
Una reflexión
desde Las Confesiones de San Agustín
“Aunque el cielo se derrumbe, aunque
la tierra, rugiendo, se abra”
Haruki Murakami. Después del terremoto
1.- Aproximación al concepto
de silentium.
A riesgo de caer en lugares
comunes – y de antemano pidiendo excusa si así fuese – cuando nos referimos al
“silentium” lo hacemos desde la idea de que el silencio no es una mera
ausencia de ruido físico, sino un estado de recogimiento ontológico e
intelectual indispensable para que los seres humanos podamos volvernos hacia nuestro
propio interior. ¡Vaya que hoy luce difícil eso! Con tanta posibilidad y tantas
opciones de dispersión. Pero este no es asunto nuevo ni exclusivo de nuestros
tiempos, sino por el contrario, ha sido siempre el dilema del hombre que busca
respuestas serias a su existencia y para su vida.
Séneca, en su tratado De Otio,
lo plantea de manera muy esclarecedora, al decirnos que el hombre está creado
para dos fines: la contemplación de las cosas y la acción[1].
Cuando se refiere a la acción, pues llanamente se trata de eso, de actuar, obrar,
realizar actos libres y de manera consciente (o a veces no tanto). Pero cuando
nos habla de contemplar, se refiere al otium, entendiendo pues al ocio
como ese estado que permite “encontrarnos en la mejor posición para
preguntarnos qué es la virtud, si hay una o muchas; si es el arte o la
naturaleza la que hace buenos a los hombres…”.[2]
Para que exista un verdadero otium, el hombre necesita apartarse del
mundanal ruido del foro, del tumulto, de las exigencias propias del negotium.
Y es en ese retiro del tumulto, en el silentium, donde el hombre por fin
se encuentra consigo mismo y logra contemplar y alcanzar (¡cuán hermosa
pretensión!) la Verdad.
Vendría pues a convertirse el
silencio, no en un momento de mutismo o mudez, sino en el espacio propicio y
adecuado para la contemplación. O, para entrar ya en la materia de este breve
ensayo, de esa interioridad indispensable que para San Agustín requiere la
silenciosa contemplación:
“Así el
espíritu, replegado en sí mismo, comprende la hermosura del universo, el cual
tomó su nombre de la unidad. Por tanto no es dable ver aquella hermosura a las
almas desparramadas en lo externo, cuya avidez engendra la indigencia, que sólo
se logra evitar con el despego de la multitud. Y llamo multitud, no de hombres,
sino de todas las cosas que abarcan nuestros sentidos”.[3]
San Agustín nos habla, nos
muestra, nos ofrece una vía para la contemplación: la interioridad. Pero ¿esta
interioridad y esta contemplación para qué?
2.- La contemplación como
intuición de lo Inmutable.
Acaso resulte una temeridad (quizás
una imprecisión) afirmar que San Agustín en Las Confesiones, esté planteando
que sea el silencio – o a través de este – la vía para poder lograr el reditus
ad se ipsum, ese “retorno a uno mismo” previo e indispensable para acceder
a una forma superior de intelección y conocimiento.
El mismo título de la obra así
nos lo hace saber, son unas confesiones, es decir una expresión
voluntaria de actos, ideas y sentimientos verdaderos. Y la expresión - sobre
todo cuando es por escrito - supone manifestar con palabras lo que se quiere
dar a entender. No podría pues, ser en silencio.
San Agustín, a lo que nos invita
es a una suerte de quietismo, tanto de las criaturas como de las pasiones. Es
un silencio ontológico que nos permite escuchar, o mejor dicho,
nos presenta la ocasión para que la Verdad misma pueda hablar. Sería más
bien, una categoría disposicional fundamental que nos posibilita el reditus.
No se trataría de un silencio de
palabras, ni mucho menos un silencio de pensamientos, “la palabra
pronunciada no es, pues, palabra sino contiene pensamiento”[4]
nos dirá Rafael Tomás Caldera.
Sería más bien, una contención (o
freno) del palabrerío que distrae y - peor aún - que confunde. Sigamos con
Caldera “a la hora de esa unión de amor de la contemplación, la palabra
proferida parece interponerse – o puede hacerlo – y mantener demasiado presente
el yo, que quedaría más bien encerrado en sus pensamientos”.[5]
En el “retorno a uno mismo”
agustiniano no sería el uno mismo el destino, sino el punto de partida,
ese primer y principal paso, ese umbral, hacia lo inmutable.
Cuando en el Libro IX de Las
Confesiones, Agustín nos narra la conversación íntima que sostienen él y su
madre (poco antes de la muerte de Santa Mónica), nos comparte esa breve experiencia
espiritual – conocido como el éxtasis de Ostia – en el cual su pensamiento
trasciende el mundo físico para tocar por un instante lo que nos define
como la Eternidad misma.
“Si para
alguien callase el tumulto de la carne, callasen los espejismos de la tierra, y
de las aguas, y del aire, callasen también los polos, y se callase la propia
alma y trascendiese por no pensarse a sí
misma, callasen los sueños y las revelaciones de la imaginación, toda
lengua y todo signo y todo aquello que se produce al trascender si se calla del
todo para alguno — porque si alguno lo oye dirán todas las cosas: «no nos hemos
hecho a nosotras mismas sino que quien nos hizo permanece por siempre»— ; dicho
esto, si estuvieran ya calladas porque aguzaron sus oídos hacia Aquel que las
hizo y sólo hablase Lo que es, no por medio de ellas sino por sí mismo, para
que oigamos su Palabra, no por medio de una lengua carnal, ni por una voz de
ángel, ni por el sonido de una nube, ni en el enigma de una comparación sino
que oyésemos a Lo que Es, sin ellas, oyésemos a Lo que Es que amamos en ellas,
del mismo modo que ahora nos estamos proyectando y con rápido pensamiento
llegamos a tocar la Sabiduría eterna que permanece por encima de todas las
cosas... si se continuase en esto y si se apartasen otras visiones de tipo
enormemente desigual y sólo ésta arrebatase y absorbiese y sumergiese a su
espectador hacia gozos tan íntimos que la vida eterna sea tal como lo fue aquel
momento de entendimiento por el que suspiramos, ¿puede ser otra cosa que esto:
entra en el gozo de tu Señor? ¿Y eso cuándo? ¿A caso cuando todos resucitemos,
pero no todos seamos transformados?”.[6]
San Agustín en este texto intenta
hacer un esfuerzo hercúleo por describir lo indescriptible: la experiencia de tocar
lo Divino. Él así nos lo hace saber: “Decía tales cosas, aunque no de esa
manera y con estas palabras. No obstante, Señor, Tú sabes que aquel día
mientras manteníamos tal conversación en que, al hilo de las palabras, este
mundo iba perdiendo valor para nosotros junto con todos sus deleites…”[7].
Y es justo en esa frase final de
la cita (este mundo iba perdiendo valor para nosotros junto con todos sus
deleites) donde queda manifestada de manera más que poética cuál el
significado del silentium para la contemplación, y cuál es el sentido de
la contemplación para la intuición de lo Inmutable.
Sale en nuestro auxilio,
nuevamente Rafael Tomás Caldera, “La absorción plena en lo contemplado es
silenciosa o monocorde: se sitúa más allá de la palabra, como en el primer
momento de la captación que da comienzo al verbo”[8].
Pero volvamos a Agustín y al
silencio que propone.
Habrá silencio cuando callase
el tumulto de la carne. Cuando logramos apagar el ruido exterior: El
cuerpo, las pasiones, los dolores y los placeres habituales. Es el cese del agobio
y el frenesí cotidiano, es un silencio de los sentidos.
Habrá silencio cuando callasen
los espejismos de la tierra, y de las aguas, y del aire, callasen también los
polos. También producen distracción el esplendor y la belleza de todo lo
creado, del universo visible. Puede la creación hacernos distraer de su
Creador. Dirá San Agustín: “los montes, y las olas, y los ríos, y las
estrellas que vi y el Océano que me contaron. Y sin embargo no he absorbido
esas cosas al verlas, cuando las vi con los ojos, ni son ellas las que están en
mí, sino sus imágenes”.[9]
Habrá silencio cuando callase
la propia alma. La contemplación supone callar nuestros propios
pensamientos, nuestras proyecciones, nuestro ego. El alma no solo debe acallar
el exterior, sino silenciar su propia actividad, dejar de escucharse a sí misma,
para poder escuchar a Dios.
Y así, habiendo logrado estos
silencios, estando entonces ante el absoluto vacío de ruidos e intermediarios,
estaremos en la disposición «para que oigamos su Palabra, no por medio de
una lengua carnal, ni por una voz de ángel, ni por el sonido de una nube, ni en
el enigma de una comparación sino que oyésemos a Lo que Es».[10]
Para que le oigamos, para que le
escuchemos, o al menos, para que le intuyamos.
3.- El silencio ante el
estrépito contemporáneo.
Entro en este punto con cierto
tedio, no tanto por cauteloso ni por perezoso sino porque – casi podría decir –
parece una causa perdida; aunque decía J.L. Borges en alguno de sus magistrales
cuentos “a un gentleman solo pueden interesarle causas perdidas”[11].
Tampoco es novedoso (ni mucho
menos original) el preocupado argumento de que vivimos tiempos de vertiginosa
velocidad, donde todo se quiere y se pretende obtener en real-time, donde
las relaciones humanas son cada vez más impersonales, donde el avance de la
tecnología marca la pauta del consumo, del aprendizaje, del interés intelectual
y cultural. Pero, sobre todo, que vivimos en tiempos apurados y a toda prisa en
los cuales hemos decidido – o al menos aceptado – un ritmo de exigente y
demandante vida hiperconectada que no nos permite espacio para el silentium.[12]
Hemos olvidado – o al menos
aceptamos olvidar – ir lento. Nos dice Frédérik Gros en incluso algo tan grato
como el senderismo:
“La
lentitud es sobre todo lo contrario de la precipitación (…) La ilusión de la
velocidad consiste en creer que te hace ganar tiempo (…) Pero la precipitación
y la velocidad aceleran el tiempo, que pasa más deprisa, y dos horas de prisas
acortan una jornada. Cada instante se rompe a fuerza de segmentarlo, de
llenarlo hasta reventar, en una hora se amontonan muchísimas cosas”.[13]
Byung-Chul Han, en una suerte de vox
clamantis in deserto ha venido reflexionando al respecto en sus trabajos,
como lo plantea en La Sociedad del Cansancio:
“El ruido
de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y la masificación
de las cosas han desbancado al vacío. Cielo y tierra están repletos de cosas.
Este mundo de mercancías no es para habitar. Ha perdido toda referencia a lo
divino, a lo sagrado, al misterio, a lo infinito, a lo superior, a lo sublime.
También hemos perdido la capacidad de asombrarnos. Vivimos en unos grandes
almacenes transparentes, donde nos vigilan y controlan como si fuéramos
clientes transparentes. Tendríamos que escapar de estos grandes almacenes.
Deberíamos volver a convertir los grandes almacenes en un hogar, incluso en un
centro festivo donde realmente merezca la pena vivir.”[14]
Hemos perdido – insisto, o al
menos aceptado perder – la oportunidad de la inactividad, y la hemos cambiado
por la constante actividad.
“Dado que
solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos
la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La
existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad”.[15]
Pero ¿Qué estamos realmente pretendiendo? ¿Qué estamos pensando? ¿A dónde estamos esperando que una vida así de frenética, así de súper activa, nos va a llevar? ¿Qué respuestas estamos dándole al sentido de la vida? O peor aún ¿Qué preguntas estamos haciéndonos ante el sentido de la vida?
Vuelve a nosotros Séneca y el otium
como la necesaria disposición para poder hacernos las preguntas y sobre todo
para poder conseguir las respuestas. Pero no las preguntas y menos las
respuestas baladíes, triviales, superficiales. Esas no son a las cuales hacen
referencia los pensadores de todos los tiempos.
Esas no son las preguntas y respuestas que verdaderamente necesitamos.
Estamos hablando del espacio de
calma, de serenidad, de silencio como inexorable condición de posibilidad para
la escucha del Magister Interior (el Maestro Interior) que habita en la
conciencia humana.
Nos los dice Rafael Tomás
Caldera:
“No se
trata pues de un mero hecho, por demás difícil de verificar: se trata de algo
necesario. Se ha determinado la esencia del entender y, con ello, la esencia
del intelecto: el intellectus es lo que aprehende el ens; entender es captar el
ser”.[16]
Se trata de tomarnos el tiempo
necesario para comprender y entender a qué vinimos a este mundo.
Pero entender, requiere silencio
(silentium) y calma.
Concluyo este ensayo con el final
de San Agustín en Las Confesiones:
“…al ser el
bien que no carece de ningún bien, siempre estás en reposo, porque Tú mismo
eres tu reposo”.[17]
4.- Una reflexión (final) sobre
el silencio, después del terremoto.
Me permito un último apartado,
para compartir una reflexión a propósito de los fortísimos terremotos sufridos
en Venezuela en junio de 2026.
Los terremotos ocurren sin
avisar. El movimiento de los gigantescos bloques de roca que forman la corteza
terrestre, hace que choquen las placas tectónicas y se libera toda esa energía
acumulada en forma de ondas sísmicas, que viajan por el suelo y causan la
destrucción que vivimos.
Este fue un terremoto
terriblemente fuerte. Edificaciones destruidas, miles de muertos, decenas de
miles de desaparecidos. Desolación y tristeza por doquier en las zonas
afectadas.
La pregunta que surge en mí es
inevitable: ¿Y para qué me sirve, para qué nos sirve, la filosofía cuando – en
palabras de Murakami – el cielo se derrumba y la tierra rugiendo se abre?
¿Dónde queda el papel del pensamiento y del pensador en estos momentos de
extrema destrucción y desolación como los vividos recientemente? ¿Qué sucede
con la contemplación y el éxtasis y el reditus ad se ipsum? ¿Puede acaso
darnos alguna respuesta ante todo este dolor?
La respuesta es sí, y la obtuve
en el testimonio de un rescatista argentino, que formaba parte de los grupos internacionales
de rescate que se desplegaron en Venezuela.
Aquel hombre comienza la
entrevista que le hacen y suelta una frase conmovedora: “el rescate esta vez
fue para mi vida”.
La historia puntual que narró el
rescatista no fue propiamente la de un caso exitoso de rescate. Identifican y
ubican entre los escombros lo que claramente era el cadáver de un hombre, y al empezar
la operación para sacarlo de las ruinas se dan cuenta que está abrazado al
cadáver de una mujer, y a su vez la mujer abrazada al cadáver de un niño, y el
niño abrazado a su mascota. “Entendí – dice el rescatista – que fue
un abrazo de amor completo”.
Pero la entrevista continúa y lo
que siguió fue la respuesta a mi cuestionamiento sobre la filosofía, y en
particular, sobre este ensayo que venía preparando desde semanas antes del
inesperado terremoto.
El rescatista explica que en el
proceso de búsqueda y rescate de sobrevivientes, es necesario cada cierto
tiempo hacer silencio, ratos de total y absoluto silencio. Pero no se hace
silencio para desconectarse, ni para el descanso, sino para poder escuchar
signos, señales, pequeñas muestras de vida. Es un silencio que descubre vida.
Es este silencio, silentium,
del cuál nos habla San Agustín.
Juan Salvador Pérez
[1]
Sobre la brevedad de la vida, el
ocio y la felicidad. Lucio Anneo Séneca. Acantilado. 2013
[2]
Ibidem.
[3]
De Ordine. San Agustin. https://www.augustinus.it/spagnolo/ordine/ordine_1.htm
[4]
Entender es decir. Rafael Tomás
Caldera. Cuadernos de anuario filosófico #230, Universidad de Navarra. 2010.
[5]
Ibidem.
[6]
Las Confesiones. San Agustín. Libro
IX. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.
[7]
Ibidem.
[8]
Entender es decir. Rafael Tomás Caldera. Cuadernos de anuario filosófico #230,
Universidad de Navarra. 2010.
[9]
Las Confesiones. San Agustín. Libro X. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.
[10]
Ibidem.
[11]
La frase aparece en el cuento “La
forma de la espada”, del libro Ficciones.
[12]
No se trata de llegar al coro de
voces agoreras de filósofos actuales como Éric Sadin, Bernard Stiegler, Luc
Ferry, y otros que sólo ven en el avance de la tecnología amenazas para la
sociedad, sin embargo, sí es necesaria la reflexión seria sobre el tema. Tanto
así que el Vaticano ha publicado documentos y la reciente encíclica Magnifica
Humanitas, para abordar el impacto de la tecnología en la vida actual.
[13]
Andar, una filosofía. Frédéric Gros. Taurus. 2014
[14]
La sociedad del cansancio.
Byung-Chul Han. Herder. 2025
[15]
Vida contemplativa. Byung-Chul Han.
Taurus. 2023.
[16]
La primera captación intelectual.
Rafael Tomás Caldera. Cuaderno de anuario filosófico #81. Universidad de
Navarra. 1999
[17]
Las Confesiones. San Agustín. Libro IX. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.




