Introducción
En el debate contemporáneo sobre
la bioética y los derechos humanos, el término "dignidad" se utiliza
a menudo como una etiqueta ambigua o un consenso social frágil. Sin embargo,
para el filósofo alemán Robert Spaemann, la dignidad no es una concesión del
Estado ni un logro de la voluntad, sino una realidad ontológica.
Esta visión, que sostiene que el
ser humano posee un valor absoluto por el solo hecho de existir, encontró un
eco poderoso en la declaración pontificia Dignitas Infinita. El presente
escrito explora el significado de esta dignidad innata, su carácter inalienable
y las controversias que surgen al calificarla de "infinita",
especialmente en el marco de las tensiones teológicas actuales.
Un debate reavivado: El
aniversario de Francisco y la crítica de Grigio
La relevancia de esta discusión
ha cobrado un nuevo impulso a raíz del aniversario del fallecimiento de
Francisco, cuya herencia magisterial ha sido objeto de intensos y muy críticos
análisis.
En este contexto, la publicación
de El Pontificado Desastroso de Dominic J. Grigio[1]
ha servido como detonante para una crítica frontal hacia el concepto de
"dignidad infinita". Para Grigio y otros sectores del pensamiento
tradicional, este término representa una ruptura preocupante (muy preocupante
al punto de considerarla prácticamente una herejía) con la precisión metafísica
de la escolástica.
Argumentan que la infinitud es un
atributo incomunicable de la esencia divina; por tanto, atribuirla a una
criatura constituye una suerte de "hiperantropocentrismo" que
desplaza el teocentrismo clásico. Según esta visión, el énfasis puesto en una
dignidad sin límites podría interpretarse como una claudicación ante el
humanismo secular, transformando un don recibido en una propiedad autónoma del
hombre.
Así, el aniversario del Papa se
convierte en el escenario de una disputa necesaria sobre si el valor del ser
humano es un reflejo de la gloria de Dios o una divinización del sujeto
moderno.
El fundamento tomista: La dignidad como excelencia del ser
Para mediar en esta tensión entre
infinitud y finitud, es imperativo acudir a la síntesis de Santo Tomás de
Aquino. Para el Aquinate, la dignidad (dignitas) no es un añadido
accidental, sino que radica en la propia naturaleza intelectual del ser humano.
En la Summa Theologiae, sostiene que el hombre es "lo más perfecto
en toda la naturaleza" (perfectissimum in tota natura[2]),
precisamente por poseer subsistencia en una naturaleza racional.
Desde esta óptica, la dignidad es
un reflejo de la excelencia del ser que participa de la inteligencia divina. La
"infinitud" de la dignidad no debe entenderse en un sentido
cuantitativo o de esencia divina propia, sino como una infinitud de relación:
el ser humano es digno porque es el único capaz de conocer y amar a Dios, lo
que le confiere un valor que trasciende todo precio material. Esta raíz tomista
permite fundamentar la inalienabilidad que -entre otros- Robert Spaemann
defendería siglos después.
I. El "Quién" frente
al "Qué": La Ontología de Spaemann
El núcleo del pensamiento de Robert
Spaemann reside en la distinción entre las propiedades de una cosa y la
identidad de una persona. Mientras que los objetos se definen por sus funciones
y utilidad (su "qué"), el ser humano es siempre un "quién".
Para Spaemann, la dignidad no se
adquiere al alcanzar el uso de razón ni se pierde con la demencia. Es una
propiedad del ser y no del hacer. Al ser una cualidad inherente a
la pertenencia a la especie humana, la dignidad exige un reconocimiento
de una realidad ya presente, prohibiendo que cualquier autoridad pretenda atribuirla
según criterios de productividad.
Esta postura es el baluarte más
sólido contra el funcionalismo, que reduce al hombre a un conjunto de
capacidades biológicas.
II. La Inalienabilidad y la
Distinción de Niveles
Una de las tesis más provocadoras
de Spaemann es que la dignidad es absolutamente inalienable. Para
sostener esto, es necesario distinguir entre la dignidad de la naturaleza
(ontológica) y la dignidad del comportamiento (moral).
Un individuo puede actuar de
manera indigna y perder su prestigio o su nobleza ética; sin embargo, su
estatus como sujeto de derechos y como fin en sí mismo permanece intacto. Esta
distinción permite afirmar que incluso el mayor criminal conserva un núcleo de
valor que prohíbe su instrumentalización.
La dignidad actúa así como un
límite absoluto: nadie, ni siquiera el propio individuo, tiene la autoridad
para renunciar a ella, pues no es una propiedad privada, sino una verdad
objetiva sobre la excelencia del ser humano.
Conclusión: El Deber del
Reconocimiento
La síntesis entre la metafísica
tomista y la fenomenología de Spaemann nos sitúa ante una verdad tan
luminosa como exigente: el ser humano no es un accidente biológico, un recurso
estadístico, ni un proyecto autoconstruido, sino un absoluto.
La dignidad ontológica es el
ancla que impide que la humanidad sea arrastrada por las corrientes del
utilitarismo y el descarte. Aunque el término "infinito" despierte
recelos terminológicos en el debate teológico actual —como subrayan las críticas
a la herencia de Francisco—, su intención última es erigir un muro
infranqueable contra la arbitrariedad del poder.
Reconocer que la dignidad es ontológica
e infinita no es un ejercicio de soberbia humana, sino un acto de humildad
metafísica: es admitir que existe algo en el otro que no me pertenece, que no
puedo tasar y que no tengo derecho a destruir. En última instancia, la dignidad
no es un derecho que se reclama, sino una pretensión que se es. Ante el rostro
de cada persona, especialmente en su fragilidad extrema, la ontología nos dicta
una única respuesta posible: el respeto incondicionado. Porque si la dignidad
de un solo hombre fuera finita, el valor de toda la humanidad sería, tarde o
temprano, negociable.
Juan Salvador Pérez
Bibliografía
- Aquino, T. (2001). Suma de Teología
(Edición bilingüe). Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).
(Original publicado entre 1265-1274).
- Spaemann, R. (1988). Ética: Cuestiones
fundamentales. Pamplona: Eunsa.
- Spaemann, R. (2000). Personas: Acerca de
la distinción entre «algo» y «alguien». Pamplona: Eunsa.
- Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
(2024). Declaración Dignitas Infinita sobre la dignidad humana.
Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
- Grigio, D. J. (2025). El Pontificado
Desastroso: Crónica de una ruptura metafísica. Ediciones de la
Resistencia / Traditio.
- Artículo de Dominic J. Grigio Por qué
escribí el desastroso pontificado. https://rorate-caeli.blogspot.com/2026/01/dominic-j-grigio-why-i-wrote-disastrous.html
[1]
Dominic J. Grigio es un seudónimo utilizado por un autor y analista
eclesiástico de tendencia tradicionalista, cuya identidad real suele mantenerse
en reserva o limitada a círculos académicos específicos del conservadurismo
católico. Se ha dado a conocer principalmente por su crítica mordaz a las
reformas y al estilo de gobernanza del Papa Francisco. Su obra más citada, El
Pontificado Desastroso, se ha convertido en un texto de referencia para
aquellos sectores que consideran que el magisterio reciente ha sacrificado la
precisión teológica y la tradición metafísica en favor de un humanismo
secularizado.
[2] La
referencia específica a la persona como "perfectissimum in tota
natura" se encuentra en la Prima Pars de la Summa Theologiae, cuestión 29,
artículo 3.

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