El Callo Óseo de la Civilización.
Cuando se le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál
consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura
antigua, no citó herramientas de piedra, vasijas de barro o armas de caza. Mead
señaló un fémur humano que había sido roto y, posteriormente, sanado. Explicó
que, en el reino animal, una pata rota equivale a una sentencia de muerte: la
criatura no puede huir del peligro, cazar para alimentarse o beber agua. Un
fémur sanado indica que alguien se tomó el tiempo para cuidar al herido, para
vendar la fractura, ponerlo a salvo y alimentarlo hasta que el hueso volviera a
unirse. Para Mead, la civilización comienza allí donde la comunidad asume la
fragilidad del otro como un imperativo de cuidado. Este "callo óseo"
arqueológico es la prueba física de que la humanidad nace en el mismo momento
que se da la cooperación y la compasión.
La Ontología de la División: Más allá del desacuerdo.
Esta metáfora antropológica resuena con dolorosa urgencia en
la Venezuela actual. La polarización que nos asedia no puede reducirse a una
mera discrepancia política; es una patología ontológica que fractura la misma
noción de polis. Como hemos sostenido desde la Revista SIC, nos
enfrentamos a un reduccionismo antropológico que despoja al "otro" de
su condición de interlocutor válido, convirtiéndolo en un enemigo absoluto que
debe ser anulado. Esta dinámica no solo paraliza la acción política sana, sino
que mimetiza la violencia que pretende combatir. La verdadera resistencia
cristiana ante esta realidad no es la pasividad, sino una parresía que
desmantele los falsos binarismos y afirme la dignidad humana inalienable por
encima de cualquier coyuntura de poder.
Venezuela es hoy ese fémur quebrado que requiere, con
urgencia, la intervención de una comunidad de cuidado.
La Ortopraxis del Encuentro: Los siete verbos para el
diálogo.
Para confrontar esta desintegración y comenzar el proceso de
sanación de la fractura social, la encíclica Fratelli Tutti (n. 198) no
nos ofrece un manual de urbanidad, sino una ortopraxis del diálogo basada en la
teología de la alteridad. El Papa Francisco propone una ruta exigente a través
de siete verbos que operan como actos performativos de reconstrucción social,
la "férula" que debe sostener nuestro hueso quebrado: acercarse,
expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse y buscar puntos
de contacto.
Estos verbos no son etapas secuenciales, sino dimensiones
simultáneas de la hospitalidad de la palabra. Mientras la polarización prospera
en la abstracción estéril y la inmediatez de la condena, el diálogo auténtico
exige la densidad del encuentro presencial. Solo en la kenosis del propio
prejuicio, permitiéndonos mirar y conocer el rostro del otro, las
intuiciones morales que nos separan dejan de ser muros ideológicos para
convertirse en lugares de discernimiento compartido.
La Mediación como Imperativo Ético.
En el tortuoso camino hacia la reconciliación nacional, la
mediación no es una postura de neutralidad indiferente, sino un imperativo de
la Caridad Política. Una comunicación mediadora es aquella que se sacrifica a
sí misma —renunciando a la victoria retórica inmediata— para salvaguardar el
bien común, entendiendo que el objetivo final no es ganar la discusión, sino
sanar el cuerpo social. Esto implica una ascesis intelectual para adoptar tres
hábitos despolarizadores: la crítica inmanente (reconocer valores en el otro),
el discernimiento de bienes en conflicto y la superación definitiva del
dualismo maniqueo.
La diversidad conciliada.
El desafío para todos nosotros en tiempos de fractura ética
es renunciar a la trampa de la discusión estéril para abrazar el rigor del
discernimiento del encuentro. Al aplicar los verbos de Francisco, elevamos la
palabra a su dignidad sacramental como herramienta de sanación. No aspiramos a
una uniformidad vacía, sino a una diversidad conciliada donde el reconocimiento
de la dignidad del otro sea la piedra angular para reconstruir el orden de
la Concordia, o para decirlo sin complejos, el Plan de Dios.
Si la civilización comenzó con un fémur sanado, nuestra
reconstrucción nacional comenzará cuando asumamos el compromiso de vendar,
cuidar y sanar la profunda fractura que nos divide, permitiendo que el
"callo óseo" de nuestra fraternidad nos haga más fuertes y volvamos a
levantarnos.
Juan Salvador Pérez






