Tendría yo unos 14 años, quizás
menos, y recuerdo que en el colegio había un sacerdote jesuita que nos sugería
que leyésemos el periódico completo. No sólo la sección de deportes, o la de
sociales, sino todo. “Así es como ha de leerse el periódico, para poder
enterarse uno de lo que pasa” nos decía tomando con firmeza el periódico
completo y, comenzando por la primera página del primer cuerpo, iba doblando
con preciso estilo y orden cada una de las páginas, mientras avanzaba en la
lectura de todos los artículos.
Los hábitos de consumo de
información de finales de los años ochenta, evidentemente cambiaron. Para
empezar, ya ni periódico en papel se consigue con facilidad. Pero la pregunta,
creo, sigue siendo la misma ¿cómo nos enteramos de lo que pasa?
Jorge Luis Borges, acaso en una
suerte de boutade muy borgiana, decía que él no leía prensa por dos
razones: la primera porque las noticias estaban escritas – deliberadamente –
para ser olvidadas, y segundo, porque al final de algún modo u otro, uno
siempre se entera de los eventos verdaderamente importantes.
Hoy, en tiempos de hiperconexión,
de hipervelocidad, de hiperinformación, de hiperactividad (¡vaya fea y
fastidiosa maña esa!), vuelvo con la pregunta de aquel cura de mis tiempos escolares:
¿cómo enterarnos de lo que pasa?
¿De toda y tanta información que
hoy recibimos – o que podemos recibir – en nuestros teléfonos es necesaria, qué
es relevante o verdaderamente importante? Por supuesto que no tiene, no puede
tener, el mismo valor recibir un mensaje sobre la salud de un familiar, que el
ataque con drones en la lejana población de Novorosisk, que los nuevos
hallazgos sobre los beneficios de la kombucha energetizada. Pero todas nos
llegan por igual, casi al mismo instante y todas captan – o intentan captar – nuestra
atención.
De hecho “captar nuestra
atención” es el gran cometido, el gran objetivo. Ya sea con el pretexto (o
hasta con la más genuina y pura intención) de informar, lo cierto es que en la
medida en que las redes sociales nos dejan retenidos más tiempo, obtienen de
nosotros más datos, nos “conocen” más y mejor, cada clic, cada "me
gusta", cada segundo de vistas, alimenta los algoritmos con nuestros
hábitos, gustos, preferencias…
¿Y qué buscan las empresas de
tecnología con toda nuestra información? Sencillamente, lo que buscan todas las
empresas: maximizar sus ingresos. Pero en este caso, las empresas dueñas de las
aplicaciones pretenden aumentar sus ingresos por vía de la publicidad. Así, al
tener nuestros datos, los anuncios se vuelven precisos, lo que hace que las
marcas paguen más por aparecer ahí.
Desde estas aplicaciones se van creando
diseños “adictivos” que nos invitan a que entremos en ellas de forma casi automática
todos los días, varias veces al día. Uno de estos diseños fue el scrolling,
creado en 2006 por Aza Raskin y entendido como una suerte de desplazamiento “infinito”
en la pantalla de nuestro teléfono, mientras se nos presenta una interfaz sin
fin (infinite scroll), diseñada sin puntos de parada y con contenidos
personalizados, pensados, para cada uno de nosotros.
Podría decirme alguno que esta no
es una conducta nueva y que de hecho, cuando antes se leía el periódico
completo con la intención de enterarnos de lo que estaba pasando, los
lectores de la prensa quedaban absortos y abstraídos entre el papel, la tinta y
las letras de todos aquellos artículos escritos – sostendría Borges – para ser
olvidados.
Algo parecido podrían también encontrar
los más perspicaces en aquella – igualmente obsoleta – actividad del “zapping”.
Un televidente, sentado en su sofá con el control remoto en mano, pasando uno
por uno los canales de la grilla del televisor, buscando información (bien sea
para distraerse – la más de las veces – o para informarse de qué estaba pasando
en el mundo).
Hay dos diferencias tremendas y
definitivas tanto en la lectura de la prensa como en el zapping, en relación
con el scrolling.
La primera, por más caso que le
hiciésemos a mi profesor jesuita, es decir, por más que el
disciplinado lector realizase su ordenada, rigurosa, minuciosa, completa, ávida
y entera lectura; el periódico se termina cuando se termina. Igual ocurre con
el zapping, por más que el ilusionado – o a veces aburrido – televidente repase
una u otra vez toda la grilla completa de canales de la televisión, la oferta
de la programación se termina (incluso el caso de la amplia y vastísima oferta de
la televisión streaming) y solíamos apagar el televisor con la frase “no hay
nada que ver”.
La segunda diferencia es que,
tanto en el caso de la prensa escrita como en la televisión, el lector y el
televidente reciben los contenidos de manera pasiva y masiva, es decir, son audiencias
amplias consumiendo los mismos programas o leyendo los mismos artículos.
Mientras que, en la “experiencia” del scrolling dado el proceso de (hiper)
identificación y personalización del perfil vía algoritmos, el usuario recibe los
contenidos – digamos – de una manera individual y específicamente individualizados
que despierta sesgos, intereses y emociones específicas en cada usuario y que
además genera una preocupante voracidad de recibir y recibir cada vez más
información y más contenidos. ¿Acaso una especie de refinada y tecnológicamente
desarrollada manera de adicción? Sin duda alguna, esta evolución de la tecnología
revela por una parte una mutación profunda en nuestra psicología y cambios en la
economía de la atención, pero además deja en evidencia un asunto que debe
alertarnos con sensible preocupación: una afectación de nuestra vida interior,
de nuestros espacios más íntimos de encuentro con nosotros mismos, con nuestra
interioridad.
Pero, el elemento que
verdaderamente convierte al scrolling en un hábito peligroso, es el tema de los
contenidos. Si bien la hiperpersonalización genera contenidos únicos,
exclusivos y especiales para cada consumidor, al mismo tiempo (y muy
probablemente en la gran mayoría de los casos) los consumidores estamos reaccionando
igualmente a estímulos prediseñados donde creemos – acaso de manera ingenua o
ilusoria – que mantenemos el control total sobre lo que consumimos. Pero no.
Resulta que, por la misma dinámica propia y sencilla de deslizar en la pantalla, aunado a la oferta constante de contenidos atractivos para nuestras mentes, y por la curiosidad de poder conseguir información sobre lo que está pasando, el scrolling se ha venido convirtiendo en un hábito peligrosamente obsesivo de buscar y revisar noticias negativas, tristes o alarmantes en el teléfono o la computadora. Esta conducta desordenada se define como doomscrolling.[1]
Y así, del interés – digamos
social – de saber qué esta pasando, pasamos a la necesidad loca de querer saber
qué malo está sucediendo. Quizás para sentirnos bien que no nos está pasando
eso a nosotros, quizás por el simple, cruel y ruin sentimiento de ver sufrir,
quizás porque el cerebro humano busca alertas de peligro por instinto para
sobrevivir y las redes sociales usan programas que premian esa atención con más
contenido similar, quizás por genuino interés de conocer.
La vedad, no lo sé. Pero
pareciera que la postura de J.L. Borges ante las noticias, más allá de una
boutade u ocurrente frase, es una sabia – y prudente – manera de llevar la
vida, al menos en este mundo nuestro donde últimamente “pasa” tanto.
[1] El
término viene de doom (fatalidad o desastre) y scrolling
(desplazarse por una pantalla o página web).

No hay comentarios:
Publicar un comentario