martes, 19 de abril de 2022

LA PROCESIÓN NO SIEMPRE VA POR FUERA


 

Me refirió alguna vez un muy buen amigo jesuita, una anécdota – o digamos una experiencia – de cuando estuvo de misión en Angola. Después de una fuerte tormenta tropical, este sacerdote salió a ver los estragos que habían causado la lluvia y el viento en la selva donde él se encontraba. El paisaje era desolador ante aquel triste espectáculo de árboles caídos. Por un lado se percató de que los árboles de raíces profundas y de troncos rígidos se habían quebrado por la fuerza del viento. Por otro lado, los árboles de troncos flexibles pero de raíces pequeñas, habían sido arrasados y arrancados de la tierra. Sólo se mantuvieron en pie, sólo lograron sobrevivir al poderoso embiste del viento y la lluvia, aquello árboles de raíces profundas y troncos flexibles.

La anécdota me sirve para poder abordar el tema de este artículo. ¿Cómo es la situación hoy día del catolicismo en Venezuela?

Yo sólo puedo hablar desde mi particular experiencia como hombre laico, creyente y vinculado de alguna manera a la actividad de la Iglesia Católica venezolana, pero nunca como representante ni menos aún como voz autorizada. Lo hago estrictamente desde mi condición de simple varón cristiano. Observo y reflexiono, para ubicarme y entender, más que para ofrecer diagnóstico y pretender criticar.

¿Raíces fuertes?

Resulta bastante sencillo, casi un lugar común, decir que Venezuela es desde siempre un país católico. Como todos sabemos, de los mismos barcos de los conquistadores descendieron también los frailes y monjes con la cruz como estandarte y la misión de evangelizar.

Desde muy temprano se comienza a organizar formal y jerárquicamente la Iglesia en el territorio de Venezuela. La presencia del episcopado se remonta al siglo XVI, con la primera diócesis de Venezuela en Coro, de fecha 21 de marzo de 1.531, trasladada después a Caracas, (7 de marzo de 1638); luego la diócesis de Mérida (17 febrero de 1778); la de Ciudad Bolívar (20 mayo de 1790); Maracaibo (28 julio de 1897). Estas diócesis abarcaban amplios territorios y estaban muy aisladas entre sí. Es decir, no se puede hablar de un episcopado colegiado y con conciencia de unidad. De hecho, no será sino hasta principios del siglo XX que se comenzará tímidamente a hablar del Episcopado Venezolano, cuando en 1.904 se celebra la primera conferencia - utilizada la palabra en la acepción de reunión - del Episcopado Venezolano.

Pero formalmente, será en noviembre de 1.973, cuando en el boletín No. 2 del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano aparecerán publicados los estatutos de la Conferencia Episcopal Venezolana, celebrándose, de conformidad a lo allí establecido la Primera Asamblea Plenaria Ordinaria de la Conferencia Episcopal Venezolana, del 7 al 12 de enero de 1974.

 

Es decir, si bien la presencia de la Iglesia se remonta a los tiempos de la conquista, no será sino hasta bien entrado el siglo XX que se tenga una concepción sólida, unificada y con conciencia de cuerpo.

Hoy día la Iglesia cuenta con 42 jurisdicciones eclesiásticas en el país, distribuidas en 9 arquidiócesis, 27 diócesis, 3 vicariatos apostólicos, 2 exarcados y un ordinariato militar. Algo más de dos mil sacerdotes, algo menos de cuatrocientos diáconos permanentes y sesenta obispos (41 titulares, 3 auxiliares y 16 eméritos), siendo las diócesis con mayor número de sacerdotes San Cristóbal (208), Trujillo (154), Barquisimeto (148), Mérida (127), Caracas (121).

Según los estudios de opinión y diversas encuestas, el número de católicos (o de personas que así se consideran) varía desde el 75 por ciento de la población, hasta más del 90, claramente cifras altísimas.

Visto así, tanto por la histórica presencia como por el número de fieles, Venezuela es un país irrefutablemente católico. Pero ¿realmente lo somos? Más allá de lo nominal ¿qué significa eso?

En un muy interesante trabajo del sociólogo norteamericano Rodney Stark sobre el surgimiento y crecimiento del cristianismo[1], este investigador se pregunta cómo de aquel inicial grupúsculo de no más de 120 seguidores judíos al momento de la muerte de Jesús, llegamos a casi 34 millones de cristianos en apenas trescientos años. Este crecimiento que suena y se lee milagroso, Stark lo presenta como un ritmo de crecimiento sin duda importante pero normal, a una rata de 40% por década durante los primeros siglos, lo cual ha sido el ritmo de crecimiento de otras confesiones religiosas exitosas en la historia. De allí entonces que para Stark, el fenómeno de la expansión del cristianismo no radicó tanto en la rata de crecimiento, sino en lo exitoso del mensaje del como oferta religiosa, en lo atractivo de su propuesta, en el contenido novedoso de aquella buena nueva.

El cristianismo creció como creció, gracias al testimonio de vida de los cristianos de los primeros siglos, a su ética práctica que logró inspirar a una sociedad romana agotada y vacía. Las circunstancias históricas se convirtieron en oportunidades que fueron correctamente aprovechadas, permitiendo así el posicionamiento del cristianismo principalmente en las clases medias, pero también en las clases bajas, así como en importantes, determinantes e influyentes familias de clase alta.

Según Stark, las repuestas y propuestas de los cristianos frente a temas como el papel de la mujer en la sociedad, al trato de los esclavos, a la dignidad de todos los hombres (p.e. la condena del circo y los juegos), la activa solidaridad y el servicio desprendido ante los enfermos, llegando incluso a temas más de corte íntimo familiar como la fertilidad, el infanticidio, el aborto, representó una verdadera revolución cultural que permitió el auge del crecimiento del cristianismo.

 

Vuelvo entonces a la pregunta que nos hicimos arriba ¿somos realmente un país católico en los términos esenciales del mensaje y de la práctica que supone ser cristianos – seguidores de Cristo – hoy día en Veneuela? ¿Son nuestras raíces católicas una consecuencia histórica del descubrimiento, la conquista y la colonia proyectada en el devenir de los años y la tradición, o verdaderamente atiende a un convencimiento profundo, convencido y práctico del mensaje de Cristo en la vida diaria de todos nosotros?

¿Tronco flexible?

El gran G.K. Chesterton decía – insistía más bien – al hablar del Catolicismo, que los fieles realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón, lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados.

En importantes estudios sobre la religiosidad y la fe[2], ha quedado últimamente comprobado que los seres humanos no sólo se interesan más por estos temas sino que reconocen la necesidad de creer y pertenecer a cultos religiosos. Puedo referir a manera de ejemplo, mi reciente experiencia personal del pasado miércoles de ceniza. Ese día fuí a misa en mi parroquia en la mañana, y la gran cantidad de fieles me impresionó, sobre todo al compararla con la habitual escaza asistencia de la misa del mismo horario los domingos. Al final del día le comenté al párroco mi grata impresión, y me respondió contándome que la asistencia en las misas del mediodía y la tarde había sido aún mayor. La revista America Magazine también realizó la misma observación en la realidad norteamericana, una asistencia inusualmente grande de personas que participan en la celebración de la imposición de cenizas. El artículo[3] se pasea por diversas razones para explicar el fenómeno, pero la más convincente (al menos para mí) es la necesidad en la gente de participar, de sentirse parte.

En Venezuela la Iglesia Católica goza de una reputación muy favorable como institución. Según el informe 2021 realizado por Latinobarómetro, más del 70 por ciento de la población venezolana reconoce a la Iglesia Católica como una institución confiable. El trabajo llevado a cabo por Caritas en todo el territorio del país frente a la crisis que atraviesa la gente, la voz de denuncia del episcopado ante la situación nacional, el compromiso social de los párrocos y demás organizaciones y órdenes eclesiales, dan base sólida para este reconocimiento.

Sin embargo, al mismo tiempo la Iglesia Católica es percibida por muchos, sobre todo entre jóvenes, cómo una institución anquilosada en el tiempo en lo relativo a muchos temas actuales (y clásicos) como lo son la sexualidad, la participación de la mujer, etc. Pero más allá de estos debates que sin duda deben darse, la Iglesia necesita – y lo sabe – continuar con el aggiornamento que comenzó en el Concilio Vaticano II. El actual pontificado ha iniciado un proceso interesante, novedoso y acaso poco conocido, de consulta abierto a todos los hombres y mujeres del mundo. Ha sido llamado este proceso por el Vaticano como el sínodo de la sinodalidad, por su significado etimológico: caminar juntos.

La Iglesia debe hablar con claridad y con determinación, esto siempre lo ha hecho. Pero no basta con ello, la Iglesia sobre todo necesita ser entendida, y para ello es imprescindible conocer qué opinan y cómo piensan sus fieles, y así siguiendo a Chesterton servir realmente de faro de la fe. En esto consiste la flexibilidad, no en el cambio esencial del mensaje sino en el proceso de sensible escucha.

A manera de conclusión.

Difícilmente sea Venezuela un país – como señala Google de manera bastante ligera – con más de 30 millones de católicos. Pero la realidad es que la religión no se trata de un tema de proselitismo de fieles, de quién tiene la lista más larga… esas son obsesiones anacrónicas y concepciones equivocadas.

Las religiones – nos dice Xavier Zubiri – son la plasmación ulterior de la religación, y la historia de las religiones, el enriquecimiento progresivo del poder de lo real o deidad, que es manifestación de la realidad de Dios oculta en el fondo de toda realidad[4].

La Iglesia Católica es institución, sin duda. Pero también la Iglesia Católica somos todos los fieles que la conforman. Hablar de la Iglesia Católica supone pues hablar de la estructura jerárquica, de obispos, curas, parroquias… y al mismo tiempo implica hablar de todos nosotros que nos llamamos católicos de a pie.

Tenemos en Venezuela, como vimos, una Iglesia Católica con raíces históricas desde el siglo XV pero que hoy posee una presencia institucional, respeto y reconocimiento que se lo ha ganado a pulso, sudor y lágrimas en el acompañamiento de la gente que más sufre en el país.

Tenemos además un gran número de venezolanos que nos definimos como católicos, y que se evidencia ello – o al menos debería evidenciarse –en la conducta cristiana en la calle, en la casa, ante los otros.

Porque más allá de las cenizas en la frente, la procesión no siempre va por fuera.

 

 

Juan Salvador Pérez



[1] “La expansión del Cristianismo. Un estudio Sociológico”. Rodney Stark, Editorial Trotta, 2009.

[2] A tales fines vale la pena revisar los estudios publicados por el Pew Research Center.

[3] Why so many Catholics want to get their ashes—even if they rarely go to Mass. Bruce T. Morril s.j. www.americamagazine.org 2022.

[4] Sobre la religión de Xavier Zubiri. Juan Carlos Infante Gómez, Universidad Complutense de Madrid. 2018

lunes, 7 de febrero de 2022

¿PUEDE VENEZUELA TRANSITAR HACIA UNA DEMOCRACIA? (una reflexión desde la Evangelii Gaudium)


 

En el más reciente documento de trabajo de la politóloga venezolana Maryhen Jímenez, publicado por la Fundación Carolina titulado “El difícil camino hacia una democratización en Venezuela” (enero 2022), la destacada investigadora de Oxford se hace – nos hace – la pregunta más importante sobre el futuro político del país ¿puede Venezuela transitar hacia una democracia?

Sin ánimos de hacer spoiler apuro la respuesta que ella misma nos da al final de su trabajo[1]: dándose las circunstancias ideales, es decir, comenzando ya a hacer lo que hay que hacer, el trayecto de la democratización no será lineal y se concretaría, eventualmente, en el largo plazo.

¿Cuáles son esas circunstancias ideales que nos plantea el estudio?

Lo primera circunstancia que resalta este estudio, el punto de partida de su tesis, es el hecho de que recuperar la democracia en Venezuela es un asunto a largo plazo, aclaratoria que resulta necesario siempre hacer – aunque parezca de Perogrullo - por si aún hubiese ingenuos soñadores o temerarios irresponsables que siguiesen sucumbiendo a la tentación de la inmediatez y los atajos amentes.

En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco nos presenta los cuatro principios fundamentales - en su criterio - para la construcción de la paz y justicia:

a)      el tiempo es superior al espacio;

b)      la unidad es superior al conflicto;

c)       la realidad prevalece sobre la idea; y

d)      el todo es más que las partes y la mera suma de las partes.

Así planteado, el primer punto expuesto por Jiménez, coincide perfectamente con el primer principio propuesto por S.S. Francisco. El tiempo es superior al espacio.

Nos dice el #223 de la Exhortación Apostólica:

“Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.”[2]

La segunda circunstancia que Jiménez nos expone en su trabajo como un elemento clave a superar, es la imposibilidad en la oposición política venezolana para avanzar en unidad, con reglas internas claras y acciones coordinadas. Advierte el estudio que los momentos de mayor éxito para la oposición y de mayor derrota del oficialismo han coincidido siempre con la existencia de una instancia de coordinación opositora que ha dado orden y foco. “La gran diferencia entre los diversos intentos de coordinación —informal y formal— que ha emprendido la oposición venezolana está en la (ausencia de) institucionalidad interna”. No es secreto para nadie la actual situación de disgregación, atomización y diferencias profundas que atraviesa la oposición política venezolana, sin embargo sería deseable que los diversos actores democráticos de la oposición diseñaran una nueva institucionalidad interna que les permita decidir y crear colectivamente un objetivo, y definir candidaturas y un programa conjunto de cara a los futuros procesos electorales. Mientras tanto, desde las cuatro gobernaciones y las 123 alcaldías no-oficialistas (Luján, 2021), los y las dirigentes electos podrían aprovechar el espacio limitado para organizar las bases, crear vínculos con grupos no-partidistas, reestablecer la confianza entre actores y abonar así la regeneración de la oposición venezolana.[3]

A este respecto, la Evangelii Gaudium nos propone el segundo principio fundamental: la unidad es superior al conflicto.

Nos dice en los núemros 227 y 228 de la Exhortación Apostólica:

“227.Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).

228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna.”[4]

La tercera circunstancia que plantea el documento de estudio es la moderación estratégica. Nos dice Jiménez que a medida que una oposición coordina sus acciones de una manera formal y logra movilizar a su favor a diversos grupos de la sociedad, la coalición autoritaria aumenta los niveles de represión para intimidar, hostigar y fracturar a su adversario.

Esto ha quedado más que comprobado en el caso venezolano. Entonces ¿cómo se puede avanzar ante la inexorable conducta represiva del oficialismo?

Sostiene Jiménez que la moderación estratégica puede traer una serie de beneficios, como lo son: i) comprensión de las limitaciones impuestas por un contexto autoritario y represivo; ii) acciones consensuadas entre diversos grupos que busquen la apertura del autoritarismo con cautela y ambición, y iii) manejo de expectativas sobre cambios inmediatos y rechazo a las vías violentas para obtener el poder.

En todo caso, la realidad es que ha resultado nada efectivo el enfrentamiento frontal y violento como estrategia de la oposición para derrotar al oficialismo. Por el contrario, la experiencia histórica demuestra cómo la adaptación de las acciones a las condiciones reales y factibles, de grupos opositores ante regímenes autoritarios, ha resultado una estrategia exitosa.

Es indispensable – nos advierte Jiménez – que los actores no-oficialistas moderen sus expectativas, comprendan las limitaciones impuestas por el contexto autoritario y construyan una visión que pueda ayudar a tejer puntos de encuentro de cara al futuro. La moderación estratégica, si bien resulta costosa en el corto y medio plazo, es una ruta gradual y lenta que puede traer beneficios a los partidos políticos a largo plazo.[5]

Moderar expectativas, comprender limitaciones, es decir, entender y asumir la realidad. Es este precisamente el tercer principio que S.S. Francisco nos propone en Evangelii Gaudium: La realidad es más importante que la idea.

 

Nos dice la Exhortación Apostólica en los números 231 y 232:

“231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

 

232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética. Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.”[6]

La última circunstancia ideal que nos plantea Jiménez en su estudio para poder avanzar en el camino de la democratización de Venezuela es poseer una identidad democrática y prográmatica, es decir, democratizar el discurso y la política interna de los partidos.

Esto supone no solamente lo obvio, las democracias requieren de demócratas, sino que además el liderazgo debe y tiene que ser siempre coherente y consecuente con la democracia, en sus propios partidos, en sus planteamientos y planes nacionales, en la vinculación y apoyos internacionales, en la gestión cotidiana y por último pero importantísimo, en materia de rendición de cuentas y transparencia.

La democracia es más que discurso, va más allá de slogans, supera los simples acuerdos entre los actores. La democracia es una manera integral de entender la vida en sociedad, es una forma de gobierno que requiere esencialmente de la participación de todos, pero que al mismo tiempo supera a todas las partes, para poder así llegar al bien de todos, al Bien Común.

Es esto lo que el papa Francisco no propone en el cuarto principio fundamental para la construcción de la paz y justicia: el todo es superior a la parte.

“235. El todo es más que las partes, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.

 

236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.”[7]

 

Volvamos, para terminar, a la pregunta inicial: ¿puede Venezuela transitar hacia una democracia?

La respuesta es sí. Pero toca tomárnoslo en serio y comenzar a transitar ese camino con determinación, armonía, coherencia y conciencia.

 

 Juan Salvador PÉREZ



[1] Realmente vale la pena leer con detenimiento el documento de estudio “El difícil camino hacia una democratización en Venezuela” (Fundación Carolina, enero 2022), en el cual Jiménez realiza un agudo y preciso análisis de la situación política actual venezolana.

[2] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del santo padre Francisco a los obispos a los presbíteros y diáconos a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. 2013

[3] El difícil camino hacia una democratización en Venezuela. Maryhen Jiménez.  Fundación Carolina. 2022

[4] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 2013

[5] El difícil camino hacia una democratización en Venezuela. Maryhen Jiménez.  Fundación Carolina. 2022

[6] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 2013

[7] Ibidem.


domingo, 23 de enero de 2022

EL RETROCESO DE LA DEMOCRACIA

 


Asume gestión la nueva directiva de la Conferencia Episcopal Venezolana y lo hace dejando en claro mediante exhortación pastoral su preocupada opinión por la situación en Venezuela subrayando tres tristes y escandalosas realidades: “el desmantelamiento de las instituciones democráticas y de las empresas del Estado; el dramático éxodo debido a la emigración forzada de cerca de seis millones de compatriotas expatriados por falta de oportunidades de desarrollo en el país, sobre todo jóvenes en edad productiva; la pobreza de la gran mayoría de nuestro pueblo, con particular acento en la desnutrición de la infancia y las situaciones de injusticias que viven las personas de avanzada edad”[1].

Los obispos venezolanos denuncian que la democracia está muy debilitada, lo cual se evidencia en una trágica y acelerada pérdida de la libertad individual y social; en el deterioro profundo del sistema educativo; en las deficiencias estructurales del modelo económico nacional que genera graves deficiencias que impiden trabajo digno y salario justo para todos los venezolanos.

Pero esta realidad – tremendamente delicada y que nos afecta a todos –  para nadie es nueva ni desconocida, como tampoco lo es el clamor que el episcopado ha venido haciendo recurrente y responsablemente desde hace tantos años ante este dramático panorama. 

Nuestros obispos nos proponen, nos plantean, refundar la nación desde el principio cristiano de la “encarnación”. Para ello debemos colocar el foco en lo humano como condición de lo social, desde los valores y principios que permitan la construcción del bien común, la verdad, la justicia, la solidaridad, la responsabilidad, la honestidad, la cultura del trabajo productivo.

Esto ha costado mucho entenderlo. El retroceso de la democracia no es culpa de terceros, sino responsabilidad de todos nosotros. ¿Somos realmente demócratas? ¿Practicamos y vivimos en lo más íntimo la democracia?

Recientemente el papa Francisco sostuvo un encuentro con las autoridades, sociedad civil y el cuerpo diplomático en su último viaje a Grecia. Ofreció en las palabras de su discurso una reflexión muy seria sobre la situación de la democracia.

Nos dice el papa que la democracia requiere la participación y la implicación de todos y por tanto exige esfuerzo y paciencia; la democracia es compleja, mientras el autoritarismo es expeditivo y las promesas fáciles propuestas por los populismos se muestran atrayentes. Por ello, en diversas sociedades, preocupadas por la seguridad y anestesiadas por el consumismo, el cansancio y el malestar conducen a una suerte de “escepticismo democrático” (…) también existe un escepticismo, en relación a la democracia, provocado por la distancia de las instituciones, por el temor a la pérdida de identidad y por la burocracia[2].

Francisco – al igual que nuestros obispos – advierte con gran preocupación el retroceso de la democracia. La invitación del papa es primero a superar las ideologías (“es muy triste cuando las ideologías se apoderan de la interpretación de una nación, de un país y desfiguran la patria” dijo el papa en 2020); segundo a creer, confiar y a apostar por la buena política, en cuanto arte del bien común (dirigir una atención particular, prioritaria, a las franjas más débiles); y tercero, un llamado a la participación de todos y cada uno de nosotros como exigencia fundamental (no sólo para alcanzar objetivos comunes, sino porque responde a lo que somos: seres sociales, irrepetibles y al mismo tiempo interdependientes).

La democracia retrocede si no entendemos y si no asumimos todos, gobernantes y gobernados, que la razón de ser de los gobiernos es hacer progresar a los países, consolidar las naciones y construir las patrias (que hemos recibido de nuestros mayores. Patria, paternidad. Viene de ahí. Y es algo que tenemos que dar a nuestros hijos).

No es un asunto sólo de políticos. Es un tema de ciudadano, de personas, de sujetos consientes y responsables, que entiendan la democracia en la doble dirección que la entendieron desde su origen en Atenas, como un mensaje orientado hacia lo alto y también como un mensaje hacia el otro; que a las seducciones del autoritarismo responda con la democracia; que a la indiferencia individualista oponga el cuidado del otro, del pobre y de la creación, pilares esenciales para un humanismo renovado, que es lo que necesitan nuestros tiempos[3].

Sólo así podremos detener el retroceso de la democracia. Hagamos caso a De Gasperi, y dejemos las izquierdas o las derechas, que lo decisivo es ir hacia adelante encaminados hacia la justicia social.

 

Juan Salvador Pérez



[1] Exhortación Pastoral  CXVII Asamblea Ordinaria Plenaria, 13 de enero de 2022.

[2] Discurso del Papa en su visita a Grecia, 4 de diciembre de 2021.

[3] Ibidem.


SANTO TOMAS DE AQUINO. EL BUEY MUDO


 

Solemos decir que un hombre es grande, sin en realidad referirnos a su tamaño físico, sino a su grandeza como ser humano, por sus aportes a la humanidad, por lo inmenso de su impronta y su legado en la historia.

En el caso de Tomás de Aquino la  grandeza de su figura en el pensamiento occidental es admirada por creyentes y no creyentes, a tal punto que en 1980 el papa Juan Pablo II lo designa Doctor Humanitatis en virtud de que el sistema de Aquino había alcanzado “cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado”.

Pero también aplicaba en Santo Tomás la otra acepción de grandeza, en relación a su gran tamaño corporal. Era, según la descripción de biógrafos y hagiógrafos, un hombre robusto, grueso, de enorme peso y tamaño. Tanto así que sus compañeros en la Universidad de París – con la típica malicia de la muchachada –  le llamaban bovem mutum (el buey mudo), por su tamaño y por su silenciosa actitud reflexiva.

San Alberto Magno, maestro de teología de aquel grupo, respondería en alguna ocasión quizás para poner fin a la burla, pero sobre todo asombrado por la profundidad de los escritos del joven estudiante: “ustedes lo llaman el buey mudo. Pero este buey llenará un día con sus mugidos el mundo entero”. Y así fue.

El filósofo inglés Anthony Kenny[1] afirma que Tomás de Aquino produjo la cantidad exacta de 8.686.577 palabras, incluyendo sólo en esta cuenta las obras atribuidas al santo con absoluta certeza. Es esta una producción asombrosa. Pongamos atención – a manera de ejemplo – en la Summa theologiae, que contiene más de un millón y medio de palabras, lo cual corresponde a la mitad de lo que sobrevive del corpus aristotélico.

Tenía razón san Alberto Magno, mudo no era el buey.

En cuanto al término buey vale bien la pena detenernos y darle reflexión a su significado. Más allá de la evidente connotación de un animal corpulento y pausado, los bueyes son animales de trabajo. El papa emérito Benedicto XVI, en un hermoso libro autobiográfico titulado Memorias[2], asiéndose de una reflexión de San Agustín sobre el Salmo 73, termina ofreciendo una explicación profunda y cargada de humildad del concepto de la bestia de arado como símbolo de vida dedicada al esfuerzo y consagrada a la obra de Dios.

“ut iumemtum factus sum apud te et ego semper tecum” (un animal de tiro soy ante ti, para ti, y así es precisamente como permanezco contigo).

El buey representa alegóricamente a aquellos que entregan su vida al esfuerzo constante y al trabajo indetenible de construir el Reino de Dios en la Tierra.

Santo Tomás de Aquino dejó en su paso por este mundo, acaso las obras más importantes del pensamiento cristiano. Su sistema filosófico expresa un espíritu asimilador, conciliador, armonizador, racional, amante de la claridad, que huye de nubosidades y de utopías, y muy práctico. Podría decirse además que revela un espíritu que reconoce y quiere la individualidad personal y la libertad propia. Santo Tomás fue un hombre libre. Su libertad fue auténtica, porque no consistió en no tener ningún maestro, sino más bien en tener como maestro a Dios, a quien remitió siempre en todas sus obras. Creía que Dios es el único que libera y salva al hombre de las tiranías de los maestros humanos[3].

Sin embargo, aquella mente prodigiosa, aquel titán del pensamiento, aquel prolífico autor de tan vasta y fructífera obra, terminaría sus días sin producir ni una sola palabra más. A finales de 1273 y luego de una fortísima experiencia mística, Tomas de Aquino no dictó más lecciones, optó por el silencio.

Es que, comparando con lo que vi en aquella visión, lo que he escrito es muy poca cosa” llegó a confesar a sus cercanos.

En la Quinque Vie Santo Tomás argumenta de manera espectacular (e irrefutable) la existencia de Dios, pero será a través del silencio como terminará realmente de encontrarle, de verle, de entregarse confiadamente al Creador.

En 1274, a la edad de 49 años, Tomás de Aquino - el buey mudo - regresaba a la casa del Padre.

 

Juan Salvador Pérez



[1] Tomás de Aquino y la mente. Anthony Kenny. Editorial Herder, 2.000.

[2] Memoirs: 1927 – 1977. Joseph Ratzinger. Ignatius, 1.998.

[3] Santo Tomás de Aquino. El orden del ser. Antología filosófica. Tecnos, 2.003.

EL PAPA FRANCISCO NO HABLÓ DE MASCOTAS NI AMULETOS SINO DE MATERNIDAD, PATERNIDAD Y LA IMPORTANCIA DE LOS HIJOS

 


Cuando aquel 29 de diciembre de 1880, Audran, Duru y Chivot estrenaban en el Théâtre des Bouffes Parisiens la opereta – ópera comique La Mascotte, no lo hicieron pensando en bonitos gatos, ni simpáticos cachorros, ni graciosos pericos. La historia se refería a una joven campesina llamada Bettina, que atraía buena suerte a cualquiera que la poseyera, pero a cambio de una sola condición: que permaneciese siempre virgen.

La palabra Mascotte proviene del germano masca y de allí pasa el francés mascot (bruja), como término que definía a una persona – acaso una hechicera – con poderes mágicos capaces de otorgar buena fortuna a aquel que estuviese cerca. Rápidamente se le concedió la misma connotación a cosas, animales, objetos que corrieran la misma suerte de servir de amuletos.

Es este el origen etimológico de mascota, utilizada ahora para referirse a los animales domésticos que viven con nosotros y aunque todos estamos – espero – claros que no son amuletos de la suerte ni objetos mágicos, sí nos traen compañía, alegrías y buenos ratos.

El revuelo en los medios, redes sociales y por supuesto en todo el ambiente anti-Francisco, por la catequesis del pasado 5 de enero de 2022, que el papa dio en la Audiencia General de todos los miércoles, esta vez tuvo una especial sobre reacción por un tema que no fue para nada el asunto central de su exposición.

El papa Francisco no centró su discurso en la crítica a las mascotas (como los medios colocaron en los títulos, ni como los incautos leyeron furiosamente en las redes sin siquiera ir a la fuente), ni mucho menos habló de amuletos ni talismanes de la suerte.

La catequesis versó sobre San José, el padre putativo de Jesús. Y de allí desarrolló una bellísima argumentación sobre la maternidad y la paternidad. Es decir, el papa Francisco en perfecta línea con todo el magisterio de la Iglesia Católica quiso compartir con todos nosotros su reflexión sobre la importancia de los hijos para los padres, y de los padres para los hijos.

El papa dejó en claro que la paternidad y la maternidad hacen la vida de las personas más plenas y a esta plenitud se llega por la vía de la responsabilidad, es decir, por la capacidad – la habilidad –  de dar respuesta por la vida de otro: «Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él» (Carta ap. Patris corde).

Ese concepto hermosísimo de ocuparse del otro, de entregarse por el otro, es la manifestación más clara y más evidente de la maternidad / paternidad, y es justamente de eso que el papa nos viene a hablar en su catequesis.

Francisco no sólo hace referencia de la paternidad / maternidad biológica, sino que nos plantea dos tipos más de amorosa relación paterno-filial: la paternidad espiritual para quienes se consagran a Dios, y la paternidad adoptiva para aquellas parejas que al no poder naturalmente hijos optan por la adopción. Nos dice el papa “¡Cuántos niños en el mundo esperan que alguien cuide de ellos!”.

Toda la paternidad comprende un riesgo y la adopción quizás aún más, pero el papa invita a asumir el riesgo de la acogida:

“Es un riesgo, sí: tener un hijo siempre es un riesgo, tanto si es natural como si es por adopción. Pero es más arriesgado no tenerlos. Más arriesgado es negar la paternidad, negar la maternidad, tanto la real como la espiritual. A un hombre y una mujer que voluntariamente no desarrollan el sentido de la paternidad y de la maternidad, les falta algo principal, importante”.

Ese algo principal que falta en las vidas de las parejas sin hijos, es la sonrisa confiada y llena de ternura que devuelven los niños al despedirse en las noches, es la mirada cargada de emoción de un hijo que nos recibe y saluda cuando llegamos, es la certeza de saber que tendremos quien cierre nuestros ojos al momento de partir de este mundo. Es – por último – la alegría indescriptible de sabernos coparticipes del acto más hermoso de la creación: el Amor dador de vida.

El papa nos deja una catequesis no sólo hermosa, sino tremendamente útil que de ninguna manera pretende atacar a nadie, ni mucho menos suscitar burlas ni desprecios. Sería una contradicción directa con sus propias enseñanzas y eso es imposible. Francisco ha sido desde el inicio de su pontificado un activo promotor de la protección de la vida y toda la Creación, un defensor de la Obra Divina. En definitiva, el papa es un hombre serio y habla con seriedad de los temas serios, con profundidad de los temas profundos y con alegría de los temas alegres. Y por lo general los temas serios, suelen ser profundamente alegres, así que no nos dejemos aturdir por los malintencionados militantes del odio, y en cambio abramos con atención nuestros corazones al mensaje de la Buena Nueva y nuestros oídos al mensajero.

 

Juan Salvador Pérez

jueves, 20 de agosto de 2020

HUMANA COMMUNITAS. Vieja respuesta para una nueva situación.


 

La Pontificia Academia para la Vida, publicó el 22 de julio de 2020 - día de Santa María Magdalena - el documento Humana Communitas (Comunidad Humana) dedicado a analizar las consecuencias de la Pandemia Covid19 y ofrecer una posición.

El documento parte de un planteamiento bastante evidente, pero no por ello carente de razón: esta pandemia es sin duda alguna una crisis global. Todos estamos de acuerdo en ello. Ha sido una globalización de la contingencia (con-tingere) y valdría la pena detenernos y reflexionar un poco sobre esta palabra. Al hablar de contingencia hacemos referencia a la posibilidad de que algo suceda - o no suceda - y por ello actuamos en consecuencia. Pero al mismo tiempo, la contingencia supone en su etimología (cum-tangere) la posibilidad de contagio, aquello transmisible por contacto directo o indirecto con otros.

Sobre estas dos ideas se desarrolla el documento pontificio, contagio y contingencia.

Evitar el contagio ha sido la premisa, de allí el distanciamiento, el aislamiento, la cuarentena. Nos redescubrimos frágiles y vulnerables. Cualquiera puede enfermar y además cualquiera puede contagiar. Las soluciones iniciales resultaron duras, el confinamiento de los enfermos, la soledad de los ancianos, el encierro de los niños, el cese de la actividad normal.

Pero ¿cuánto se puede vivir así? El ser humano es en esencia y por naturaleza un ser social, vivimos en sociedad, somos una comunidad humana (humana communitas), y necesariamente eso implica la interacción entre las personas. La soledad monádica, la vida sin los demás, es una imposible ficción y eso lo demostró esta pandemia. Ciertamente nos contagiamos por los otros, pero sin los otros no podemos salvarnos, y así se abre paso entre nosotros la Ética del riesgo que no es otra cosa que la ética de la vida, donde el otro cobra un significado tremendamente igual a mí, porque me define y me increpa.

Surge entonces la contingencia, es decir, cómo enfrentar los efectos pandémicos. La humanidad reaccionó inicialmente con miedo y el miedo es siempre un muy mal consejero. Pero pronto supimos darnos cuenta del error y entender la necesaria importancia de la solidaridad.

La solidaridad entendida, no como aquel lejano compromiso genérico con el que sufre, sino como un llamado concreto a la acción. Esto se refiere primero (y dada la situación) al acceso universal a oportunidades de prevención, diagnóstico y tratamiento; y al mismo tiempo a la investigación científica responsable que consiga las causas y la cura de esta pandemia.

Pero también la solidaridad es hoy, de nuevo, el clamor de esa deuda que sigue pendiente, un abismo que en esta coyuntura se hace más grande: la responsabilidad de los países ricos con los países pobres.

Por último, el documento pontificio vuelve a destacar la conveniencia e importancia de una organización internacional de alcance mundial que incluya específicamente las necesidades y preocupaciones de los países menos adelantados que se enfrentan a una catástrofe sin precedentes.

HUMANA COMMUNITAS - como vemos - no hace planteamientos nuevos, básicamente porque no hacen falta. El documento concluye dejando en claro que la base de toda comunidad humana es la confianza. La confianza es la base de la FE (fides). Ante la resignación de sufrir pasivamente los acontecimientos o la nostalgia de un retorno al pasado, nos hace un llamado a que mantengamos una actitud de ESPERANZA que permita un futuro mejor para todos y cada uno. Y termina invitándonos a que todos seamos solidarios, definiendo la solidaridad como la base de la ética social. La solidaridad así entendida no es otra cosa que el Amor (Caritas).

Fe, Esperanza y Caridad son las virtudes teologales o hábitos que Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad del hombre para ordenar sus acciones a Dios mismo.

El planteamiento del documento, es pues, una vieja – pero muy buena – respuesta para una nueva situación.


*artículo publicado en la Revista SIC y en la Revista AURORA, en agosto de 2020.

sábado, 30 de mayo de 2020

Una respuesta virtuosa a la pretensión autoritaria


Cuando Sócrates le pregunta a Laques, aquel famoso y destacado general ateniense, sobre el concepto de valentía este responde con total convicción: “En verdad, Sócrates, me preguntas una cosa que no ofrece dificultad. El hombre que guarda su puesto en una batalla, que no huye, que rechaza al enemigo; he aquí un hombre valiente”.

Ante esa respuesta tan estrictamente bélica, Sócrates replantea su pregunta:

He aquí por qué te decía antes que había sido yo causa de que no hubieses respondido bien, porque yo te había interrogado mal, puesto que quería saber de ti lo que es un hombre valiente, no sólo en la infantería, sino también en la caballería y demás especies de armas; y no sólo un hombre valiente en todo lo relativo a la guerra, sino también en los peligros de la mar, en las enfermedades, en la pobreza y en el manejo de los negocios públicos; y lo mismo un hombre valiente en medio de los disgustos, las tristezas, los temores, los deseos y los placeres; un hombre valiente, que sepa combatir sus pasiones, sea resistiéndolas a pie firme, sea huyendo de ellas, porque el valor, Laques, se extiende a todas estas cosas.

Ciertamente la valentía para Sócrates trasciende y va más allá de la pura actitud temeraria y aguerrida en el combate. Es igualmente valiente aquel hombre que muestra su valor contra los placeres, contra las tristezas, contra los deseos, contra los temores.

Entendida así la valentía, nos colocamos en presencia de una de las cuatro virtudes cardinales: la fortaleza. Las virtudes cardinales no son habilidades o buenas costumbres, sino que son los pilares sobre los cuales se yergue toda la vida moral del ser humano.

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa.

Pero frente a este concepto tan preciso, hermoso y lleno de verdad sobre la valentía y la fortaleza, el filósofo español José Antonio Marina, en su Anatomía del miedo, un tratado sobre la valentía, nos plantea la pregunta fundamental, real, humana, cotidiana y desafiante: ¿Podemos comportarnos valerosamente, aunque estemos zarandeados por el miedo? ¿Somos en realidad capaces de superarnos? ¿Se puede aprender el valor?

Marina en su libro realiza una profunda descripción del hombre frente al miedo. Pasando por los diversos miedos, desde los normales hasta los patológicos, nos presenta un tratado psicológico-filosófico sobre el miedo. Y su evidente conclusión es que el miedo nos paraliza. La angustia, la ansiedad, el pánico, el temor, revelan nuestra vulnerabilidad. Y el poder del miedo no solo afecta a los individuos, sino también a las sociedades.

Las personas al igual que las sociedades, al paralizarse y dejar de actuar, entran en crisis. Jared Diamond en su libro Crisis compara las crisis que las personas atraviesan en sus vidas con las crisis que los países atraviesan en su historia. Establece un paralelismo entre los factores que según los expertos inciden en la superación de una crisis personal y los lleva al plano de la superación de las crisis en los países. Esto supone las siguientes acciones y resoluciones: reconocer que estamos ante una crisis (tanto en lo personal como en lo nacional), así como nuestras responsabilidades personales en la acción, y por supuesto la responsabilidad nacional. Definir cuáles son los problemas a los que hay que dar solución. Aceptar y obtener la necesaria ayuda material y emocional de otros individuos y grupos. Adoptar las referencias y experiencias (bien de personas como de países) que nos sirvan de modelo de resolución de problemas. Fortalecer nuestra identidad, lo que somos, lo que creemos, nuestros valores. Es más que necesaria la autoevaluación honesta, ya lo decía el mismo San Ignacio de Loyola, puede faltar la oración, pero no puede faltar el examen. Revisar y entender lo sucedido en experiencias anteriores. Debemos además ser flexibles y pacientes con nuestros procesos y nuestros fracasos.

Como podemos evidenciar, las relaciones persona/sociedad poseen profundas implicaciones y conexiones que se entrelazan, sin duda para lo bueno, pero también para lo malo. Es decir, tanto en lo personal como en lo nacional se cae en profundas crisis y en ambos casos se debe tener la valentía –volvemos a la fortaleza como virtud– suficiente como para reconocer qué es lo que deben cambiar para hacer frente a la nueva situación, y poder así salir de las crisis.

La historia del siglo XX mostró, con suficientes y sólidos testimonios, cuán dramáticas resultaron las aberradas aventuras totalitarias. Tanto el fascismo como el comunismo en su disparatado afán de controlarlo todo, partieron de la premisa de que todo (tanto la persona como la sociedad) es objeto de dominación política. Es una anulación total de todo lo que esté fuera de la ideología legitimadora imperante. La misma historia del siglo XX nos mostró también la suerte que corrieron aquellas aventuras totalitarias: el fracaso.

Sin embargo, persisten hoy en día regímenes que pretenden ya no imponer dominaciones totales, porque saben que fracasarán indefectiblemente, sino aplicar fórmulas de control autoritario.

La ciencia política diferencia ambos conceptos. Para Hannah Arendt, lo determinante de un régimen totalitario es la dominación total como la única forma de gobierno y en el cual no es posible la coexistencia4. Mientras que un régimen autoritario, según J.J. Linz, es aquel sistema político con un pluralismo político limitado y no responsable, sin una ideología elaborada, sin una movilización política intensiva o vasta; y en los que un jefe (o pequeño grupo) ejerce el poder dentro de los límites que formalmente están mal definidos pero que de hecho son fácilmente previsibles.

Si bien la diferencia en el concepto pudiese resultar sutil, no hay ninguna duda en cuanto al efecto de ambos regímenes en la gente: la opresión.

Desde los inicios de la humanidad, los poderosos –quienes ejercen el poder– han sabido que la opresión produce el miedo, y el miedo como enseñaba Maquiavelo es siempre más aconsejable para los príncipes porque los hombres aman según su voluntad, y temen según la voluntad del príncipe.

El miedo, apunta José Antonio Marina, es una emoción individual pero contagiosa, o sea, social. Y como vimos arriba, una sociedad paralizada es una sociedad en crisis. De allí que si la pretensión autoritaria se impone en un país y la gente sucumbe al miedo como mecanismo de control, estemos en presencia de un país en crisis.

Y entonces ¿qué podemos hacer ante el miedo? ¿Cuál es la actitud que la sociedad debe tomar ante esta conducta viciosa?

En su libro Jesús aproximación histórica, José A. Pagola al señalar la razón de por qué en la época de Jesús había tantos casos de posesiones, poseídos y endemoniados, nos dice:

Probablemente es más acertado ver en el fenómeno de la posesión una compleja estrategia utilizada de manera enfermiza por personas oprimidas para defenderse de una situación insoportable […] ¿Había alguna relación entre la opresión que ejercía sobre Palestina el Imperio romano y el fenómeno contemporáneo de tantas personas poseídas por el demonio? […] Probablemente a nosotros se nos escapa el terror y la frustración que generaba el Imperio romano sobre gentes absolutamente impotentes para defenderse de su crueldad.

Pero aquella reacción llena de temor y de frustración, no solo era inútil como solución a la opresión del poderoso, sino que además era una conducta viciosa que conducía tanto a la persona en particular como a la sociedad en general, al despeñadero.

Evagrio Póntico, aquel monje del desierto que se dedicó a finales del siglo IV a estudiar los vicios malvados, puso especial atención a un (mal) pensamiento que él definió como la acedia o el demonio meridiano, refiriéndose a ese momento de la vida en el cual a la persona (y podríamos incluir –como ya hemos argumentado arriba– a la sociedad también) le embarga una aversión por el lugar donde se encuentra, por su estado de vida, un completo desaliento hacia todo. Y daba como uno de los remedios ante este desánimo general, mantener la perseverancia de manera activa, permanecer en el camino del bien, de lo bueno.

Volviendo al diálogo inicial de Sócrates con Laques en algún momento el sabio filósofo le dice al general: “el verdadero valor es la paciencia […] puesto que, según nuestros principios, ser paciente es ser valiente”

Así, ante la parálisis que produce un gobierno autoritario, ante la acedia y el desaliento que se apoderan de la gente, la respuesta del país no puede ser el temor y la frustración, básicamente porque no nos llevan a ninguna solución, sino la paciente y perseverante fortaleza como virtud.

El párrafo del editorial de la revista SIC N° 821: 2020: ¿túnel o camino?, nos da claras luces:

Como vivo en la normalidad creo verdadera normalidad: una convivencia con normas humanizadoras introyectadas. Se trata de arrinconar al gobierno, pero sin desafiarlo explícitamente. Si conseguimos crear verdadero orden, el desorden establecido se verá como un adefesio monstruoso y perderá cualquier atisbo de legitimidad. Será percibido por la mayoría como una imposición inhumana y además infecunda. Será despreciado, más que temido.

Hoy lo virtuoso es ser valiente para dentro de este entorno adverso, llevar la vida con normalidad, con dignidad. Tener la fortaleza de mantenernos firmes en la esperanza, de resistir sin resignación, con serena paciencia y no dejarnos arrastrar por el desaliento.

A la tentación de la acedia se le vence con la virtud de la fortaleza, a la pretensión autoritaria se le derrota con la convicción democrática. Es una batalla que se libra en estos dos frentes, en lo personal y en lo social, pero sobre todo es una batalla que tenemos cómo ganarla.






(*) Artículo publicado en la Revista SIC, Marzo 2020.

Notas:

PLATÓN (2013): Centaur Editions.
MARINA, José Antonio (2006): Anatomía del miedo, un tratado sobre la valentía. Anagrama.
DIAMOND, Jared (2019): Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos. DEBATE.
ARENDT, Hannah (1998): Los orígenes del totalitarismo. Taurus.
ROMERO, María Teresa y ROMERO, Aníbal (1994): Diccionario de política. Panapo.

PAGOLA, J.A. (2007): Jesús. Aproximación histórica. Editorial PPC.