Cuando leí el titular de la noticia, confieso que sentí la pesadez de una campana que dobla por última vez: la Abadía de Nuestra Señora de La Trappe en Normandía, Francia, cuna de la espiritualidad trapense hace más de 900 años, evalúa su cierre[1].
No es un problema de muros, que han resistido siglos de
embates, guerras y reformas, sino de una ausencia más profunda y silenciosa: la
falta de vocaciones. Tras casi un milenio de oración ininterrumpida, el corazón
de la observancia cisterciense en Europa corre el riesgo de dejar de latir.
Para entender la magnitud de esta pérdida, habría que
recordar que el espíritu de "La Trappe" nació como un retorno
a lo esencial. En el siglo XVII, el abad Armand-Jean de Rancé buscó devolver a
la vida monástica su rigor original: silencio absoluto, trabajo manual y una
humildad radical. Los trapenses no se retiraron del mundo por desprecio a la
humanidad, sino para sostenerla desde la retaguardia del silencio, convencidos
de que solo en la quietud se puede escuchar la Verdad.
Hoy, la posible orfandad de este monasterio es un espejo
incómodo para nuestra época. Vivimos en el tiempo de la
"hiperconexión", un estado de presencia permanente que,
paradójicamente, nos ha vuelto profundamente ausentes. Estamos sumergidos en un
ruido incesante donde la opinión ligera ha sustituido al pensamiento, y donde
el estrépito de las redes y las tendencias efímeras ha asfixiado la capacidad
de reflexión.
Hoy nunca estamos solos (o al menos eso creemos). Todos
vivimos conectados y en contacto (o al menos eso creemos). Somos gente ocupada
y enfocada en cosas importantes (o al menos eso creemos).
Y por ello, una noticia como el cierre de un monasterio, de
una abadía, pasa desapercibida, nos parece normal y hasta lógico que ocurra
¿silencio, oración, estudio y trabajo manual en el siglo XXI, en la era de
redes sociales, inmediatez e IA?
Pero, en realidad, el fin de una comunidad trapense no es
solo un dato estadístico de la crisis religiosa (que por supuesto que lo es).
Es más grave y más elocuente que eso, es el síntoma de una civilización que
está perdiendo la capacidad de escuchar.
Si ya no hay hombres ni mujeres dispuestos a entregar su vida
al silencio, es porque ya no valoramos el suelo donde crece la sabiduría.
La tradición y testimonio de los monjes de La Trappe nos
enseña que la profundidad se construye con paciencia, con el ritmo lento de las
estaciones y la contemplación.
Si permitimos que esos espacios desaparezcan, nos quedaremos
solos con nuestro propio estrépito. Y en un mundo donde todos gritan y nadie
escucha, el riesgo no es solo perder una abadía histórica; es perder la esencia
que nos hace humanos.
Ojalá – y seguramente así sea – los monjes logren evitar el
cierre de la Abadía. Pero si los esfuerzos no fuesen suficientes y el fin de
este monasterio es inevitable, solo espero que antes de que el último monje
cierre la puerta, podamos redescubrir que la verdadera libertad no está en la
conexión constante, sino en la valentía del estupor, de silencio, de la quietud
y de la serenidad.
Es allí donde, finalmente, podremos encontrarnos.
Juan Salvador Pérez
[1] https://www.ewtnnews.com/world/europe/trappists-considering-abandoning-historic-abbey-after-900-years-due-to-lack-of-vocations






