sábado, 18 de mayo de 2024

DIMAS Y GESTAS


 La tradición les otorga los siguientes nombres de pila: Dimas y Gestas.

Gestas suele estar representado en el arte siempre con expresión dura, de hombre malo, ceño fruncido, molesto. A Dimas, en cambio, le dan un semblante distinto, más suave, una mirada casi dulce, más bien calmada, del hombre que encuentra paz en los últimos momentos de la vida.

Ambos corren la misma suerte a manos de las leyes romanas: morir crucificados, en el mismo lugar (el Gólgota) y en el mismo día que otro hombre que para ellos quizás resultaba un desconocido.

Este hombre no es como ellos, no actúa como ellos. Recibe igual paliza, vejación, golpes, escupitajos, insultos, burlas de parte de sus verdugos. Pero calla, lo lleva en silencio, no se queja, no pide piedad, no suplica, no llora, no maldice. Acaso por ello recibe más castigo, el ensañamiento resulta mayor con aquel hombre todo roto que aguanta, y aguanta, y aguanta.

Dimas comienza a ver algo distinto en ese galileo, no sabe qué es, no sabe quién es. Pero se conmueve ante aquella conducta. ¿Cómo puede mantenerse así, en esa especie de paz?

Las burlas y la maldad de los verdugos se enfilan contra el hombre manso. Es más fácil, más divertido, más cruel, más de tipos rudos ver sufrir al débil, al que no se opone.

Algo en Dimas se activa en su interior, no sabe por qué. Revelación: lo definirá más tarde la teología. Ya no es simplemente que se siente conmovido. De pronto ha comenzado a admirar la conducta de ese hombre. El mensaje que transmite sin decir ni una palabra es tremendamente poderoso, inspirador.

La hora llega. Salen en marcha al Gólgota, en el camino Dimas y Gestas van delante, el otro hombre va detrás de ellos, más lento, sufrió más en la víspera.

Al llegar al lugar, los tres reos son despojados de la poca ropa que llevaban puesta. Los cuelgan de sus cruces, y allí les dejan para que mueran. En el madero de aquel hombre todo roto, colocaron con sorna un letrero: “Este es el rey de los judíos”.

Gestas, desde su cruz, lleno de rabia, de ira, de dolor, lee aquel letrero y le increpa aquel hombre: “¿No eres tú él hijo de Dios? Sálvate y sálvanos”.

No recibe respuesta. Solo una mirada.

Dimas de pronto comprende (sin comprender) por fin qué es lo que pasa. Reprocha y manda a callar a Gestas… Y desde su cruz, lleno de una paz y de calma que nunca había sentido, alcanza a decirle al hombre roto: “Acuérdate de mí…”



Juan Salvador Pérez

martes, 13 de febrero de 2024

LA OBSERVANCIA MÁS ALLÁ DE LO PACTADO. Breve reflexión sobre el Pacto de Puntofijo.

 


Pacta sunt servanda, decían –o enseñaban, para ser más precisos– los antiguos romanos. Lo acordado, lo convenido, lo pactado, debe cumplirse, debe ser observado. Dicha así la frase podría resultar más bien una chocancia imperativa, sobre todo en estos tiempos donde pareciera haber un necio y apresurado cuestionamiento previo (y casi infantil) a todo, pero no se trata de una imposición, sino justamente de lo contrario. Observar lo acordado no es una obligación, sino una necesidad para que la vida social acontezca. La observancia de lo pactado es indispensable para que los seres humanos seamos verdaderamente humanos. Por supuesto, siempre en el entendido de que aquello que se pacta sea una acción o un compromiso humanizante.

 Cumplir lo acordado es, pues, un principio base del Derecho y al mismo tiempo es un pilar fundamental de la sociedad, sobre todo de la sociedad democrática, entendida esta como una sociedad llamada a humanizarnos a todos. Cuando en su radiomensaje de víspera de Navidad, en el año 1944, el papa Pío XII centró su discurso en la elección que la Iglesia hacía de la democracia como forma de gobierno preferida, no solo lo hizo desde la constatada, vivida y sufrida experiencia de la Guerra Mundial, o por haber presenciado el desastre que supuso la experiencia dictatorial de los años precedentes, sino que lo hizo desde la “… cuidadosa meditación de las complejas realidades de la existencia humana, en sociedad, y en un contexto internacional, a la luz de la Fe y de la tradición viva de la Iglesia”. 

Por ello, Pío xii, en aquella ocasión, no apostó a la democracia como fin, sino como medio: "Si, pues, en esta solemnidad, que conmemora al mismo tiempo la benignidad del Verbo encarnado y la dignidad del hombre (dignidad entendida no sólo bajo el aspecto personal, sino también en la vida social), dirigimos Nuestra atención al problema de la democracia, para examinar según qué normas debe ser regulada para que se pueda llamar una verdadera y sana democracia, acomodada a las circunstancias de la hora presente; esto indica claramente que el cuidado y la solicitud de la Iglesia se dirige no tanto a su estructura y organización exterior –que dependen de las aspiraciones propias de cada pueblo–, cuanto al hombre como tal que, lejos de ser el objeto y como elemento pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y seguir siendo, su agente, su fundamento y su fin."


Establece el pensamiento social de la Iglesia, que una auténtica democracia: "[…] no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: "la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del ‘bien común’ como fin y criterio regulador de la vida política".2 

Y así mismo, para hablar de democracia en los términos de la Doctrina Social de la Iglesia, debe existir: Estado de derecho, división de poderes, control social, rendición de cuentas y participación ciudadana; todo esto en la base de una recta concepción de la persona humana. Como bien es sabido, en 1958 Venezuela entra en la era democrática de nuestra historia republicana, y el Pacto de Puntofijo representó el acuerdo político (es decir, entre actores políticos) indispensable para poder hacer viable y sostenible toda aquella fuerza democrática que emanaba de la gente en la calle. Los venezolanos querían democracia y el liderazgo político supo cómo hacerlo posible, porque más allá de lo estrictamente acordado, acotado y aceptado en el texto de Puntofijo, lo que verdaderamente se acordó cumplir, respetar y observar fue la constante construcción y consecución de un sistema democrático. 

Ese fue el clamor de la gente y ese fue –en perfecta sincronía– el foco de acción del liderazgo. Hubo una tácita observancia de lo acordado más allá de lo pactado: hacer una democracia.

El tiempo y la costumbre hicieron de las suyas como siempre ocurre cuando no se atiende al necesario e indispensable mantenimiento: se dieron las cosas por seguras, se perdió la atención y el foco, por distracción se abandonó la prioridad principal de la democracia como medio para la dignificación del ser humano, se deterioró la confianza y se vino abajo el sistema. 

Pero la buena noticia es que hoy, como también es bien sabido, en Venezuela la gente ha vuelto al clamor democrático. 

Los más recientes estudios de opinión realizados desde la Fundación Centro Gumilla –así como otras instituciones serísimas– dejan en clara evidencia que los venezolanos no solo anhelan y desean vivir en democracia, sino que hacen todo para ello, se organizan para ello, apuestan activamente a ello. Y así como en 1958 el liderazgo político supo entender el momento y ponerse de acuerdo para armar el andamiaje y poder dar observancia a un pacto democrático, hoy las condiciones están dadas para ello. Es pues menester que así sea.


Juan Salvador Pérez


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NOTAS: 

1 Radiomensaje “Benignitas et humanitas” de su santidad Pío XII en la víspera de Navidad. 24 de diciembre de 1944. 

2 Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La doctrina del bien común es explicada por Juan XXIII en la encíclica “Mater et magistra (sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana)” (1961): “Este concepto [del bien común] abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección.”(§65). Esto implica una distinción frente a versiones utilitaristas o mayoritarias del bien común, implicando una noción de armonía entre la pluralidad de sectores sociales, afianzado también sobre las necesidades materiales de los individuos que actúan con interdependencia en la sociedad.