jueves, 26 de marzo de 2026

La Koinonía en la Fractura: Hacia una Hermenéutica de la Reconciliación


 

El Callo Óseo de la Civilización.

Cuando se le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura antigua, no citó herramientas de piedra, vasijas de barro o armas de caza. Mead señaló un fémur humano que había sido roto y, posteriormente, sanado. Explicó que, en el reino animal, una pata rota equivale a una sentencia de muerte: la criatura no puede huir del peligro, cazar para alimentarse o beber agua. Un fémur sanado indica que alguien se tomó el tiempo para cuidar al herido, para vendar la fractura, ponerlo a salvo y alimentarlo hasta que el hueso volviera a unirse. Para Mead, la civilización comienza allí donde la comunidad asume la fragilidad del otro como un imperativo de cuidado. Este "callo óseo" arqueológico es la prueba física de que la humanidad nace en el mismo momento que se da la cooperación y la compasión.

 

La Ontología de la División: Más allá del desacuerdo.

Esta metáfora antropológica resuena con dolorosa urgencia en la Venezuela actual. La polarización que nos asedia no puede reducirse a una mera discrepancia política; es una patología ontológica que fractura la misma noción de polis. Como hemos sostenido desde la Revista SIC, nos enfrentamos a un reduccionismo antropológico que despoja al "otro" de su condición de interlocutor válido, convirtiéndolo en un enemigo absoluto que debe ser anulado. Esta dinámica no solo paraliza la acción política sana, sino que mimetiza la violencia que pretende combatir. La verdadera resistencia cristiana ante esta realidad no es la pasividad, sino una parresía que desmantele los falsos binarismos y afirme la dignidad humana inalienable por encima de cualquier coyuntura de poder.

Venezuela es hoy ese fémur quebrado que requiere, con urgencia, la intervención de una comunidad de cuidado.

 

La Ortopraxis del Encuentro: Los siete verbos para el diálogo.

Para confrontar esta desintegración y comenzar el proceso de sanación de la fractura social, la encíclica Fratelli Tutti (n. 198) no nos ofrece un manual de urbanidad, sino una ortopraxis del diálogo basada en la teología de la alteridad. El Papa Francisco propone una ruta exigente a través de siete verbos que operan como actos performativos de reconstrucción social, la "férula" que debe sostener nuestro hueso quebrado: acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse y buscar puntos de contacto.

 

Estos verbos no son etapas secuenciales, sino dimensiones simultáneas de la hospitalidad de la palabra. Mientras la polarización prospera en la abstracción estéril y la inmediatez de la condena, el diálogo auténtico exige la densidad del encuentro presencial. Solo en la kenosis del propio prejuicio, permitiéndonos mirar y conocer el rostro del otro, las intuiciones morales que nos separan dejan de ser muros ideológicos para convertirse en lugares de discernimiento compartido.

 

La Mediación como Imperativo Ético.

En el tortuoso camino hacia la reconciliación nacional, la mediación no es una postura de neutralidad indiferente, sino un imperativo de la Caridad Política. Una comunicación mediadora es aquella que se sacrifica a sí misma —renunciando a la victoria retórica inmediata— para salvaguardar el bien común, entendiendo que el objetivo final no es ganar la discusión, sino sanar el cuerpo social. Esto implica una ascesis intelectual para adoptar tres hábitos despolarizadores: la crítica inmanente (reconocer valores en el otro), el discernimiento de bienes en conflicto y la superación definitiva del dualismo maniqueo.

 

La diversidad conciliada.

El desafío para todos nosotros en tiempos de fractura ética es renunciar a la trampa de la discusión estéril para abrazar el rigor del discernimiento del encuentro. Al aplicar los verbos de Francisco, elevamos la palabra a su dignidad sacramental como herramienta de sanación. No aspiramos a una uniformidad vacía, sino a una diversidad conciliada donde el reconocimiento de la dignidad del otro sea la piedra angular para reconstruir el orden de la Concordia, o para decirlo sin complejos, el Plan de Dios.

Si la civilización comenzó con un fémur sanado, nuestra reconstrucción nacional comenzará cuando asumamos el compromiso de vendar, cuidar y sanar la profunda fractura que nos divide, permitiendo que el "callo óseo" de nuestra fraternidad nos haga más fuertes y volvamos a levantarnos.

 

Juan Salvador Pérez

martes, 24 de marzo de 2026

La Justicia como Voluntad: El fundamento ético del Derecho Romano.


 

La Voluntad como Cimiento de la Justicia Romana

En el horizonte del pensamiento jurídico, pocas definiciones han logrado la perennidad y la fuerza de aquella que Ulpiano consagró en el Digesto: "Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi"[1].

Al proponer que la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho, el derecho romano no solo estableció una regla de convivencia, sino que situó la génesis de lo justo en el ámbito de la subjetividad y el carácter. La justicia, bajo esta mirada, deja de ser una abstracción inalcanzable o un conjunto de códigos inertes para convertirse en una disposición del ánimo, en una decisión sostenida que define la identidad del ciudadano y el jurista.

Lo verdaderamente revolucionario de este enfoque es el papel central que otorga a la voluntad. No se trata de un acto de justicia aislado o fortuito, dictado por la conveniencia del momento; los adjetivos constante y perpetua nos remiten a la noción de hábito, a una virtud que se cultiva y se ejerce sin intermitencias. Para el romano, la justicia es un ejercicio de la voluntad que debe informar cada acto de la vida civil. Ser justo no es simplemente obedecer la ley por temor a la sanción, sino poseer la firme determinación de reconocer y otorgar lo que a cada quien le corresponde según el orden establecido.

Esta concepción desplaza el centro de gravedad desde la norma escrita hacia el sujeto que la aplica.

La voluntad de justicia actúa como el motor ético que da sentido al Ius. Mientras que el derecho se presenta como la técnica —el arte de lo bueno y lo equitativo—, la justicia es la fuerza moral que obliga a que esa técnica se despliegue con rectitud.

En este sentido, el compromiso de "dar a cada uno lo suyo" (suum cuique tribuere) no es una vaga aspiración de igualdad[2], sino el reconocimiento práctico de los vínculos, los contratos y los estatus que sostienen la arquitectura de la sociedad. Al final, la justicia romana nos enseña que el derecho carece de vida si no está respaldado por una voluntad inquebrantable de armonía y respeto por el lugar del otro.

 

La Voluntad como Hábito: La huella de lo virtuoso

Para comprender la profundidad de la constans et perpetua voluntas, es preciso asomarse al eco del pensamiento griego que resuena en la jurisprudencia romana. En esta tradición, la justicia no se agota en la conformidad externa con la ley; se exige una rectitud interior, una dispositio animi.

La voluntad no es aquí un impulso caprichoso o un deseo momentáneo de equidad, sino una estructura del carácter que se forja mediante la razón. Al calificarla como "perpetua", el derecho romano eleva la justicia a la categoría de virtud técnica y moral: el jurista no solo "sabe" derecho, sino que "es" justo porque su voluntad ha sido educada para reconocer el suum de cada individuo de manera inalterable.

Esta dimensión subjetiva de la voluntad marca una frontera clara entre la mera legalidad y la verdadera justicia. Mientras que la legalidad puede conformarse con el cumplimiento mecánico de la norma, la justicia como voluntad exige una participación activa del juicio y la conciencia.

Es aquí donde el concepto de tribuere (dar, otorgar) adquiere su fuerza dinámica. No es un acto pasivo de recibir lo que la ley dicta, sino el compromiso deliberado de realizar el reparto debido. La voluntad de justicia es, en última instancia, lo que permite que el sistema legal no se esclerotice en un formalismo vacío; es la sensibilidad que permite al magistrado y al ciudadano distinguir la letra de la ley del espíritu de lo justo.

Bajo este prisma, el "dar a cada uno lo suyo" deja de ser una fórmula de archivo para transformarse en el eje de la paz social. Si la voluntad de justicia flaquea o se vuelve intermitente, la arquitectura del Ius se desmorona, pues no hay técnica jurídica que pueda suplir la ausencia de una disposición ética hacia el otro. La justicia romana, por tanto, se nos revela no solo como un legado de tribunales y códigos, sino como una pedagogía de la voluntad: una invitación a sostener, con firmeza y permanencia, el reconocimiento del derecho ajeno como la base indispensable de la propia dignidad civil.

 

La Aequitas: El Pulso Humano de la Voluntad Jurídica

Si la justicia es la voluntad firme de dar a cada uno su derecho, la aequitas es la facultad que permite discernir qué es lo "suyo" en la complejidad del caso concreto. En la tradición romana, la equidad no se presenta como una ruptura con el Ius, sino como su perfeccionamiento. Es el correctivo necesario para evitar que la aplicación mecánica de la norma desemboque en la máxima del summum ius, summa iniuria: el derecho llevado al extremo de su rigor formal puede convertirse en la mayor de las injusticias.

La voluntad del jurista, por tanto, no debe ser solo persistente, sino también sensible a las circunstancias particulares que rodean a cada persona y cada conflicto.

Esta relación entre voluntad y equidad define la labor del pretor y del jurisconsulto. Mientras que la ley escrita posee una naturaleza estática y general, la vida social es dinámica y multiforme. La aequitas interviene aquí como una exigencia ética que emana de la misma voluntas de justicia: es la voluntad de buscar la igualdad real por encima de la igualdad nominal.

No se trata de una "piedad" vaga que perdona obligaciones, sino de una técnica de interpretación superior que busca la armonía original que el legislador pretendía. El hombre justo, en el sentido romano, es aquel cuya voluntad está siempre dispuesta a ajustar la balanza para que el derecho no pierda su vocación de servir a la utilitas y al bien común.

En última instancia, la equidad es lo que permite que el concepto de justicia trascienda el tiempo. Al integrar la aequitas en la voluntad perpetua de dar a cada uno lo suyo, el derecho romano logra un equilibrio magistral entre la seguridad jurídica y la justicia material. La voluntad de justicia se revela entonces como una virtud creativa: no se limita a repetir fórmulas del pasado, sino que se proyecta hacia el presente con la intención de restaurar el equilibrio donde la norma general ha quedado corta. Es en este espacio, donde la voluntad se encuentra con la equidad, donde el Derecho Romano alcanza su madurez como un sistema vivo, capaz de reconocer la dignidad de lo singular frente a la frialdad de lo abstracto.

 

La Permanencia del Ius: Síntesis y Trascendencia

Al desgranar la tríada que conforma la justicia romana —la voluntad constante, el reparto del derecho y la sensibilidad de la equidad—, descubrimos que el legado de Roma no es un catálogo de leyes muertas, sino un sistema de pensamiento vivo. Esta estructura sobrevive en la arquitectura de nuestros sistemas jurídicos actuales: desde la protección de la autonomía de la voluntad en los contratos hasta la búsqueda de la justicia material en las sentencias judiciales. La síntesis es clara: el Derecho no es solo norma, sino una ética en movimiento. La voluntad de "dar a cada uno lo suyo" sigue siendo el estándar mínimo de civilidad, el dique de contención frente a la arbitrariedad y el fundamento de la paz social.

 

En este contexto, el estudio del Derecho Romano hoy no debe entenderse como un ejercicio de arqueología académica o un rito de paso para estudiantes de primer año. Su importancia radica en que nos ofrece el abecedario del razonamiento jurídico. Estudiar a los clásicos es aprender a pensar con rigor, a distinguir lo esencial de lo accesorio y a comprender que detrás de cada expediente hay un conflicto humano que exige una solución técnica, pero también justa.

El Derecho Romano nos proporciona el lenguaje universal de la justicia; nos enseña que, por encima de las fronteras y los siglos, el ser humano sigue buscando el mismo equilibrio entre la seguridad de la ley y la verdad del caso concreto.

Esta herencia deposita una responsabilidad ética ineludible sobre los hombros del jurista moderno. En un mundo saturado de tecnicismos y procesos despersonalizados, el abogado, el juez y el legislador están llamados a recuperar esa constans et perpetua voluntas. No basta con ser un eficiente operario del sistema; el jurista debe ser un custodio de la dignidad humana. Su compromiso ético consiste en no permitir que la técnica asfixie a la equidad. Al final del día, la verdadera maestría del derecho no se demuestra en la memorización de códigos, sino en la disposición interna y permanente de actuar con rectitud, recordando que el Derecho, antes que una herramienta de poder, es el arte de lo bueno y lo equitativo.


Juan Salvador Pérez

[1] La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo. Digesto de Justiniano (Pandectas): Libro 1, Título 1, Fragmento 10 (Dig. 1.1.10).

[2] Para algunos juristas, Hans Kelsen entre ellos, el 'suum cuique' es un principio vacío, pues no dice qué es lo de cada cual.

lunes, 16 de marzo de 2026

El silencio que se apaga: Una elegía por un monasterio que cierra


Cuando leí el titular de la noticia, confieso que sentí la pesadez de una campana que dobla por última vez: la Abadía de Nuestra Señora de La Trappe en Normandía, Francia, cuna de la espiritualidad trapense hace más de 900 años, evalúa su cierre[1].

No es un problema de muros, que han resistido siglos de embates, guerras y reformas, sino de una ausencia más profunda y silenciosa: la falta de vocaciones. Tras casi un milenio de oración ininterrumpida, el corazón de la observancia cisterciense en Europa corre el riesgo de dejar de latir.

Para entender la magnitud de esta pérdida, habría que recordar que el espíritu de "La Trappe" nació como un retorno a lo esencial. En el siglo XVII, el abad Armand-Jean de Rancé buscó devolver a la vida monástica su rigor original: silencio absoluto, trabajo manual y una humildad radical. Los trapenses no se retiraron del mundo por desprecio a la humanidad, sino para sostenerla desde la retaguardia del silencio, convencidos de que solo en la quietud se puede escuchar la Verdad.

Hoy, la posible orfandad de este monasterio es un espejo incómodo para nuestra época. Vivimos en el tiempo de la "hiperconexión", un estado de presencia permanente que, paradójicamente, nos ha vuelto profundamente ausentes. Estamos sumergidos en un ruido incesante donde la opinión ligera ha sustituido al pensamiento, y donde el estrépito de las redes y las tendencias efímeras ha asfixiado la capacidad de reflexión.

Hoy nunca estamos solos (o al menos eso creemos). Todos vivimos conectados y en contacto (o al menos eso creemos). Somos gente ocupada y enfocada en cosas importantes (o al menos eso creemos).

Y por ello, una noticia como el cierre de un monasterio, de una abadía, pasa desapercibida, nos parece normal y hasta lógico que ocurra ¿silencio, oración, estudio y trabajo manual en el siglo XXI, en la era de redes sociales, inmediatez e IA?

Pero, en realidad, el fin de una comunidad trapense no es solo un dato estadístico de la crisis religiosa (que por supuesto que lo es). Es más grave y más elocuente que eso, es el síntoma de una civilización que está perdiendo la capacidad de escuchar.

Si ya no hay hombres ni mujeres dispuestos a entregar su vida al silencio, es porque ya no valoramos el suelo donde crece la sabiduría.

La tradición y testimonio de los monjes de La Trappe nos enseña que la profundidad se construye con paciencia, con el ritmo lento de las estaciones y la contemplación.

Si permitimos que esos espacios desaparezcan, nos quedaremos solos con nuestro propio estrépito. Y en un mundo donde todos gritan y nadie escucha, el riesgo no es solo perder una abadía histórica; es perder la esencia que nos hace humanos.

Ojalá – y seguramente así sea – los monjes logren evitar el cierre de la Abadía. Pero si los esfuerzos no fuesen suficientes y el fin de este monasterio es inevitable, solo espero que antes de que el último monje cierre la puerta, podamos redescubrir que la verdadera libertad no está en la conexión constante, sino en la valentía del estupor, de silencio, de la quietud y de la serenidad.

Es allí donde, finalmente, podremos encontrarnos.

 

Juan Salvador Pérez



[1] https://www.ewtnnews.com/world/europe/trappists-considering-abandoning-historic-abbey-after-900-years-due-to-lack-of-vocations