domingo, 23 de agosto de 2026

DOOMSCROLLING: LA (ENGAÑOSA) MANERA DE (CREER) ENTERARNOS DE LO QUE PASA

 


Tendría yo unos 14 años, quizás menos, y recuerdo que en el colegio había un sacerdote jesuita que nos sugería que leyésemos el periódico completo. No sólo la sección de deportes, o la de sociales, sino todo. “Así es como ha de leerse el periódico, para poder enterarse uno de lo que pasa” nos decía tomando con firmeza el periódico completo y, comenzando por la primera página del primer cuerpo, iba doblando con preciso estilo y orden cada una de las páginas, mientras avanzaba en la lectura de todos los artículos.

Los hábitos de consumo de información de finales de los años ochenta, evidentemente cambiaron. Para empezar, ya ni periódico en papel se consigue con facilidad. Pero la pregunta, creo, sigue siendo la misma ¿cómo nos enteramos de lo que pasa?

Jorge Luis Borges, acaso en una suerte de boutade muy borgiana, decía que él no leía prensa por dos razones: la primera porque las noticias estaban escritas – deliberadamente – para ser olvidadas, y segundo, porque al final de algún modo u otro, uno siempre se entera de los eventos verdaderamente importantes.

Hoy, en tiempos de hiperconexión, de hipervelocidad, de hiperinformación, de hiperactividad (¡vaya fea y fastidiosa maña esa!), vuelvo con la pregunta de aquel cura de mis tiempos escolares: ¿cómo enterarnos de lo que pasa?

¿De toda y tanta información que hoy recibimos – o que podemos recibir – en nuestros teléfonos es necesaria, qué es relevante o verdaderamente importante? Por supuesto que no tiene, no puede tener, el mismo valor recibir un mensaje sobre la salud de un familiar, que el ataque con drones en la lejana población de Novorosisk, que los nuevos hallazgos sobre los beneficios de la kombucha energetizada. Pero todas nos llegan por igual, casi al mismo instante y todas captan – o intentan captar – nuestra atención.

De hecho “captar nuestra atención” es el gran cometido, el gran objetivo. Ya sea con el pretexto (o hasta con la más genuina y pura intención) de informar, lo cierto es que en la medida en que las redes sociales nos dejan retenidos más tiempo, obtienen de nosotros más datos, nos “conocen” más y mejor, cada clic, cada "me gusta", cada segundo de vistas, alimenta los algoritmos con nuestros hábitos, gustos, preferencias…

¿Y qué buscan las empresas de tecnología con toda nuestra información? Sencillamente, lo que buscan todas las empresas: maximizar sus ingresos. Pero en este caso, las empresas dueñas de las aplicaciones pretenden aumentar sus ingresos por vía de la publicidad. Así, al tener nuestros datos, los anuncios se vuelven precisos, lo que hace que las marcas paguen más por aparecer ahí.

 

Desde estas aplicaciones se van creando diseños “adictivos” que nos invitan a que entremos en ellas de forma casi automática todos los días, varias veces al día. Uno de estos diseños fue el scrolling, creado en 2006 por Aza Raskin y entendido como una suerte de desplazamiento “infinito” en la pantalla de nuestro teléfono, mientras se nos presenta una interfaz sin fin (infinite scroll), diseñada sin puntos de parada y con contenidos personalizados, pensados, para cada uno de nosotros.

Podría decirme alguno que esta no es una conducta nueva y que de hecho, cuando antes se leía el periódico completo con la intención de enterarnos de lo que estaba pasando, los lectores de la prensa quedaban absortos y abstraídos entre el papel, la tinta y las letras de todos aquellos artículos escritos – sostendría Borges – para ser olvidados.

Algo parecido podrían también encontrar los más perspicaces en aquella – igualmente obsoleta – actividad del “zapping”. Un televidente, sentado en su sofá con el control remoto en mano, pasando uno por uno los canales de la grilla del televisor, buscando información (bien sea para distraerse – la más de las veces – o para informarse de qué estaba pasando en el mundo).

Hay dos diferencias tremendas y definitivas tanto en la lectura de la prensa como en el zapping, en relación con el scrolling.

La primera, por más caso que le hiciésemos a mi profesor jesuita, es decir, por más que el disciplinado lector realizase su ordenada, rigurosa, minuciosa, completa, ávida y entera lectura; el periódico se termina cuando se termina. Igual ocurre con el zapping, por más que el ilusionado – o a veces aburrido – televidente repase una u otra vez toda la grilla completa de canales de la televisión, la oferta de la programación se termina (incluso el caso de la amplia y vastísima oferta de la televisión streaming) y solíamos apagar el televisor con la frase “no hay nada que ver”.

La segunda diferencia es que, tanto en el caso de la prensa escrita como en la televisión, el lector y el televidente reciben los contenidos de manera pasiva y masiva, es decir, son audiencias amplias consumiendo los mismos programas o leyendo los mismos artículos. Mientras que, en la “experiencia” del scrolling dado el proceso de (hiper) identificación y personalización del perfil vía algoritmos, el usuario recibe los contenidos – digamos – de una manera individual y específicamente individualizados que despierta sesgos, intereses y emociones específicas en cada usuario y que además genera una preocupante voracidad de recibir y recibir cada vez más información y más contenidos. ¿Acaso una especie de refinada y tecnológicamente desarrollada manera de adicción? Sin duda alguna, esta evolución de la tecnología revela por una parte una mutación profunda en nuestra psicología y cambios en la economía de la atención, pero además deja en evidencia un asunto que debe alertarnos con sensible preocupación: una afectación de nuestra vida interior, de nuestros espacios más íntimos de encuentro con nosotros mismos, con nuestra interioridad.

Pero, el elemento que verdaderamente convierte al scrolling en un hábito peligroso, es el tema de los contenidos. Si bien la hiperpersonalización genera contenidos únicos, exclusivos y especiales para cada consumidor, al mismo tiempo (y muy probablemente en la gran mayoría de los casos) los consumidores estamos reaccionando igualmente a estímulos prediseñados donde creemos – acaso de manera ingenua o ilusoria – que mantenemos el control total sobre lo que consumimos. Pero no.

Resulta que, por la misma dinámica propia y sencilla de deslizar en la pantalla, aunado a la oferta constante de contenidos atractivos para nuestras mentes, y por la curiosidad de poder conseguir información sobre lo que está pasando, el scrolling se ha venido convirtiendo en un hábito peligrosamente obsesivo de buscar y revisar noticias negativas, tristes o alarmantes en el teléfono o la computadora. Esta conducta desordenada se define como doomscrolling.[1]

Y así, del interés – digamos social – de saber qué esta pasando, pasamos a la necesidad loca de querer saber qué malo está sucediendo. Quizás para sentirnos bien que no nos está pasando eso a nosotros, quizás por el simple, cruel y ruin sentimiento de ver sufrir, quizás porque el cerebro humano busca alertas de peligro por instinto para sobrevivir y las redes sociales usan programas que premian esa atención con más contenido similar, quizás por genuino interés de conocer.

La vedad, no lo sé. Pero pareciera que la postura de J.L. Borges ante las noticias, más allá de una boutade u ocurrente frase, es una sabia – y prudente – manera de llevar la vida, al menos en este mundo nuestro donde últimamente “pasa” tanto.

 

Juan Salvador PÉREZ


[1] El término viene de doom (fatalidad o desastre) y scrolling (desplazarse por una pantalla o página web).


martes, 4 de agosto de 2026

El SILENTIUM como umbral de la interioridad


 

Una reflexión desde Las Confesiones de San Agustín

 

“Aunque el cielo se derrumbe, aunque la tierra, rugiendo, se abra”

Haruki Murakami. Después del terremoto

 

1.- Aproximación al concepto de silentium.

A riesgo de caer en lugares comunes – y de antemano pidiendo excusa si así fuese – cuando nos referimos al “silentium” lo hacemos desde la idea de que el silencio no es una mera ausencia de ruido físico, sino un estado de recogimiento ontológico e intelectual indispensable para que los seres humanos podamos volvernos hacia nuestro propio interior. ¡Vaya que hoy luce difícil eso! Con tanta posibilidad y tantas opciones de dispersión. Pero este no es asunto nuevo ni exclusivo de nuestros tiempos, sino por el contrario, ha sido siempre el dilema del hombre que busca respuestas serias a su existencia y para su vida.

Séneca, en su tratado De Otio, lo plantea de manera muy esclarecedora, al decirnos que el hombre está creado para dos fines: la contemplación de las cosas y la acción[1]. Cuando se refiere a la acción, pues llanamente se trata de eso, de actuar, obrar, realizar actos libres y de manera consciente (o a veces no tanto). Pero cuando nos habla de contemplar, se refiere al otium, entendiendo pues al ocio como ese estado que permite “encontrarnos en la mejor posición para preguntarnos qué es la virtud, si hay una o muchas; si es el arte o la naturaleza la que hace buenos a los hombres…”.[2] Para que exista un verdadero otium, el hombre necesita apartarse del mundanal ruido del foro, del tumulto, de las exigencias propias del negotium. Y es en ese retiro del tumulto, en el silentium, donde el hombre por fin se encuentra consigo mismo y logra contemplar y alcanzar (¡cuán hermosa pretensión!) la Verdad.

Vendría pues a convertirse el silencio, no en un momento de mutismo o mudez, sino en el espacio propicio y adecuado para la contemplación. O, para entrar ya en la materia de este breve ensayo, de esa interioridad indispensable que para San Agustín requiere la silenciosa contemplación:

“Así el espíritu, replegado en sí mismo, comprende la hermosura del universo, el cual tomó su nombre de la unidad. Por tanto no es dable ver aquella hermosura a las almas desparramadas en lo externo, cuya avidez engendra la indigencia, que sólo se logra evitar con el despego de la multitud. Y llamo multitud, no de hombres, sino de todas las cosas que abarcan nuestros sentidos”.[3]

San Agustín nos habla, nos muestra, nos ofrece una vía para la contemplación: la interioridad. Pero ¿esta interioridad y esta contemplación para qué?


2.- La contemplación como intuición de lo Inmutable.

Acaso resulte una temeridad (quizás una imprecisión) afirmar que San Agustín en Las Confesiones, esté planteando que sea el silencio – o a través de este – la vía para poder lograr el reditus ad se ipsum, ese “retorno a uno mismo” previo e indispensable para acceder a una forma superior de intelección y conocimiento.

El mismo título de la obra así nos lo hace saber, son unas confesiones, es decir una expresión voluntaria de actos, ideas y sentimientos verdaderos. Y la expresión - sobre todo cuando es por escrito - supone manifestar con palabras lo que se quiere dar a entender. No podría pues, ser en silencio.

San Agustín, a lo que nos invita es a una suerte de quietismo, tanto de las criaturas como de las pasiones. Es un silencio ontológico que nos permite escuchar, o mejor dicho, nos presenta la ocasión para que la Verdad misma pueda hablar. Sería más bien, una categoría disposicional fundamental que nos posibilita el reditus.

No se trataría de un silencio de palabras, ni mucho menos un silencio de pensamientos, “la palabra pronunciada no es, pues, palabra sino contiene pensamiento”[4] nos dirá Rafael Tomás Caldera.

Sería más bien, una contención (o freno) del palabrerío que distrae y - peor aún - que confunde. Sigamos con Caldera “a la hora de esa unión de amor de la contemplación, la palabra proferida parece interponerse – o puede hacerlo – y mantener demasiado presente el yo, que quedaría más bien encerrado en sus pensamientos”.[5]

En el “retorno a uno mismo” agustiniano no sería el uno mismo el destino, sino el punto de partida, ese primer y principal paso, ese umbral, hacia lo inmutable.

Cuando en el Libro IX de Las Confesiones, Agustín nos narra la conversación íntima que sostienen él y su madre (poco antes de la muerte de Santa Mónica), nos comparte esa breve experiencia espiritual – conocido como el éxtasis de Ostia – en el cual su pensamiento trasciende el mundo físico para tocar por un instante lo que nos define como la Eternidad misma.

“Si para alguien callase el tumulto de la carne, callasen los espejismos de la tierra, y de las aguas, y del aire, callasen también los polos, y se callase la propia alma y trascendiese por no pensarse a sí  misma, callasen los sueños y las revelaciones de la imaginación, toda lengua y todo signo y todo aquello que se produce al trascender si se calla del todo para alguno — porque si alguno lo oye dirán todas las cosas: «no nos hemos hecho a nosotras mismas sino que quien nos hizo permanece por siempre»— ; dicho esto, si estuvieran ya calladas porque aguzaron sus oídos hacia Aquel que las hizo y sólo hablase Lo que es, no por medio de ellas sino por sí mismo, para que oigamos su Palabra, no por medio de una lengua carnal, ni por una voz de ángel, ni por el sonido de una nube, ni en el enigma de una comparación sino que oyésemos a Lo que Es, sin ellas, oyésemos a Lo que Es que amamos en ellas, del mismo modo que ahora nos estamos proyectando y con rápido pensamiento llegamos a tocar la Sabiduría eterna que permanece por encima de todas las cosas... si se continuase en esto y si se apartasen otras visiones de tipo enormemente desigual y sólo ésta arrebatase y absorbiese y sumergiese a su espectador hacia gozos tan íntimos que la vida eterna sea tal como lo fue aquel momento de entendimiento por el que suspiramos, ¿puede ser otra cosa que esto: entra en el gozo de tu Señor? ¿Y eso cuándo? ¿A caso cuando todos resucitemos, pero no todos seamos transformados?”.[6]

San Agustín en este texto intenta hacer un esfuerzo hercúleo por describir lo indescriptible: la experiencia de tocar lo Divino. Él así nos lo hace saber: “Decía tales cosas, aunque no de esa manera y con estas palabras. No obstante, Señor, Tú sabes que aquel día mientras manteníamos tal conversación en que, al hilo de las palabras, este mundo iba perdiendo valor para nosotros junto con todos sus deleites…”[7].

Y es justo en esa frase final de la cita (este mundo iba perdiendo valor para nosotros junto con todos sus deleites) donde queda manifestada de manera más que poética cuál el significado del silentium para la contemplación, y cuál es el sentido de la contemplación para la intuición de lo Inmutable.

Sale en nuestro auxilio, nuevamente Rafael Tomás Caldera, “La absorción plena en lo contemplado es silenciosa o monocorde: se sitúa más allá de la palabra, como en el primer momento de la captación que da comienzo al verbo”[8].

Pero volvamos a Agustín y al silencio que propone.

Habrá silencio cuando callase el tumulto de la carne. Cuando logramos apagar el ruido exterior: El cuerpo, las pasiones, los dolores y los placeres habituales. Es el cese del agobio y el frenesí cotidiano, es un silencio de los sentidos.

Habrá silencio cuando callasen los espejismos de la tierra, y de las aguas, y del aire, callasen también los polos. También producen distracción el esplendor y la belleza de todo lo creado, del universo visible. Puede la creación hacernos distraer de su Creador. Dirá San Agustín: “los montes, y las olas, y los ríos, y las estrellas que vi y el Océano que me contaron. Y sin embargo no he absorbido esas cosas al verlas, cuando las vi con los ojos, ni son ellas las que están en mí, sino sus imágenes”.[9]

Habrá silencio cuando callase la propia alma. La contemplación supone callar nuestros propios pensamientos, nuestras proyecciones, nuestro ego. El alma no solo debe acallar el exterior, sino silenciar su propia actividad, dejar de escucharse a sí misma, para poder escuchar a Dios.

Y así, habiendo logrado estos silencios, estando entonces ante el absoluto vacío de ruidos e intermediarios, estaremos en la disposición «para que oigamos su Palabra, no por medio de una lengua carnal, ni por una voz de ángel, ni por el sonido de una nube, ni en el enigma de una comparación sino que oyésemos a Lo que Es».[10]

Para que le oigamos, para que le escuchemos, o al menos, para que le intuyamos.


3.- El silencio ante el estrépito contemporáneo.

Entro en este punto con cierto tedio, no tanto por cauteloso ni por perezoso sino porque – casi podría decir – parece una causa perdida; aunque decía J.L. Borges en alguno de sus magistrales cuentos “a un gentleman solo pueden interesarle causas perdidas”[11].

Tampoco es novedoso (ni mucho menos original) el preocupado argumento de que vivimos tiempos de vertiginosa velocidad, donde todo se quiere y se pretende obtener en real-time, donde las relaciones humanas son cada vez más impersonales, donde el avance de la tecnología marca la pauta del consumo, del aprendizaje, del interés intelectual y cultural. Pero, sobre todo, que vivimos en tiempos apurados y a toda prisa en los cuales hemos decidido – o al menos aceptado – un ritmo de exigente y demandante vida hiperconectada que no nos permite espacio para el silentium.[12]

Hemos olvidado – o al menos aceptamos olvidar – ir lento. Nos dice Frédérik Gros en incluso algo tan grato como el senderismo:

“La lentitud es sobre todo lo contrario de la precipitación (…) La ilusión de la velocidad consiste en creer que te hace ganar tiempo (…) Pero la precipitación y la velocidad aceleran el tiempo, que pasa más deprisa, y dos horas de prisas acortan una jornada. Cada instante se rompe a fuerza de segmentarlo, de llenarlo hasta reventar, en una hora se amontonan muchísimas cosas”.[13]

Byung-Chul Han, en una suerte de vox clamantis in deserto ha venido reflexionando al respecto en sus trabajos, como lo plantea en La Sociedad del Cansancio:

“El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y la masificación de las cosas han desbancado al vacío. Cielo y tierra están repletos de cosas. Este mundo de mercancías no es para habitar. Ha perdido toda referencia a lo divino, a lo sagrado, al misterio, a lo infinito, a lo superior, a lo sublime. También hemos perdido la capacidad de asombrarnos. Vivimos en unos grandes almacenes transparentes, donde nos vigilan y controlan como si fuéramos clientes transparentes. Tendríamos que escapar de estos grandes almacenes. Deberíamos volver a convertir los grandes almacenes en un hogar, incluso en un centro festivo donde realmente merezca la pena vivir.”[14]

Hemos perdido – insisto, o al menos aceptado perder – la oportunidad de la inactividad, y la hemos cambiado por la constante actividad.

“Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad”.[15]

Pero ¿Qué estamos realmente pretendiendo? ¿Qué estamos pensando? ¿A dónde estamos esperando que una vida así de frenética, así de súper activa, nos va a llevar? ¿Qué respuestas estamos dándole al sentido de la vida? O peor aún ¿Qué preguntas estamos haciéndonos ante el sentido de la vida?

Vuelve a nosotros Séneca y el otium como la necesaria disposición para poder hacernos las preguntas y sobre todo para poder conseguir las respuestas. Pero no las preguntas y menos las respuestas baladíes, triviales, superficiales. Esas no son a las cuales hacen referencia los pensadores de todos los tiempos.  Esas no son las preguntas y respuestas que verdaderamente necesitamos.

Estamos hablando del espacio de calma, de serenidad, de silencio como inexorable condición de posibilidad para la escucha del Magister Interior (el Maestro Interior) que habita en la conciencia humana.

Nos los dice Rafael Tomás Caldera:

“No se trata pues de un mero hecho, por demás difícil de verificar: se trata de algo necesario. Se ha determinado la esencia del entender y, con ello, la esencia del intelecto: el intellectus es lo que aprehende el ens; entender es captar el ser”.[16]

Se trata de tomarnos el tiempo necesario para comprender y entender a qué vinimos a este mundo.

Pero entender, requiere silencio (silentium) y calma.

Concluyo este ensayo con el final de San Agustín en Las Confesiones:

“…al ser el bien que no carece de ningún bien, siempre estás en reposo, porque Tú mismo eres tu reposo”.[17]

  

4.- Una reflexión (final) sobre el silencio, después del terremoto.

Me permito un último apartado, para compartir una reflexión a propósito de los fortísimos terremotos sufridos en Venezuela en junio de 2026.

Los terremotos ocurren sin avisar. El movimiento de los gigantescos bloques de roca que forman la corteza terrestre, hace que choquen las placas tectónicas y se libera toda esa energía acumulada en forma de ondas sísmicas, que viajan por el suelo y causan la destrucción que vivimos.

Este fue un terremoto terriblemente fuerte. Edificaciones destruidas, miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos. Desolación y tristeza por doquier en las zonas afectadas.

La pregunta que surge en mí es inevitable: ¿Y para qué me sirve, para qué nos sirve, la filosofía cuando – en palabras de Murakami – el cielo se derrumba y la tierra rugiendo se abre? ¿Dónde queda el papel del pensamiento y del pensador en estos momentos de extrema destrucción y desolación como los vividos recientemente? ¿Qué sucede con la contemplación y el éxtasis y el reditus ad se ipsum? ¿Puede acaso darnos alguna respuesta ante todo este dolor?

La respuesta es sí, y la obtuve en el testimonio de un rescatista argentino, que formaba parte de los grupos internacionales de rescate que se desplegaron en Venezuela.

Aquel hombre comienza la entrevista que le hacen y suelta una frase conmovedora: “el rescate esta vez fue para mi vida”.

La historia puntual que narró el rescatista no fue propiamente la de un caso exitoso de rescate. Identifican y ubican entre los escombros lo que claramente era el cadáver de un hombre, y al empezar la operación para sacarlo de las ruinas se dan cuenta que está abrazado al cadáver de una mujer, y a su vez la mujer abrazada al cadáver de un niño, y el niño abrazado a su mascota. “Entendí – dice el rescatista – que fue un abrazo de amor completo”.

Pero la entrevista continúa y lo que siguió fue la respuesta a mi cuestionamiento sobre la filosofía, y en particular, sobre este ensayo que venía preparando desde semanas antes del inesperado terremoto.

El rescatista explica que en el proceso de búsqueda y rescate de sobrevivientes, es necesario cada cierto tiempo hacer silencio, ratos de total y absoluto silencio. Pero no se hace silencio para desconectarse, ni para el descanso, sino para poder escuchar signos, señales, pequeñas muestras de vida. Es un silencio que descubre vida.

Es este silencio, silentium, del cuál nos habla San Agustín.

 

Juan Salvador Pérez

 



[1] Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad. Lucio Anneo Séneca. Acantilado. 2013

[2] Ibidem.

[3] De Ordine. San Agustin. https://www.augustinus.it/spagnolo/ordine/ordine_1.htm

[4] Entender es decir. Rafael Tomás Caldera. Cuadernos de anuario filosófico #230, Universidad de Navarra. 2010.

[5] Ibidem.

[6] Las Confesiones. San Agustín. Libro IX. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.

[7] Ibidem.

[8] Entender es decir. Rafael Tomás Caldera. Cuadernos de anuario filosófico #230, Universidad de Navarra. 2010.

[9] Las Confesiones. San Agustín. Libro X. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.

[10] Ibidem.

[11] La frase aparece en el cuento “La forma de la espada”, del libro Ficciones.

[12] No se trata de llegar al coro de voces agoreras de filósofos actuales como Éric Sadin, Bernard Stiegler, Luc Ferry, y otros que sólo ven en el avance de la tecnología amenazas para la sociedad, sin embargo, sí es necesaria la reflexión seria sobre el tema. Tanto así que el Vaticano ha publicado documentos y la reciente encíclica Magnifica Humanitas, para abordar el impacto de la tecnología en la vida actual.

[13] Andar, una filosofía. Frédéric Gros. Taurus. 2014

[14] La sociedad del cansancio. Byung-Chul Han. Herder. 2025

[15] Vida contemplativa. Byung-Chul Han. Taurus. 2023.

[16] La primera captación intelectual. Rafael Tomás Caldera. Cuaderno de anuario filosófico #81. Universidad de Navarra. 1999

[17] Las Confesiones. San Agustín. Libro IX. Biblioteca Clásica Gredos. 2010.