domingo, 22 de febrero de 2026

Una exhortación a la espera del alba

 


Despuntará tu luz como la aurora fue el título de la exhortación publicada por la Conferencia Episcopal Venezolana, con la cual la jerarquía de la Iglesia fijó su posición frente a un escenario político drásticamente transformado. 

Decimos que el escenario se transformó de manera drástica, porque con los sucesos del 3 de enero se rompió la inercia. 

Venezuela ya no está en una «crisis crónica», sino entrando en un momento de transición crítica donde las estructuras de poder han sido sacudidas y se presenta la urgencia —y el desafío — de levantar una nueva institucionalidad desde los remanentes de la anterior. 

De allí que el título colocado por los obispos resulte no solo apropiado, sino incluso ilustrativo, de lo que la exhortación plantea y espera: un «despunte la luz» para Venezuela y los venezolanos.

Los obispos, prácticamente desde el momento en el cual Nicolás Maduro asumió la presidencia, han señalado con preocupación que Venezuela se iba convirtiendo en un país marcado por un empobrecimiento generalizado, en el cual las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y el grave deterioro de la calidad de vida y de los servicios públicos condujeron a millones de compatriotas a la migración como alternativa casi forzada.

Ante esto, eligieron dos focos de acción: atender y acompañar a las personas, sobre todo a los más vulnerables, y proponer una ruta de reconstrucción institucional basada en el diálogo, que incluyera la independencia de poderes, la designación de una autoridad electoral creíble para elecciones justas y el control territorial efectivo por parte del Estado.

Todos los estudios de opinión reflejan desde años atrás que la población venezolana anhelaba cambios, pero, lamentablemente, estos no llegaban. La situación nacional se tornó cada vez más compleja, desoladora, agotadora y desgastante para la gente. 

Siendo esto así, la Conferencia Episcopal, asumiendo su rol pastoral, pero al mismo tiempo como voz respetada y reconocida, venía insistiendo en la necesidad de construir vías para conseguir soluciones.


En febrero de 2025, hizo pública la exhortación Constructores de esperanza y, en julio, ofrecieron otra exhortación en la misma línea: Constructores de paz en justicia y libertad

En ambos documentos, el episcopado venezolano presentó una posición de firmeza ética y acompañamiento social, así como una actitud —para algunos acaso tímida, para otros prudente— de denuncia ante las situaciones de injusticia y conflicto.

Pero lo verdaderamente cierto es que la postura de la Iglesia venezolana siempre ha estado a tono con la posición vaticana, esa que Edgar Peña Parra, sustituto de Asuntos Generales de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, define como la «diplomacia del reencuentro». Los obispos venezolanos han clamado y han apostado de manera insistente y reiterativa por la imperiosa e inexorable reconciliación nacional. 

Es en esta línea que la Conferencia Episcopal Venezolana prepara y hace pública la exhortación del 9 de febrero de 2026.

En este documento, los obispos reconocen explícitamente que los acontecimientos de enero cambiaron profundamente el panorama nacional. En un tono marcadamente humanitario, la Iglesia vuelve a hacer un llamado urgente a la reconciliación nacional a través de una ley de amnistía general que sea «amplia e inclusiva» y que no se limite a excarcelaciones condicionadas, sino a la libertad plena de todos los presos políticos. Asimismo, exigen la derogación de leyes que coartan la libertad de expresión y el derecho al voto.

En el plano económico, instan a que los ingresos provenientes de la industria petrolera dejen de usarse con fines clientelares y se destinen prioritariamente a mejorar los salarios y programas sociales que permitan a las familias cubrir sus necesidades básicas. 

Desde una perspectiva, digamos, sociopolítica, la exhortación intenta equilibrar una postura ética con una realidad política pragmática al abordar el importante asunto de la soberanía popular y vincularlo con el desconocimiento de los resultados de las elecciones de julio de 2024, plantando así una suerte de línea de continuidad entre la crisis de legitimidad previa y el actual proceso de cambio.

Críticas ante temas álgidos

Sin embargo, la exhortación camina por un filo de navaja y ha generado críticas y señalamientos entre diversos actores sociales, en tres temas específicos. 

Primero, en cuanto al riesgo de legitimación. Al referirse a los hechos del 3 de enero, la Iglesia evita una condena tajante, enfocándose más en las posibilidades de «democratización» que en la naturaleza de los hechos, lo cual podría interpretarse como una aceptación del hecho consumado. 

En segundo lugar, en lo relativo al tema de justicia versus paz: la propuesta de una amnistía amplia es ambiciosa pero peligrosa. El reto será cómo hacer memoria y reparar el daño sin que la reconciliación se convierta en impunidad para quienes cometieron violaciones de derechos humanos.

Por último, en cuanto al enfoque social. Es acertada su insistencia en que la soberanía no es solo un concepto legal, sino que incluye el control del territorio (frente a grupos irregulares) y la dignidad económica, recordando que sin salarios dignos la democracia es una cáscara vacía para el ciudadano común. 

Esto plantea un debate entre la propuesta de Gobierno tutelado por Estados Unidos y la necesidad de que seamos los venezolanos quienes nos agenciemos nuestras propias respuestas y soluciones.

Los obispos han tomado un rol de mediador moral en un momento de vacío de poder e incertidumbre, presionando para que la transición no sea solo un cambio de nombres, sino un retorno genuino al Estado de derecho. 

En definitiva, la Iglesia en Venezuela se posiciona y ofrece no solo como una guía espiritual, sino como un actor de estabilidad, que trata de sanar la herida de una nación que, tras una ruptura traumática, aún no encuentra un puerto seguro. Pero que (Dios mediante) saldrá adelante.


Juan Salvador Pérez

(Artículo publicado en el Semanario Alfa y Omega del Diario ABC en fecha 19 de febrero 2026)


martes, 17 de febrero de 2026

¿Crecimiento para todos o solo para algunos? Los muros que podrían frenar el futuro de Venezuela


Los sucesos del pasado 3 de enero de 2026 han abierto una ventana de oportunidad que hace apenas meses parecía cerrada. El optimismo económico se respira en las proyecciones y en las nuevas mesas de negocios.


Sin embargo, como sociedad, enfrentamos una pregunta urgente: ¿Estamos pensando en construir un país o simplemente estamos reactivando un mercado?


El crecimiento económico, por sí solo, es un indicador técnico. El progreso, en cambio, es un imperativo ético. Si no derribamos los muros estructurales que hoy persisten, corremos el riesgo de crear una burbuja de prosperidad para pocos sobre un cimiento de fragilidad para muchos.


Estos son, a mi juicio, los tres muros que debemos cuestionar:


1. El muro de la integridad: ¿Negocios o complicidad?
Desde una perspectiva ética, no hay crecimiento sano sobre suelos pantanosos. La corrupción no es solo el desvío de fondos; es la erosión de la confianza.

  • El dilema: Si el "nuevo dinamismo" sigue dependiendo de los mismos vicios, del tráfico de influencias y la opacidad, no estamos ante un avance, sino ante una mutación de los mismos problemas. La ética debe dejar de ser un "extra" para convertirse en la infraestructura básica de cualquier transacción.
2. El muro de la Justicia Social: La deuda con rostro humano

Una nación se mide por cómo trata a sus ciudadanos más vulnerables. Hoy, Venezuela presenta una asimetría dolorosa: mientras algunos sectores despegan, nuestros jubilados, pensionados, maestros y servidores públicos siguen anclados en una realidad de subsistencia.


  • El desafío: El crecimiento no puede ser exponencial si la desigualdad también lo es. Un país donde el talento técnico y la experiencia de vida (nuestros adultos mayores) no son valorados económicamente, es un país con un "pasivo moral" que tarde o temprano frenará el desarrollo.
3. El muro de la capacidad física: El límite de la industria

No podemos ignorar la realidad material. Nuestra infraestructura industrial no es solo un conjunto de máquinas; es el motor de la dignidad laboral. Operar a media capacidad con servicios básicos intermitentes no es "resiliencia", es una limitación física al potencial humano. La reconstrucción de lo público es la condición sine qua non para el éxito de lo privado.
 
Ciertamente el 2026 nos presenta una oportunidad inesperada y única, pero el éxito no será automático ni libre de obstáculos. La verdadera transformación no vendrá de los números de las consultoras y petroleras, sino de nuestra capacidad para reconstruir la ética del trabajo, la justicia distributiva y la transparencia institucional.


¿Estamos dispuestos a sacrificar la velocidad del crecimiento por la solidez del progreso? 



Juan Salvador Pérez