La Voluntad como Cimiento de la Justicia Romana
En el horizonte del pensamiento jurídico, pocas definiciones
han logrado la perennidad y la fuerza de aquella que Ulpiano consagró en el
Digesto: "Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique
tribuendi"[1].
Al proponer que la justicia es la constante y perpetua
voluntad de dar a cada uno su derecho, el derecho romano no solo estableció una
regla de convivencia, sino que situó la génesis de lo justo en el ámbito de la
subjetividad y el carácter. La justicia, bajo esta mirada, deja de ser una
abstracción inalcanzable o un conjunto de códigos inertes para convertirse en
una disposición del ánimo, en una decisión sostenida que define la identidad
del ciudadano y el jurista.
Lo verdaderamente revolucionario de este enfoque es el papel
central que otorga a la voluntad. No se trata de un acto de justicia aislado o
fortuito, dictado por la conveniencia del momento; los adjetivos constante y
perpetua nos remiten a la noción de hábito, a una virtud que se cultiva y se
ejerce sin intermitencias. Para el romano, la justicia es un ejercicio de la
voluntad que debe informar cada acto de la vida civil. Ser justo no es
simplemente obedecer la ley por temor a la sanción, sino poseer la firme
determinación de reconocer y otorgar lo que a cada quien le corresponde según
el orden establecido.
Esta concepción desplaza el centro de gravedad desde la norma
escrita hacia el sujeto que la aplica.
La voluntad de justicia actúa como el motor ético que da
sentido al Ius. Mientras que el derecho se presenta como la técnica —el
arte de lo bueno y lo equitativo—, la justicia es la fuerza moral que obliga a
que esa técnica se despliegue con rectitud.
En este sentido, el compromiso de "dar a cada uno lo
suyo" (suum cuique tribuere) no es una vaga aspiración de igualdad[2],
sino el reconocimiento práctico de los vínculos, los contratos y los estatus
que sostienen la arquitectura de la sociedad. Al final, la justicia romana nos
enseña que el derecho carece de vida si no está respaldado por una voluntad
inquebrantable de armonía y respeto por el lugar del otro.
La Voluntad como Hábito: La huella de lo virtuoso
Para comprender la profundidad de la constans et perpetua
voluntas, es preciso asomarse al eco del pensamiento griego que resuena en
la jurisprudencia romana. En esta tradición, la justicia no se agota en la
conformidad externa con la ley; se exige una rectitud interior, una dispositio
animi.
La voluntad no es aquí un impulso caprichoso o un deseo
momentáneo de equidad, sino una estructura del carácter que se forja mediante
la razón. Al calificarla como "perpetua", el derecho romano eleva la
justicia a la categoría de virtud técnica y moral: el jurista no solo
"sabe" derecho, sino que "es" justo porque su voluntad ha
sido educada para reconocer el suum de cada individuo de manera
inalterable.
Esta dimensión subjetiva de la voluntad marca una frontera
clara entre la mera legalidad y la verdadera justicia. Mientras que la
legalidad puede conformarse con el cumplimiento mecánico de la norma, la
justicia como voluntad exige una participación activa del juicio y la
conciencia.
Es aquí donde el concepto de tribuere (dar, otorgar)
adquiere su fuerza dinámica. No es un acto pasivo de recibir lo que la ley
dicta, sino el compromiso deliberado de realizar el reparto debido. La voluntad
de justicia es, en última instancia, lo que permite que el sistema legal no se
esclerotice en un formalismo vacío; es la sensibilidad que permite al
magistrado y al ciudadano distinguir la letra de la ley del espíritu de lo
justo.
Bajo este prisma, el "dar a cada uno lo suyo" deja
de ser una fórmula de archivo para transformarse en el eje de la paz social. Si
la voluntad de justicia flaquea o se vuelve intermitente, la arquitectura del
Ius se desmorona, pues no hay técnica jurídica que pueda suplir la ausencia de
una disposición ética hacia el otro. La justicia romana, por tanto, se nos
revela no solo como un legado de tribunales y códigos, sino como una pedagogía
de la voluntad: una invitación a sostener, con firmeza y permanencia, el
reconocimiento del derecho ajeno como la base indispensable de la propia
dignidad civil.
La Aequitas: El Pulso Humano de la Voluntad Jurídica
Si la justicia es la voluntad firme de dar a cada uno su
derecho, la aequitas es la facultad que permite discernir qué es lo
"suyo" en la complejidad del caso concreto. En la tradición romana,
la equidad no se presenta como una ruptura con el Ius, sino como su
perfeccionamiento. Es el correctivo necesario para evitar que la aplicación
mecánica de la norma desemboque en la máxima del summum ius, summa iniuria:
el derecho llevado al extremo de su rigor formal puede convertirse en la mayor
de las injusticias.
La voluntad del jurista, por tanto, no debe ser solo
persistente, sino también sensible a las circunstancias particulares que rodean
a cada persona y cada conflicto.
Esta relación entre voluntad y equidad define la labor del
pretor y del jurisconsulto. Mientras que la ley escrita posee una naturaleza
estática y general, la vida social es dinámica y multiforme. La aequitas
interviene aquí como una exigencia ética que emana de la misma voluntas
de justicia: es la voluntad de buscar la igualdad real por encima de la
igualdad nominal.
No se trata de una "piedad" vaga que perdona
obligaciones, sino de una técnica de interpretación superior que busca la
armonía original que el legislador pretendía. El hombre justo, en el sentido
romano, es aquel cuya voluntad está siempre dispuesta a ajustar la balanza para
que el derecho no pierda su vocación de servir a la utilitas y al bien
común.
En última instancia, la equidad es lo que permite que el
concepto de justicia trascienda el tiempo. Al integrar la aequitas en la
voluntad perpetua de dar a cada uno lo suyo, el derecho romano logra un
equilibrio magistral entre la seguridad jurídica y la justicia material. La
voluntad de justicia se revela entonces como una virtud creativa: no se limita
a repetir fórmulas del pasado, sino que se proyecta hacia el presente con la
intención de restaurar el equilibrio donde la norma general ha quedado corta. Es
en este espacio, donde la voluntad se encuentra con la equidad, donde el
Derecho Romano alcanza su madurez como un sistema vivo, capaz de reconocer la
dignidad de lo singular frente a la frialdad de lo abstracto.
La Permanencia del Ius: Síntesis y Trascendencia
Al desgranar la tríada que conforma la justicia romana —la
voluntad constante, el reparto del derecho y la sensibilidad de la equidad—,
descubrimos que el legado de Roma no es un catálogo de leyes muertas, sino un
sistema de pensamiento vivo. Esta estructura sobrevive en la arquitectura de
nuestros sistemas jurídicos actuales: desde la protección de la autonomía de la
voluntad en los contratos hasta la búsqueda de la justicia material en las
sentencias judiciales. La síntesis es clara: el Derecho no es solo norma, sino
una ética en movimiento. La voluntad de "dar a cada uno lo suyo"
sigue siendo el estándar mínimo de civilidad, el dique de contención frente a
la arbitrariedad y el fundamento de la paz social.
En este contexto, el estudio del Derecho Romano hoy no debe
entenderse como un ejercicio de arqueología académica o un rito de paso para
estudiantes de primer año. Su importancia radica en que nos ofrece el
abecedario del razonamiento jurídico. Estudiar a los clásicos es aprender a
pensar con rigor, a distinguir lo esencial de lo accesorio y a comprender que
detrás de cada expediente hay un conflicto humano que exige una solución
técnica, pero también justa.
El Derecho Romano nos proporciona el lenguaje universal de la
justicia; nos enseña que, por encima de las fronteras y los siglos, el ser
humano sigue buscando el mismo equilibrio entre la seguridad de la ley y la
verdad del caso concreto.
Esta herencia deposita una responsabilidad ética ineludible
sobre los hombros del jurista moderno. En un mundo saturado de tecnicismos y
procesos despersonalizados, el abogado, el juez y el legislador están llamados
a recuperar esa constans et perpetua voluntas. No basta con ser un
eficiente operario del sistema; el jurista debe ser un custodio de la dignidad
humana. Su compromiso ético consiste en no permitir que la técnica asfixie a la
equidad. Al final del día, la verdadera maestría del derecho no se demuestra en
la memorización de códigos, sino en la disposición interna y permanente de
actuar con rectitud, recordando que el Derecho, antes que una herramienta de
poder, es el arte de lo bueno y lo equitativo.
[1] La
justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo. Digesto
de Justiniano (Pandectas): Libro 1, Título 1, Fragmento 10 (Dig. 1.1.10).
[2] Para algunos juristas, Hans Kelsen entre
ellos, el 'suum cuique' es un principio vacío, pues no dice qué es lo de
cada cual.

No hay comentarios:
Publicar un comentario