Existe una trampa peligrosa en la psicología de las
sociedades que atraviesan crisis prolongadas: la creencia de que la historia
avanza mediante "eventos mágicos". En Venezuela, esa fecha totémica
fue el 3 de enero de 2026. Para muchos, el "3E" representaba no solo
un hito en el calendario político, sino una especie de interruptor que, al ser
accionado, iluminaría de inmediato los rincones más oscuros de nuestra crisis
institucional, económica y social.
Sin embargo, a tres meses de aquel día, la realidad nos
impone una lección de humildad y de rigor analítico. Los cambios que el país
reclama a gritos —la reinstitucionalización, la justicia transicional y la
estabilización real de la economía— no son sucesos, sino procesos. Y los
procesos, por definición, habitan en el tiempo, no en el entusiasmo.
La inercia de las estructuras
Desde una perspectiva académica, es fundamental entender el
concepto de inercia institucional. Un sistema político que ha operado bajo una
lógica hegemónica durante décadas no se disuelve con un cambio de nombres o una
firma en un decreto. Las estructuras del poder tienen una "memoria"
que se resiste a la transformación. Lo que hoy vivimos es una tensión entre la
urgencia de lo nuevo y la resistencia de lo viejo, un interregno donde, como
decía Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.
Esperar que la administración de justicia, la transparencia
administrativa o el respeto a la dignidad humana se restauren en 90 días es
desconocer la profundidad del daño antropológico y del tejido social en
Venezuela.
La reconstrucción de la confianza —esa moneda invisible pero
vital para cualquier democracia— se emite a cuentagotas.
El optimismo frente a la "tensa calma"
Es cierto que hoy respiramos un aire de posibilidad que hace
poco no existía. Hay proyecciones macroeconómicas que intentan asomar la cabeza
y una sociedad civil que, aunque agotada, intenta recuperar su protagonismo.
Pero no debemos confundir la normalización de la incertidumbre con la
estabilidad del cambio.
El peligro de la impaciencia es que suele ser la antesala de
la frustración. Si convencemos a la ciudadanía de que el cambio es un resultado
inmediato, corremos el riesgo de que, al encontrarse con los baches inevitables
del camino, el país caiga nuevamente en la apatía o el mesianismo.
Hacia una madurez política
La verdadera transición en Venezuela ocurrirá el día que
entendamos que el post-3E no es una meta alcanzada, sino el punto de partida de
una maratón. Necesitamos transitar de la "política del evento -acaso
mágico-" a la "política del proceso". Esto implica:
- Aceptar
que la justicia tomará tiempo si queremos que sea institucional y no
meramente vengativa.
- Entender
que la recuperación económica requiere de reformas estructurales que no se
sienten en el bolsillo de la noche a la mañana.
- Asumir
que la reconciliación no es un abrazo forzado, sino el reconocimiento
lento y doloroso del otro en su diferencia.
Venezuela no necesita cronómetros que marquen cuentas
regresivas hacia supuestas salvaciones. Necesitamos brújulas que nos ayuden a
navegar el largo y complejo camino de la reconstrucción. El cambio ya comenzó,
es cierto, pero su maduración no depende de una fecha en el almanaque, sino de
nuestra capacidad colectiva para sostener el esfuerzo en el tiempo, con la
serenidad de quien sabe que lo que realmente vale la pena, rara vez es
instantáneo.
La atolondrada impaciencia del cronómetro choca con el ritmo
real e inexorable de los cambios sociales. Si el centro de nuestro esfuerzo es
la Dignidad de la Persona, entenderemos que no hay atajos posibles: el respeto
al tiempo del proceso es, en el fondo, el respeto al tiempo que toda sociedad y
que cada ser humano necesita para volver a creer, volver a confiar y volver a
ser dueño de su propio destino.
Juan Salvador Pérez

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