso y concreción de la reconciliación y la reconstrucción nacional como prioridad.

Por todo esto, es menester que SIC haga todo lo que esté a su alcance para lograr fomentar esta necesaria discusión.

Sepa Venezuela que cuenta con todo nuestro esfuerzo y tesón para ello.

¡Sigamos adelante!

Juan Salvador Pérez



[1] Encuentro del S.S. Francisco con los empleados del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano. 12 de noviembre de 2022

[2] Ibidem

[3] Los 3 consejos del Papa Francisco para los comunicadores vaticanos. https://www.aciprensa.com/noticias/los-3-consejos-del-papa-francisco-para-los-comunicadores-vaticanos-12523


EL PAPA Y LA ALONDRA




 Era el día 29 de junio - fiesta de San Pedro y Pablo - de 1951, cuando aquel grupo de jóvenes se ordenaba como sacerdotes en la catedral de Freising. En el preciso momento durante el cual el anciano Cardenal Faulhaber imponía sus manos sobre el joven Joseph Ratzinger, una pequeña alondra salió de su nido en el altar mayor y mientras revoloteaba por la catedral llamaba la atención de todos con su extravagante y agradable canto.

Nos refiere el mismo Ratzinger que él, más allá de supersticiones, pensó en ese instante que aquel bonito revuelo era una confirmación providencial de que estaba haciendo lo correcto[1].

Y efectivamente así fue. Cincuenta y cuatro años después, el destacado teólogo, el implacable prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el hombre duro de Juan Pablo II, era elegido como el 265 ° papa de la Iglesia Católica.

Benedicto XVI vendría a formar parte de ese listado de papas que desde el siglo XX se han caracterizado por provenir de orígenes – digamos – “plebeyos”[2].  Campesinos-artesanales (como Pío X y Juan XXIII), de extracción funcionarial (como Pio XII y Pablo VI), de clase media baja (como Juan Pablo II), hijo de un policía de pueblo (como Benedicto XVI), o descendiente de humildes inmigrantes italianos (como Francisco). Y ha sido este grupo de pontífices – más allá de consideraciones subjetivas particulares – quienes al mismo tiempo han perfilado una Iglesia sensiblemente preocupada, enfocada y dedicada a entender y atender los temas sociales.

El 25 de diciembre de 2005, pasados ocho meses de su elección como papa, Benedicto XVI hacía pública su primera encíclica. Deus Caritas Est, la tituló.

“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino.”[3]

Se entendió, o al menos así lo hacían saber los expertos vaticanistas, que Benedicto XVI manteniendo la línea de su antecesor fijaba en su primera encíclica la línea programática de su pontificado. Quizás esa hubiese sido su intención. Pero los derroteros de la vida y los planes de la Providencia no siempre coinciden con los planes y proyectos.

 

Pero más allá de lo programático o no, lo que sí dejaba muy en claro Benedicto XVI en Deus Caritas Est, era precisamente eso, que Dios es Amor y que el amor es la base del mensaje de Cristo. No podemos ser cristianos sino entendemos y asumimos esto así. Como bien señalaba el cardenal Renato Raffaele Martino «en el origen del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino más bien el encuentro con un acontecimiento, una Persona que da a la vida un nuevo horizonte, y con ello la dirección decisiva».

Dos encíclicas más ofrecería Benedicto XVI, Spe Salvi (2007) donde desarrolla la idea de la esperanza como virtud teológica indispensable para la salvación; y Caritas in Veritate (2009) encíclica que aborda con fuerza - y sobre todo realismo actualizado - los temas del pensamiento social de la Iglesia.

Sin embargo, el pontificado de Benedicto XVI será recordado en términos históricos por un hecho que poco tiene que ver con lo pastoral, al menos en lo teórico pastoral: su dimisión.

El 11 de febrero de 2013, durante la celebración de un consistorio ordinario público para anunciar las fechas de canonización de las beatas María Guadalupe García Zavala, de México; y Laura Montoya, de Colombia, y de los mártires italianos Antonio Primaldo y más de 800 compañeros suyos; al final de la reunión Benedicto XVI de manera imperturbable, solemne y absolutamente calmada leyó en latín (esa lengua que tanto le gustaba y que él promovía con empeño dentro de la Iglesia) su manifestación de renunciar voluntariamente a su cargo.

Quapropter bene conscius ponderis huius actus plena libertate declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commissum renuntiare” (Bien consciente de la seriedad de este acto, con total libertad declaro que renuncio al ministerio del Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, confiado a mí por los cardenales el 19 de abril del 2005).

Benedicto XVI renunciaba, o para ser más precisos en los términos, dimitía a su cargo como Obispo de Roma. Renunciar es abandonar, desistir. En cambio dimitir es dejar un cargo o función, que fue precisamente lo que hizo en ese acto.

Aducía que por razones de salud, deterioro y debilidad de su cuerpo, se hallaba en incapacidad para cumplir adecuadamente el ministerio petrino. Con esta resolución Benedicto marcaba una diferencia notable y evidente con el pontificado longevo y largo de su predecesor. Juan Pablo II con su tesón nos legó un testimonio del valor de la vejez, Benedicto XVI dimitiendo también hizo lo propio.

Entender las limitaciones no es un abandono ni un desistimiento, por el contrario, es una forma excelsa de responsabilidad. Consciente de ello, supo entender que no era el papa que la Iglesia requería para los tiempos que se viven.

 

La alondra es un ave pequeña, que comienza su actividad muy temprano en el día apenas sale el sol. Es un ave inquieta, que con su vuelo ascendente y su entonado canto traen consigo alegría a quienes lo aprecian. Es un ave diurna, que una vez comienza a ponerse el sol, vuelve a su nido e inicia su descanso.

Benedicto XVI solía compararse así mismo con un buey o con una animal de faena. Sin duda lo fue, trabajó y estudió mucho. Pero su final se corresponde más con la actitud de la alondra, quizás por ello aquel pajarito causó tal revuelo al momento del “adsum” del joven Ratzinger.

El sábado 31 de diciembre de 2022, a las 09.34 de la mañana, muere el papa emérito Benedicto XVI. “Jesus, ich liebe dich” (“Jesús, te amo”, en alemán) fueron sus últimas palabras.

 

Juan Salvador Pérez



[1] Milestones, memoirs 1927 – 1977. Joseph Ratzinger. Ignatius Press. 1998

[2]  El término lo utilizan Fernando García de Cortázar y José  Ma. Lorenzo. LOS PAPAS Y LA IGLESIA DEL SIGLO XX. Editorial Debolsillo. 2005.

[3] Deus Caritas Est. Benedicto XVI. 2005


martes, 19 de abril de 2022

LA PROCESIÓN NO SIEMPRE VA POR FUERA


 

Me refirió alguna vez un muy buen amigo jesuita, una anécdota – o digamos una experiencia – de cuando estuvo de misión en Angola. Después de una fuerte tormenta tropical, este sacerdote salió a ver los estragos que habían causado la lluvia y el viento en la selva donde él se encontraba. El paisaje era desolador ante aquel triste espectáculo de árboles caídos. Por un lado se percató de que los árboles de raíces profundas y de troncos rígidos se habían quebrado por la fuerza del viento. Por otro lado, los árboles de troncos flexibles pero de raíces pequeñas, habían sido arrasados y arrancados de la tierra. Sólo se mantuvieron en pie, sólo lograron sobrevivir al poderoso embiste del viento y la lluvia, aquello árboles de raíces profundas y troncos flexibles.

La anécdota me sirve para poder abordar el tema de este artículo. ¿Cómo es la situación hoy día del catolicismo en Venezuela?

Yo sólo puedo hablar desde mi particular experiencia como hombre laico, creyente y vinculado de alguna manera a la actividad de la Iglesia Católica venezolana, pero nunca como representante ni menos aún como voz autorizada. Lo hago estrictamente desde mi condición de simple varón cristiano. Observo y reflexiono, para ubicarme y entender, más que para ofrecer diagnóstico y pretender criticar.

¿Raíces fuertes?

Resulta bastante sencillo, casi un lugar común, decir que Venezuela es desde siempre un país católico. Como todos sabemos, de los mismos barcos de los conquistadores descendieron también los frailes y monjes con la cruz como estandarte y la misión de evangelizar.

Desde muy temprano se comienza a organizar formal y jerárquicamente la Iglesia en el territorio de Venezuela. La presencia del episcopado se remonta al siglo XVI, con la primera diócesis de Venezuela en Coro, de fecha 21 de marzo de 1.531, trasladada después a Caracas, (7 de marzo de 1638); luego la diócesis de Mérida (17 febrero de 1778); la de Ciudad Bolívar (20 mayo de 1790); Maracaibo (28 julio de 1897). Estas diócesis abarcaban amplios territorios y estaban muy aisladas entre sí. Es decir, no se puede hablar de un episcopado colegiado y con conciencia de unidad. De hecho, no será sino hasta principios del siglo XX que se comenzará tímidamente a hablar del Episcopado Venezolano, cuando en 1.904 se celebra la primera conferencia - utilizada la palabra en la acepción de reunión - del Episcopado Venezolano.

Pero formalmente, será en noviembre de 1.973, cuando en el boletín No. 2 del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano aparecerán publicados los estatutos de la Conferencia Episcopal Venezolana, celebrándose, de conformidad a lo allí establecido la Primera Asamblea Plenaria Ordinaria de la Conferencia Episcopal Venezolana, del 7 al 12 de enero de 1974.

 

Es decir, si bien la presencia de la Iglesia se remonta a los tiempos de la conquista, no será sino hasta bien entrado el siglo XX que se tenga una concepción sólida, unificada y con conciencia de cuerpo.

Hoy día la Iglesia cuenta con 42 jurisdicciones eclesiásticas en el país, distribuidas en 9 arquidiócesis, 27 diócesis, 3 vicariatos apostólicos, 2 exarcados y un ordinariato militar. Algo más de dos mil sacerdotes, algo menos de cuatrocientos diáconos permanentes y sesenta obispos (41 titulares, 3 auxiliares y 16 eméritos), siendo las diócesis con mayor número de sacerdotes San Cristóbal (208), Trujillo (154), Barquisimeto (148), Mérida (127), Caracas (121).

Según los estudios de opinión y diversas encuestas, el número de católicos (o de personas que así se consideran) varía desde el 75 por ciento de la población, hasta más del 90, claramente cifras altísimas.

Visto así, tanto por la histórica presencia como por el número de fieles, Venezuela es un país irrefutablemente católico. Pero ¿realmente lo somos? Más allá de lo nominal ¿qué significa eso?

En un muy interesante trabajo del sociólogo norteamericano Rodney Stark sobre el surgimiento y crecimiento del cristianismo[1], este investigador se pregunta cómo de aquel inicial grupúsculo de no más de 120 seguidores judíos al momento de la muerte de Jesús, llegamos a casi 34 millones de cristianos en apenas trescientos años. Este crecimiento que suena y se lee milagroso, Stark lo presenta como un ritmo de crecimiento sin duda importante pero normal, a una rata de 40% por década durante los primeros siglos, lo cual ha sido el ritmo de crecimiento de otras confesiones religiosas exitosas en la historia. De allí entonces que para Stark, el fenómeno de la expansión del cristianismo no radicó tanto en la rata de crecimiento, sino en lo exitoso del mensaje del como oferta religiosa, en lo atractivo de su propuesta, en el contenido novedoso de aquella buena nueva.

El cristianismo creció como creció, gracias al testimonio de vida de los cristianos de los primeros siglos, a su ética práctica que logró inspirar a una sociedad romana agotada y vacía. Las circunstancias históricas se convirtieron en oportunidades que fueron correctamente aprovechadas, permitiendo así el posicionamiento del cristianismo principalmente en las clases medias, pero también en las clases bajas, así como en importantes, determinantes e influyentes familias de clase alta.

Según Stark, las repuestas y propuestas de los cristianos frente a temas como el papel de la mujer en la sociedad, al trato de los esclavos, a la dignidad de todos los hombres (p.e. la condena del circo y los juegos), la activa solidaridad y el servicio desprendido ante los enfermos, llegando incluso a temas más de corte íntimo familiar como la fertilidad, el infanticidio, el aborto, representó una verdadera revolución cultural que permitió el auge del crecimiento del cristianismo.

 

Vuelvo entonces a la pregunta que nos hicimos arriba ¿somos realmente un país católico en los términos esenciales del mensaje y de la práctica que supone ser cristianos – seguidores de Cristo – hoy día en Veneuela? ¿Son nuestras raíces católicas una consecuencia histórica del descubrimiento, la conquista y la colonia proyectada en el devenir de los años y la tradición, o verdaderamente atiende a un convencimiento profundo, convencido y práctico del mensaje de Cristo en la vida diaria de todos nosotros?

¿Tronco flexible?

El gran G.K. Chesterton decía – insistía más bien – al hablar del Catolicismo, que los fieles realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón, lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados.

En importantes estudios sobre la religiosidad y la fe[2], ha quedado últimamente comprobado que los seres humanos no sólo se interesan más por estos temas sino que reconocen la necesidad de creer y pertenecer a cultos religiosos. Puedo referir a manera de ejemplo, mi reciente experiencia personal del pasado miércoles de ceniza. Ese día fuí a misa en mi parroquia en la mañana, y la gran cantidad de fieles me impresionó, sobre todo al compararla con la habitual escaza asistencia de la misa del mismo horario los domingos. Al final del día le comenté al párroco mi grata impresión, y me respondió contándome que la asistencia en las misas del mediodía y la tarde había sido aún mayor. La revista America Magazine también realizó la misma observación en la realidad norteamericana, una asistencia inusualmente grande de personas que participan en la celebración de la imposición de cenizas. El artículo[3] se pasea por diversas razones para explicar el fenómeno, pero la más convincente (al menos para mí) es la necesidad en la gente de participar, de sentirse parte.

En Venezuela la Iglesia Católica goza de una reputación muy favorable como institución. Según el informe 2021 realizado por Latinobarómetro, más del 70 por ciento de la población venezolana reconoce a la Iglesia Católica como una institución confiable. El trabajo llevado a cabo por Caritas en todo el territorio del país frente a la crisis que atraviesa la gente, la voz de denuncia del episcopado ante la situación nacional, el compromiso social de los párrocos y demás organizaciones y órdenes eclesiales, dan base sólida para este reconocimiento.

Sin embargo, al mismo tiempo la Iglesia Católica es percibida por muchos, sobre todo entre jóvenes, cómo una institución anquilosada en el tiempo en lo relativo a muchos temas actuales (y clásicos) como lo son la sexualidad, la participación de la mujer, etc. Pero más allá de estos debates que sin duda deben darse, la Iglesia necesita – y lo sabe – continuar con el aggiornamento que comenzó en el Concilio Vaticano II. El actual pontificado ha iniciado un proceso interesante, novedoso y acaso poco conocido, de consulta abierto a todos los hombres y mujeres del mundo. Ha sido llamado este proceso por el Vaticano como el sínodo de la sinodalidad, por su significado etimológico: caminar juntos.

La Iglesia debe hablar con claridad y con determinación, esto siempre lo ha hecho. Pero no basta con ello, la Iglesia sobre todo necesita ser entendida, y para ello es imprescindible conocer qué opinan y cómo piensan sus fieles, y así siguiendo a Chesterton servir realmente de faro de la fe. En esto consiste la flexibilidad, no en el cambio esencial del mensaje sino en el proceso de sensible escucha.

A manera de conclusión.

Difícilmente sea Venezuela un país – como señala Google de manera bastante ligera – con más de 30 millones de católicos. Pero la realidad es que la religión no se trata de un tema de proselitismo de fieles, de quién tiene la lista más larga… esas son obsesiones anacrónicas y concepciones equivocadas.

Las religiones – nos dice Xavier Zubiri – son la plasmación ulterior de la religación, y la historia de las religiones, el enriquecimiento progresivo del poder de lo real o deidad, que es manifestación de la realidad de Dios oculta en el fondo de toda realidad[4].

La Iglesia Católica es institución, sin duda. Pero también la Iglesia Católica somos todos los fieles que la conforman. Hablar de la Iglesia Católica supone pues hablar de la estructura jerárquica, de obispos, curas, parroquias… y al mismo tiempo implica hablar de todos nosotros que nos llamamos católicos de a pie.

Tenemos en Venezuela, como vimos, una Iglesia Católica con raíces históricas desde el siglo XV pero que hoy posee una presencia institucional, respeto y reconocimiento que se lo ha ganado a pulso, sudor y lágrimas en el acompañamiento de la gente que más sufre en el país.

Tenemos además un gran número de venezolanos que nos definimos como católicos, y que se evidencia ello – o al menos debería evidenciarse –en la conducta cristiana en la calle, en la casa, ante los otros.

Porque más allá de las cenizas en la frente, la procesión no siempre va por fuera.

 

 

Juan Salvador Pérez



[1] “La expansión del Cristianismo. Un estudio Sociológico”. Rodney Stark, Editorial Trotta, 2009.

[2] A tales fines vale la pena revisar los estudios publicados por el Pew Research Center.

[3] Why so many Catholics want to get their ashes—even if they rarely go to Mass. Bruce T. Morril s.j. www.americamagazine.org 2022.

[4] Sobre la religión de Xavier Zubiri. Juan Carlos Infante Gómez, Universidad Complutense de Madrid. 2018

lunes, 7 de febrero de 2022

¿PUEDE VENEZUELA TRANSITAR HACIA UNA DEMOCRACIA? (una reflexión desde la Evangelii Gaudium)


 

En el más reciente documento de trabajo de la politóloga venezolana Maryhen Jímenez, publicado por la Fundación Carolina titulado “El difícil camino hacia una democratización en Venezuela” (enero 2022), la destacada investigadora de Oxford se hace – nos hace – la pregunta más importante sobre el futuro político del país ¿puede Venezuela transitar hacia una democracia?

Sin ánimos de hacer spoiler apuro la respuesta que ella misma nos da al final de su trabajo[1]: dándose las circunstancias ideales, es decir, comenzando ya a hacer lo que hay que hacer, el trayecto de la democratización no será lineal y se concretaría, eventualmente, en el largo plazo.

¿Cuáles son esas circunstancias ideales que nos plantea el estudio?

Lo primera circunstancia que resalta este estudio, el punto de partida de su tesis, es el hecho de que recuperar la democracia en Venezuela es un asunto a largo plazo, aclaratoria que resulta necesario siempre hacer – aunque parezca de Perogrullo - por si aún hubiese ingenuos soñadores o temerarios irresponsables que siguiesen sucumbiendo a la tentación de la inmediatez y los atajos amentes.

En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco nos presenta los cuatro principios fundamentales - en su criterio - para la construcción de la paz y justicia:

a)      el tiempo es superior al espacio;

b)      la unidad es superior al conflicto;

c)       la realidad prevalece sobre la idea; y

d)      el todo es más que las partes y la mera suma de las partes.

Así planteado, el primer punto expuesto por Jiménez, coincide perfectamente con el primer principio propuesto por S.S. Francisco. El tiempo es superior al espacio.

Nos dice el #223 de la Exhortación Apostólica:

“Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.”[2]

La segunda circunstancia que Jiménez nos expone en su trabajo como un elemento clave a superar, es la imposibilidad en la oposición política venezolana para avanzar en unidad, con reglas internas claras y acciones coordinadas. Advierte el estudio que los momentos de mayor éxito para la oposición y de mayor derrota del oficialismo han coincidido siempre con la existencia de una instancia de coordinación opositora que ha dado orden y foco. “La gran diferencia entre los diversos intentos de coordinación —informal y formal— que ha emprendido la oposición venezolana está en la (ausencia de) institucionalidad interna”. No es secreto para nadie la actual situación de disgregación, atomización y diferencias profundas que atraviesa la oposición política venezolana, sin embargo sería deseable que los diversos actores democráticos de la oposición diseñaran una nueva institucionalidad interna que les permita decidir y crear colectivamente un objetivo, y definir candidaturas y un programa conjunto de cara a los futuros procesos electorales. Mientras tanto, desde las cuatro gobernaciones y las 123 alcaldías no-oficialistas (Luján, 2021), los y las dirigentes electos podrían aprovechar el espacio limitado para organizar las bases, crear vínculos con grupos no-partidistas, reestablecer la confianza entre actores y abonar así la regeneración de la oposición venezolana.[3]

A este respecto, la Evangelii Gaudium nos propone el segundo principio fundamental: la unidad es superior al conflicto.

Nos dice en los núemros 227 y 228 de la Exhortación Apostólica:

“227.Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).

228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna.”[4]

La tercera circunstancia que plantea el documento de estudio es la moderación estratégica. Nos dice Jiménez que a medida que una oposición coordina sus acciones de una manera formal y logra movilizar a su favor a diversos grupos de la sociedad, la coalición autoritaria aumenta los niveles de represión para intimidar, hostigar y fracturar a su adversario.

Esto ha quedado más que comprobado en el caso venezolano. Entonces ¿cómo se puede avanzar ante la inexorable conducta represiva del oficialismo?

Sostiene Jiménez que la moderación estratégica puede traer una serie de beneficios, como lo son: i) comprensión de las limitaciones impuestas por un contexto autoritario y represivo; ii) acciones consensuadas entre diversos grupos que busquen la apertura del autoritarismo con cautela y ambición, y iii) manejo de expectativas sobre cambios inmediatos y rechazo a las vías violentas para obtener el poder.

En todo caso, la realidad es que ha resultado nada efectivo el enfrentamiento frontal y violento como estrategia de la oposición para derrotar al oficialismo. Por el contrario, la experiencia histórica demuestra cómo la adaptación de las acciones a las condiciones reales y factibles, de grupos opositores ante regímenes autoritarios, ha resultado una estrategia exitosa.

Es indispensable – nos advierte Jiménez – que los actores no-oficialistas moderen sus expectativas, comprendan las limitaciones impuestas por el contexto autoritario y construyan una visión que pueda ayudar a tejer puntos de encuentro de cara al futuro. La moderación estratégica, si bien resulta costosa en el corto y medio plazo, es una ruta gradual y lenta que puede traer beneficios a los partidos políticos a largo plazo.[5]

Moderar expectativas, comprender limitaciones, es decir, entender y asumir la realidad. Es este precisamente el tercer principio que S.S. Francisco nos propone en Evangelii Gaudium: La realidad es más importante que la idea.

 

Nos dice la Exhortación Apostólica en los números 231 y 232:

“231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

 

232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética. Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.”[6]

La última circunstancia ideal que nos plantea Jiménez en su estudio para poder avanzar en el camino de la democratización de Venezuela es poseer una identidad democrática y prográmatica, es decir, democratizar el discurso y la política interna de los partidos.

Esto supone no solamente lo obvio, las democracias requieren de demócratas, sino que además el liderazgo debe y tiene que ser siempre coherente y consecuente con la democracia, en sus propios partidos, en sus planteamientos y planes nacionales, en la vinculación y apoyos internacionales, en la gestión cotidiana y por último pero importantísimo, en materia de rendición de cuentas y transparencia.

La democracia es más que discurso, va más allá de slogans, supera los simples acuerdos entre los actores. La democracia es una manera integral de entender la vida en sociedad, es una forma de gobierno que requiere esencialmente de la participación de todos, pero que al mismo tiempo supera a todas las partes, para poder así llegar al bien de todos, al Bien Común.

Es esto lo que el papa Francisco no propone en el cuarto principio fundamental para la construcción de la paz y justicia: el todo es superior a la parte.

“235. El todo es más que las partes, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.

 

236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.”[7]

 

Volvamos, para terminar, a la pregunta inicial: ¿puede Venezuela transitar hacia una democracia?

La respuesta es sí. Pero toca tomárnoslo en serio y comenzar a transitar ese camino con determinación, armonía, coherencia y conciencia.

 

 Juan Salvador PÉREZ



[1] Realmente vale la pena leer con detenimiento el documento de estudio “El difícil camino hacia una democratización en Venezuela” (Fundación Carolina, enero 2022), en el cual Jiménez realiza un agudo y preciso análisis de la situación política actual venezolana.

[2] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del santo padre Francisco a los obispos a los presbíteros y diáconos a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. 2013

[3] El difícil camino hacia una democratización en Venezuela. Maryhen Jiménez.  Fundación Carolina. 2022

[4] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 2013

[5] El difícil camino hacia una democratización en Venezuela. Maryhen Jiménez.  Fundación Carolina. 2022

[6] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 2013

[7] Ibidem.