Mientras el mundo se maravilla ante la velocidad de procesamiento de la Inteligencia Artificial y su capacidad para generar respuestas en segundos, como humanistas nos enfrentamos a una pregunta mucho más inquietante. Mi preocupación no es si las máquinas llegarán a "pensar" como nosotros, sino si nosotros, en el proceso de adoptarlas, estamos olvidando cómo discernir.
Hemos entrado en una era donde la técnica parece avanzar sin necesidad de justificación. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que el progreso sin propósito es, a menudo, el prólogo de grandes crisis sociales.
El algoritmo no tiene prójimo
Desde la filosofía y, muy especialmente, desde el Pensamiento Social de la Iglesia, entendemos que el centro de cualquier actividad humana debe ser la Persona. La técnica es, por definición, una extensión de nuestras capacidades, no un sustituto de nuestra responsabilidad.
El dilema ético de la IA no es meramente técnico. Un algoritmo puede optimizar una cadena de suministro o predecir una tendencia de mercado, pero ¿puede entender el concepto de Bien Común? ¿sabe lo que significa la Solidaridad? ¿puede practicar la Subsidiaridad?
La IA puede calcular el costo de una decisión, pero no puede sentir el peso de su injusticia.
Humanizar la técnica en contextos complejos
En contextos como el nuestro, donde las brechas sociales son profundas y el tejido social e institucional es frágil, la implementación de la IA no es un tema neutral. Si la automatización se aplica sin un marco ético sólido, corremos el riesgo de tecnificar la exclusión.
¿Cómo garantizamos que la IA sea una herramienta que empodere al ciudadano y no que lo desplace? La respuesta no está en el código, sino en la Gobernanza Ética. Las organizaciones del siglo XXI no solo necesitan ingenieros de datos; necesitan, urgentemente, arquitectos de sentido. Necesitan líderes capaces de preguntar no solo "¿qué puede hacer esta tecnología?", sino "¿qué debe hacer esta tecnología para respetar la dignidad humana?".
Hacia una "Algor-ética"
El concepto de "algor-ética" —término que ha ganado relevancia en foros internacionales— nos invita a codificar valores en el desarrollo tecnológico. Para quienes hemos dedicado años al análisis del entorno y al pensamiento social, este es el nuevo gran desafío.
Mi compromiso en los próximos meses es profundizar en esta intersección: donde la filosofía se encuentra con la estrategia, y donde la ética guía a la innovación. El futuro de nuestras organizaciones y de nuestra convivencia social dependerá de nuestra capacidad para recordar que, detrás de cada dato y de cada línea de código, hay un rostro humano que merece ser reconocido.
La pregunta sigue abierta: ¿Estamos listos para liderar la tecnología desde el humanismo?
Juan Salvador Pérez

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