lunes, 6 de abril de 2026

La apurada ilusión del cronómetro: Por qué el cambio en Venezuela no tiene fecha de entrega


 

Existe una trampa peligrosa en la psicología de las sociedades que atraviesan crisis prolongadas: la creencia de que la historia avanza mediante "eventos mágicos". En Venezuela, esa fecha totémica fue el 3 de enero de 2026. Para muchos, el "3E" representaba no solo un hito en el calendario político, sino una especie de interruptor que, al ser accionado, iluminaría de inmediato los rincones más oscuros de nuestra crisis institucional, económica y social.

Sin embargo, a tres meses de aquel día, la realidad nos impone una lección de humildad y de rigor analítico. Los cambios que el país reclama a gritos —la reinstitucionalización, la justicia transicional y la estabilización real de la economía— no son sucesos, sino procesos. Y los procesos, por definición, habitan en el tiempo, no en el entusiasmo.

 

La inercia de las estructuras

Desde una perspectiva académica, es fundamental entender el concepto de inercia institucional. Un sistema político que ha operado bajo una lógica hegemónica durante décadas no se disuelve con un cambio de nombres o una firma en un decreto. Las estructuras del poder tienen una "memoria" que se resiste a la transformación. Lo que hoy vivimos es una tensión entre la urgencia de lo nuevo y la resistencia de lo viejo, un interregno donde, como decía Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Esperar que la administración de justicia, la transparencia administrativa o el respeto a la dignidad humana se restauren en 90 días es desconocer la profundidad del daño antropológico y del tejido social en Venezuela.

La reconstrucción de la confianza —esa moneda invisible pero vital para cualquier democracia— se emite a cuentagotas.

 

El optimismo frente a la "tensa calma"

Es cierto que hoy respiramos un aire de posibilidad que hace poco no existía. Hay proyecciones macroeconómicas que intentan asomar la cabeza y una sociedad civil que, aunque agotada, intenta recuperar su protagonismo. Pero no debemos confundir la normalización de la incertidumbre con la estabilidad del cambio.

El peligro de la impaciencia es que suele ser la antesala de la frustración. Si convencemos a la ciudadanía de que el cambio es un resultado inmediato, corremos el riesgo de que, al encontrarse con los baches inevitables del camino, el país caiga nuevamente en la apatía o el mesianismo.

  

Hacia una madurez política

La verdadera transición en Venezuela ocurrirá el día que entendamos que el post-3E no es una meta alcanzada, sino el punto de partida de una maratón. Necesitamos transitar de la "política del evento -acaso mágico-" a la "política del proceso". Esto implica:

  • Aceptar que la justicia tomará tiempo si queremos que sea institucional y no meramente vengativa.
  • Entender que la recuperación económica requiere de reformas estructurales que no se sienten en el bolsillo de la noche a la mañana.
  • Asumir que la reconciliación no es un abrazo forzado, sino el reconocimiento lento y doloroso del otro en su diferencia.

Venezuela no necesita cronómetros que marquen cuentas regresivas hacia supuestas salvaciones. Necesitamos brújulas que nos ayuden a navegar el largo y complejo camino de la reconstrucción. El cambio ya comenzó, es cierto, pero su maduración no depende de una fecha en el almanaque, sino de nuestra capacidad colectiva para sostener el esfuerzo en el tiempo, con la serenidad de quien sabe que lo que realmente vale la pena, rara vez es instantáneo.

La atolondrada impaciencia del cronómetro choca con el ritmo real e inexorable de los cambios sociales. Si el centro de nuestro esfuerzo es la Dignidad de la Persona, entenderemos que no hay atajos posibles: el respeto al tiempo del proceso es, en el fondo, el respeto al tiempo que toda sociedad y que cada ser humano necesita para volver a creer, volver a confiar y volver a ser dueño de su propio destino.

 

Juan Salvador Pérez

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