miércoles, 4 de junio de 2025

Venezuela-elezioni: il silenzio del popolo

 

Venezuela-elezioni: il silenzio del popolo

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Nei dizionari ci sono parole molto belle, sia per il loro nome che per il loro significato. Per me, la parola «notte fonda» (conticinium) è una di queste: quel momento, quell’ora della notte – o del giorno, perché no? – in cui tutto è silenzioso.

Che tutto sia silenzioso accade raramente, soprattutto in questi tempi di sovrastimolazione, di connessione costante, di rumore. Tuttavia, accade.

Per i romani, la parola “conticinium” evocava il silenzio, il silenzio per la riflessione, per la calma, per il riposo, per la pace. E questo silenzio lo otteniamo o perché ci procuriamo lo spazio in modo consapevole e deliberato, o perché le circostanze ci conducono a una situazione in cui il silenzio si produce – quasi – da solo, o provvidenziale, diranno alcuni.

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La verità, la verità vera, è che sia che lo cerchiamo o che semplicemente si produca e noi ce ne rendiamo conto, dobbiamo saper approfittare di questo conticinium per ciò che ci suggeriscono i romani: per riflettere.

I risultati delle elezioni parlamentari e regionali del 25 maggio, al di là delle dichiarazioni – purtroppo inconciliabili e distanti – dei promotori e degli avversari, esprimono qualcosa di molto chiaro: il silenzio della gente per strada, il silenzio di un Paese.

Il fatto che 6 venezuelani su 10, o 7 su 10, o 8 su 10, abbiano deciso di rimanere in silenzio durante il processo elettorale e di non partecipare, al di là delle interpretazioni politiche che si vogliono e si devono dare, rappresenta un messaggio molto chiaro e un grido di riflessione nazionale.

Riflessione per la calma, per il necessario “riposo” da tanto conflitto. Riflessione per pensare attentamente e con calma a ciò che vogliamo per noi (per tutti noi) e a ciò che vogliamo per il Paese. È tempo, cioè, di prenderci il tempo per riflettere seriamente e profondamente sul bene comune.

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La Dottrina sociale della Chiesa ci dice che per poter parlare di bene comune devono essere costruite ed esistere una serie di condizioni di vita sociale, con le quali le persone, le famiglie e le associazioni possano raggiungere con maggiore pienezza e facilità la propria perfezione[1]; e questa perfezione risponde, si fonda e si inserisce per sua natura nell’essere umano nei piani divini, in ultima istanza, in Dio stesso.

Non si tratta quindi di pretendere che il bene comune si opponga al personale, come se si trattasse del bene di una collettività impersonale, di un tutto in cui le parti sono state svalutate. Al contrario, i beni più importanti della persona sono e devono essere comuni, non privati[2].

Papa Leone XIV, all’inizio del suo pontificato, è stato molto chiaro su quale deve essere l’atteggiamento di noi cattolici: «Dobbiamo cercare insieme di essere una Chiesa missionaria, una Chiesa che costruisce ponti e dialogo, sempre aperta ad accogliere tutti, tutti coloro che hanno bisogno della nostra carità, della nostra presenza»[3].

Costruire ponti e dialogo! Che sfida ci lascia il papa. Per questo, insistiamo, il silenzio che viviamo nel Paese è meno una rivendicazione che un’occasione di riflessione. Una sorta di conticinium, affinché tutti insieme pensiamo e ripensiamo a come costruire insieme il Paese di cui abbiamo bisogno.

  • Una collaborazione con la rivista venezuelana SIC (originale spagnolo qui).

[1] Nelle encicliche Pacem in Terris e Mater et Magistra di Giovanni XXIII questa idea è sviluppata in modo approfondito.

[2] Rafael Tomás Caldera, Notas sobre el Bien Común: Revista SIC qui.

[3] Primo saluto di sua santità Leone XIV.

lunes, 7 de abril de 2025

AMORIS LAETITIA: PERDÓN, ALEGRÍA Y DISCERNIMENTO


 

“…Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”

(1 Co 13,7).

1.- A manera de introducción.

Dos hermosas conmemoraciones coincidían el día en el cual la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia fue firmada por el papa Francisco: la festividad de San José y el jubileo extraordinario de la Misericordia.

José de Nazareth, ese hombre de quien se conoce poco, que habló poco (tan poco que no hay palabras suyas en las Escrituras), pero que por sus virtudes – la paciencia, la mansedumbre, la amabilidad, la ternura, la obediencia, la acogida y calidez, la valentía, la creatividad, el silencio y el trabajo – y que por ejemplo de castidad y santidad es reconocido como el patrón de la familias y también patrón universal de la Iglesia.

En cuanto al jubileo de la Misericordia, el mismo papa Francisco dijo al convocarlo: “Será un año santo de la Misericordia, lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: 'Seamos misericordiosos como el Padre'. (...) Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”.[1]

Sobre estos dos pilares, San José como ejemplo y la Misericordia como clave de actuación, Francisco yergue y desarrolla el texto de la exhortación. Nada más y nada menos.

 

2.- El Amor como Don. La alegría y el perdón.

Para hablar de Amor, debemos partir de la premisa cristiana de que el amor proviene de Dios, aún más Dios mismo es el Amor: "Dios es amor; quien está en el amor vive en Dios y Dios en él" (1Jn 4, 16). "Dios es amor" es afirmar que Dios nos ama, es decir, Dios nos da su amor a todos como un padre bueno. De una manera misteriosa, Dios nos crea por amor y nos ofrece su amor. He allí – desde el principio –  el origen del amor como un don divino.

 

Pero ¿cuáles son los elementos centrales que lleven a vivir el amor como don y no como obligación matrimonial? La respuesta la encontramos en la exhortación Amoris Laetitia. Nueve son los títulos que conforman el cuerpo de la exhortación: 1) A la luz de la Palabra, 2) La realidad y los desafíos de la familia, 3) La mirada puesta en Jesús: la vocación de la familia, 4) El amor en el matrimonio, 5) El amor que se vuelve fecundo, 6) Algunas perspectivas pastorales, 7) Fortalecer la educación de los hijos, 8) Acompañar, discernir e integrar la fragilidad; y 9) Espiritualidad conyugal y familiar.

Pero es en el propio nombre de la exhortación donde queda perfectamente resumido, recogido y expresado – en tan sólo dos palabras – toda la esencia y el mensaje de la misma: Amoris Laetitia, la alegría del Amor.

Podríamos incluso llegar a decir, en una suerte de atrevido juego de palabras, el Amor trae la alegría. Y si nos resultase aún abstracto esto, el subtítulo de la exhortación lo precisa y lo acota: sobre el amor en la familia.

Es en la familia, en la familia cristiana, donde conseguimos la fuerza constante para la vida de la Iglesia.[2]

Pero, ¿por qué es esto así? ¿Cómo se fundamenta esa alegría y ese amor? La exhortación va tejiendo y armando todo el andamiaje para cimentar la alegría del amor, pero da especial relevancia a dos elementos. Primero, en una alegría compartida, un alegrarse con los demás:

110. (…) La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

Y segundo, en el perdón, en perdonarnos:

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

Sin perdón no hay alegría, y sin alegría no hay amor.

Francisco repite con frecuencia que «un cristiano que continuamente vive en la tristeza, no es un cristiano», pero la tristeza no son lágrimas o malos ratos, tampoco es sufrimiento o miedo. La tristeza es en realidad un mal sentimiento que se apodera de nosotros.

105. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón.

Nos dice el papa que “la alegría no es vivir de risa en risa. No, no es eso. La alegría no es ser divertido. No, tampoco es eso. Es otra cosa. La alegría cristiana es la paz. La paz que se encuentra en las raíces, la paz del corazón. La paz que solo Dios nos puede dar. Esa es la alegría cristiana. Y no es fácil custodiar esa alegría”.[3]

Sin perdón no hay paz, no puede haberla. Por supuesto que se dice fácil, pero evidentemente no lo es, cuesta y cuesta mucho.

106. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar.[4]

Pero es el perdón la fuente de la alegría, pues primero supone habernos perdonado nosotros mismos, en un honesto, serio y consciente ejercicio de autorreflexión; para luego sabernos perdonados por Dios Misericordioso.

107. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

De todos los planteamientos de la Amoris Laetitia, acaso el argumento más difícil de asumir y aceptar para todos, es la aceptación del Amor, del amor cristiano, como contracultural.

111. El elenco se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

Disculpar todo, perdonar todo: es esta la base sólida del Amor. Es esta la raíz profunda de la alegría. Suena loco, suena incluso injusto, disparatado, alcahueta, irresponsable. Pero no lo es.

No se trata de un perdonar, ni de un perdonarse, ingenuo. Es un perdón que nace del convencimiento cristiano, del «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Es un perdón que parte de nuestras limitaciones e imperfecciones, y que desde allí entiende, comprende, justifica: El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

Pero que va más allá, no perdona sólo para entender o justificar, sino que perdona para hacer trascender. Es esta la alegría cristiana, que se goza en el triunfo de Cristo y se materializa en el alegre compartir con los nuestros, con nuestros hermanos, en este mundo.

Ciertamente la Amoris Laetitia nos llama a la alegría del amor. Y el amor para nosotros los cristianos, se basa en dar, en darnos, en entregarnos. Perdonar es entregarnos. Perdonar es Amar, nos lo dice la exhortación: “El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía”.

El papa Francisco se apoya en San Pablo y su Himno de la Caridad, para mostrarnos cómo es el Amor:

«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

No hay obligación alguna que permita actuar así, no hay norma alguna que constriña a actuar así, con hay contrato ni acuerdo alguno que determine a actuar así. Sólo el amor como don, todo lo cree, todo los disculpa, todo lo soporta, todo lo espera.

 

3.- La importancia del discernimiento para acompañar a la familia y a los matrimonios.

Discernir, simplificando el concepto, es distinguir una cosa de otra o varias cosas entre ellas.

Pero para nosotros los creyentes, no se trata sólo de distinguir cosas, sino de reconocer, descubrir, interpretar (y actuar en consecuencia) la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Como señalábamos al inicio, la exhortación Amoris Laetitia – en nuestro entender – se fundamenta en la misericordia.

291. Los Padres sinodales han expresado que, aunque la Iglesia entiende que toda ruptura del vínculo matrimonial «va contra la voluntad de Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos». Iluminada por la mirada de Jesucristo, «mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas, dándoles la valentía para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan». Por otra parte, esta actitud se ve fortalecida en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia. Aunque siempre propone la perfección e invita a una respuesta más plena a Dios, «la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad». No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña.

Y si bien, los matrimonios son sacramento y bases de las familias, es decir, pilares de la Iglesia doméstica; la familia y los matrimonios son al mismo tiempo instituciones muy frágiles, muy sensibles, muy vulnerables y por ello requieren especial atención. Especial y profundo discernimiento.

Es precisamente en esta línea de misericordia y de sensible atención a la fragilidad, en la cual el papa Francisco nos propone los elementos y claves de discernimiento que debemos tener todos al momento del acompañamiento a los matrimonios y las familias cristianas.

Francisco nos presenta un nuevo enfoque, un nuevo paradigma[5]. Y por supuesto, como toda novedad, genera rechazos, sospechas, críticas y animadversiones. Sin embargo, el enfoque – en nuestro criterio – resulta no sólo adecuado sino genuinamente cristiano.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco lo ha dejado en claro, su pontificado es un pontificado de la misericordia, “Miserando atque eligendo”.

Y pudiese parecer exagerado que hablar y actuar desde la misericordia, como lo propone y hace el papa, represente un cambio de paradigma para una religión que se basa en el amor de Cristo, pero no lo es.

Nos dice Del Missier en su trabajo sobre la Amoris Laetitia que la exhortación ofrece una mirada diferente al reconocer que el amor conyugal es frágil y puede fracasar y es precisa y justamente en ese momento en el cual entra el discernimiento cuidadoso y personalizado para establecer si existe o no responsabilidad moral a nivel subjetivo de la conciencia personal, sin excluir que en algunos casos se pueda reconocer la presencia de la gracia santificante en lugar del pecado mortal[6].

Para Del Missier este cambio de paradigma es un necesario paso de la teoría abstracta a la realidad vital (…) nos revele el rostro de un Dios rico en misericordia y deseoso de que la humanidad viva bien. Nos coloca ante la inminencia de una pastoral discernida que siempre se incline a comprender, perdonar, acompañar, esperar y sobre todo integrar.

Ciertamente debemos dejar claro que el ideal propuesto es el matrimonio cristiano, no las relaciones matrimoniales fracasadas, pero es necesario y cristiano discernir cuál debe ser el acompañamiento adecuado para que aquellos que hayan fracasado no se sientan ni consideren excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes.[7]

El discernimiento que nos plantea la Amoris Laetitia, va enfocado en lo que bien señala Tony Mifsud[8]:

“La misión de la Iglesia no consiste en condenar, sino en difundir la misericordia a todas aquellas personas que la piden con corazón sincero. Por ello, el papa Francisco afirma que nadie puede ser condenado para siempre (AL, n. 297). Entonces, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición (AL, n. 296). Es la lógica evangélica de la integración a la comunidad.”

Podemos entonces concluir con Del Missier y Mifsud, que el discernimiento propuesto por Francisco en la Amoris Laetitia debe atender a estas tres premisas:

1.   Pasar de la teoría abstracta a la realidad vital.

2.   Colocarnos como punto de referencia en el ideal evangélico y no en la Ley.

3.     Reconocer la presencia de la gracia santificante en lugar del pecado mortal.

De esta forma, se hace una vez más conmovedoramente evidente la impronta y la esencia del Jubileo de la Misericordia y el modelaje de José de Nazaret en la esencia de la Amoris Laetitia.



 Juan Salvador PÉREZ



[1] de Juana, Álvaro (13 de marzo de 2015). «Papa Francisco convoca histórico Jubileo extraordinario: Año Santo de la Misericordia». ACI Prensa. Consultado el 16 de marzo de 2015.

[2] Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. S.S. Francisco. 2016

[3] Papa Francisco: La alegría es la respiración del cristiano. 2018. https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-la-alegria-es-la-respiracion-del-cristiano-37567

[4] Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. S.S. Francisco. 2016

[5] Como bien lo plantea Giovanni Del Missier en su artículo AMORIS LAETITIA Y EL CAMBIO DE PARADIGMA. 2021

 

[6] AMORIS LAETITIA Y EL CAMBIO DE PARADIGMA. Giovanni Del Missier. 2021

[7] El número 299 y 300 de la Exhortación Amoris Laetitia son verdaderamente una lección de misericordia concreta.

[8] Amoris Laetitia: un ethos pastoral. Tony Mifsud. 2021

miércoles, 19 de febrero de 2025

FRANCISCO: EL PESO DE SER DE PUENTE


 

Verle es contemplar la estampa de un hombre cansado y enfermo. No cabe duda de ello.

Dice el parte médico que la hospitalización se debe a una delicada afección respiratoria, que siempre debe atenderse con seriedad y cautela en los ancianos, pero sobre todo en un hombre de 88 años que tiene un solo pulmón.

Alguna vez escribió Jules Romains – con atinado y profundo humor – que la salud es un estado provisional que no presagia nada bueno. Y ciertamente es así, aunque se empeñen los ilusos en su obstinación por vivir sanos y hasta siempre.

A medida que el tiempo pasa, el deterioro es inevitable. En todos. Pero sobre todo en aquellos hombres y mujeres que asumen su destino con la clara convicción de llevar adelante su misión con vocación hercúlea. Tal es el caso de Francisco.

Once años atrás, el 27 de abril de 2014, Francisco celebraba en la Plaza San Pedro la ceremonia en la cual elevaba a los altares a dos pontífices santos: Juan XXIII y Juan Pablo II. Hoy cobra un especial sentido que Francisco haya canonizado a sus antecesores.

La palabra pontífice, como bien sabemos, proviene del latín pontifex, y su significado literal es “constructor de puentes”. Ha habido en la larga historia de la Iglesia Católica muchos papas muy destacados por su habilidad al momento de construir puentes. Pero también ha habido otros, que entendieron su misión de pontífices no solo como fabricantes de puentes, sino haciendo ellos mismos de puentes. Es decir, sirviendo ellos con su fragilidad y su empeño, su dedicación y su entrega, hasta convertirse en su obra: servir de puente.

Juan XXIII, el papa bueno, llevó a cabo el proceso de aggiornamento de la Iglesia Católica. Diagnosticado con cáncer de estómago en 1962, no quiso dejarse operar para no desviar el rumbo del Concilio Vaticano II. Murió en 1963 a sus 81 años. Sobre sus hombros, Juan XXIII cargó una Iglesia que supo cuestionarse, actualizarse y sobre todo entenderse con un mundo distinto.

Por su parte Juan Pablo II, acaso uno de los grandes protagonistas de la historia del siglo XX, tras un pontificado de 26 años se vio cada vez más disminuido en su salud, al punto de verse seriamente limitado por su enfermedad hasta los últimos días de su vida. Tenía 84 años al momento de su muerte en 2005. Al igual que Juan XXIII en su momento, Juan Pablo II se echó en sus espaldas una Iglesia que entraba temerosa al siglo XXI.

Tanto Juan XXIII como Juan Pablo II llevaron sobre sí el pesado trabajo de ser puentes y tal responsabilidad les costó la vida. Así – cristianamente – lo dispusieron ellos.

Hoy, el papa Francisco lleva también sobre sí el peso de ser puente, y eso se le agradece enormemente pues la Iglesia que hoy transita a través del puente llamado Francisco, avanza de manera inexorable e indetenible hacia una Iglesia de la inclusión.

 

Juan Salvador Pérez

lunes, 14 de octubre de 2024

¿DIGNIDAD INFINITA? ¿DE VERDAD? *

 


Recuentos sobre la barbarie hay muchos, miles. Se han escrito tratados completos donde se documenta la brutalidad entre los hombres, guerras, masacres, asesinatos, genocidios, casi podríamos decir que sin estos hechos resulta imposible contar la historia de la humanidad.

Los seres humanos han mostrado y demostrado su capacidad de matar, de acabar con los demás, y no sólo de manera salvaje y primitiva, sino incluso de forma cruel y sistemática.

Y son precisamente esos testimonios del horror, los que nos llevan a hacernos la pregunta que da título a esta reflexión: ¿de verdad ¿Podemos hablar de la dignidad infinita del ser humano?

En un libro publicado por el periodista Nelson Rivera[1], el autor hace un estudio y compendio – acaso un inventario – de las experiencias totalitarias en buena parte del Mundo durante el siglo XX.

El resultado del estudio es verdaderamente patético en el sentido literal del término, es decir, capaz de conmovernos. En uno de los sucesos recogidos por Rivera, nos narra cómo una patrulla de feroces y salvajes macheteros hutsu, luego de varios días persiguiendo para matar a cualquier miembro de la tribu tutsi, encuentran a un hombre y su pequeño hijo (ambos tutsi) que intentaban huir y esconderse de sus verdugos. Los hombres resuelven matar a los dos pobres prisioneros, ¡total! para eso están patrullando. Le arrebatan al padre el niño de sus brazos, y entre súplicas y llantos de los dos condenados, primero obligan al pequeño a ver cuando le separan la cabeza a su padre con un tosco pero certero golpe de machete, luego le tocará el turno a la indefensa criatura.

Preguntas necesarias

Nos preguntamos ¿Gozan realmente de dignidad estos asesinos? Incluso podríamos llegar más allá y cuestionarnos ¿son verdaderamente seres humanos estos tipos tan despiadados?

Las mismas preguntas caben para todos aquellos hombres y mujeres que han perpetraron los oscuros capítulos de la historia de la Humanidad: Auschwitz, los Gulag, y tantos y tantos otros horrores.

La respuesta, tremendamente difícil de comprender, es precisa y categórica: Sí. Todos los seres humanos son seres dignos, incluso estos asesinos. Los delincuentes que han cometido las más atroces violaciones a los derechos humanos también deben ser considerados como personas y merecen el respeto de su dignidad, porque la dignidad de las personas es un bien absoluto y no se pierde así se haya cometido graves delitos.

¿Y por qué es posible esto? ¿Cómo se explica y en qué se justifica esta concepción?

Más allá de la etimología

Partamos del significado etimológico del término dignidad, proveniente del latín dignitas, cuya raíz es dignus, que significa “excelencia”, “grandeza”, donde cabe agregar que la dignidad que posee cada individuo es un valor intrínseco, puesto que no depende de factores externos.

A partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como de los dos Pactos de Naciones Unidas sobre los derechos civiles y políticos y los derechos económicos, sociales y culturales, en sus respectivos preámbulos se reconoce que la dignidad es inherente a todas las personas y constituye la base de los derechos fundamentales, por lo que se ha convertido en el valor básico que fundamenta la construcción de los derechos de la persona como sujeto libre y partícipe de una sociedad.

En el ámbito del Derecho, la dignidad humana no sólo significa superioridad de los seres humanos sobre los animales, sino que es y será un fundamento de la ética pública de la modernidad, siendo el prius de los valores políticos y jurídicos y de los principios y los derechos que se derivan de esos valores.

La dignidad humana es el principio guía del Estado – al menos del Estado Liberal como lo conocemos – dado que esta se nos presenta en dos sentidos, por un lado, el individuo queda libre de ofensas y humillaciones (sentido negativo), mientras que por el otro, le permite llevar a cabo el libre desarrollo de su propia personalidad y actuación (sentido positivo).

Hijos de Dios

Pero todas estas consideraciones sobre la dignidad del ser humano verdaderamente carecen de sustrato sin el fundamento principal: somos dignos porque todos somos hijos de Dios.

La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios, de allí que nosotros los seres humanos nos realicemos en nuestra vocación a la bienaventuranza divina. Por supuesto que le corresponde a cada quien llegar libremente a esta realización por sus actos deliberados.

Todos somos dignos

La persona humana se conforma – o no se conforma – con aspirar y avanzar al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral. Los seres humanos nos edificamos a nosotros mismos y crecemos desde el interior haciendo de toda nuestra vida sensible y espiritual un material de crecimiento, o no. Cada quién decide. Pero más allá de eso, todos, ¡absolutamente todos! somos dignos.

En abril de 2024, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicó la Declaración “Dignitas infinita sobre la dignidad humana”. Cinco años duró la elaboración del texto, sin duda alguna debido a la seriedad y centralidad de la cuestión de la dignidad en el pensamiento cristiano[2].

Reza la declaración en su 1er numeral que “una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre «sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia»”[3].

Las trece plagas

De manera clara y corajuda – y además en coincidencia con el día de la Anunciación – el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, identifica y define las trece “plagas” que hacen indigno al ser humano: la pobreza, la guerra, el trabajo de los emigrantes, la trata de personas, los abusos sexuales, la violencia contra la mujer, el aborto, la maternidad subrogada, la eutanasia y el suicidio asistido, el descarte de los discapacitados, la teoría de género, el cambio de sexo, y la violencia digital.

En esas trece plagas se engloba todo cuanto atenta contra la vida, viola su integridad, irrespeta la libertad y la responsabilidad de la persona humana. Es decir, todo lo que nos deshumaniza.

A veces nos angustia y nos entristece evidenciar una suerte de empeño en los seres humanos por volvernos animales. A veces impresiona y decepciona escuchar gente inteligente calificar equivocadamente que lo instintivo, lo básico, lo salvaje, lo bajo, es lo propio de la especie humana… ¡Es que no se pudo contener porque es tan humano!… Pero es justamente lo contrario lo que nos hace humanos, es esa cualidad de «capax Dei» (capaz de Dios) de la que nos habla San Agustín, la que nos llama y conduce a ser mejores, a elevarnos, a hacernos virtuosos, a ser imagen de Dios.

A veces pareciera que se quiere imponer límites a la dignidad humana, convertirla en finita. ¡Pero no! Hay que decirlo y sostenerlo con fuerzas: la dignidad del ser humano es infinita, como infinito es el amor de Dios Padre hacia nosotros.

 

Juan Salvador Pérez

 

 * Artículo publicado en la Revista SIC

[1] El cíclope totalitario. Nelson Rivera. Debate, 2009.

2 Declaración “Dignitas infinita sobre la dignidad humana”. Dicasterio para la Doctrina de la Fe. 2024.

3 Declaración “Dignitas infinita sobre la dignidad humana”. Dicasterio para la Doctrina de la Fe. 2024.

domingo, 22 de septiembre de 2024

AL CORAZÓN DE LA DEMOCRACIA

 


La democracia es mucho más que la práctica de las elecciones y del gobierno de la mayoría: 

es un tipo de moral, de virtud, de escrupulosidad, de sentido cívico, de respeto al adversario, es un código moral”.

Pierre Mendes Francia


Recientemente, en Trieste, se celebró la 50ª Semana Social de los católicos en Italia. En ocasión de ello el papa Francisco publicó un texto inédito con una suerte de antología de sus discursos y mensajes titulada: “En el corazón de la democracia”.

Francisco, en franca y absoluta coherencia con la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, resalta la conveniencia de la democracia como sistema de gobierno para las sociedades y los Estados seculares.

Desde el pensamiento y las enseñanzas sociales de la Iglesia así se ha entendido siempre.

Cuando en su radiomensaje de víspera de Navidad, en el año 1.944, el papa Pio XII centra su discurso en la elección que la Iglesia hacía de la democracia como forma de gobierno preferida, no solo lo hace desde la constatada, vivida y sufrida experiencia de la Guerra Mundial, ni de haber presenciado el desastre que supuso la experiencia dictatorial de los años precedentes, sino que lo hace desde la “cuidadosa meditación de las complejas realidades de la existencia humana, en sociedad, y en un contexto internacional, a la luz de la Fe y de la tradición viva de la Iglesia”.[1]

Pio XII no apuesta a la democracia como fin, sino como medio:

“… Nos dirigimos Nuestra atención al problema de la democracia, para examinar según qué normas debe ser regulada para que se pueda llamar una verdadera y sana democracia, acomodada a las circunstancias de la hora presente; esto indica claramente que el cuidado y la solicitud de la Iglesia se dirige no tanto a su estructura y organización exterior —que dependen de las aspiraciones propias de cada pueblo—, cuanto al hombre como tal que, lejos de ser el objeto y corno elemento pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y seguir siendo, su agente, su fundamento y su fin.”[2]

Al entenderse desde La Doctrina Social de la Iglesia que la democracia consiste en “un ordenamiento y, como tal, un instrumento y no un fin, su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve.”[3]

Democracia y moral

Esa “conformidad moral”, es decir, esos medios de los cuales se servirá, son los siguientes:

  • Asegurar la participación de los ciudadanos en las opciones políticas,
  • Garantizar a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica.
  • Rechazar la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado.
  • Instaurar un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.
  • Suscitar las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.

Establece la Doctrina Social de la Iglesia como valores de la democracia, por supuesto el respeto formal de las reglas, pero no sólo se puede limitar a ello, sino que debe acontecer una aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del «bien común»[4] como fin y criterio regulador de la vida política.

Pero se nos hace una advertencia no sólo categórica, sino muy clara: “Si no existe un consenso general sobre estos valores, se pierde el significado de la democracia y se compromete su estabilidad.”[5]

Democracia para la doctrina social

Es decir, para hablar de democracia en los términos de la Doctrina Social de la Iglesia, debe existir: Estado de Derecho, División de Poderes, Control Social, Rendición de Cuentas y Participación Ciudadana; y todo esto en la base de una recta concepción de la persona humana.

Ante esto, la pregunta que nos hacemos surge de manera prácticamente obligada ¿Atienden hoy en día nuestras democracias verdaderamente a estas condiciones existenciales?

La respuesta nos la da el mismísimo Papa en Trieste: “Es evidente que en el mundo de hoy la democracia no goza de buena salud”.

¿La democracia en crisis?

La preocupación no es reciente ni exclusiva del Francisco. Ya desde finales de los 70 y en los 80, Cuando J.J. Linz planteó las causas del quiebre de las democracias, lo hizo en cuanto a elementos objetivos como lo son la constante y creciente deslegitimación del sistema, que aleja a quienes lo deberían apoyar y defender; como consecuencia que se genera de la imposibilidad de la democracia en enfrentar con éxito a una serie de problemas que no logra solucionar ni dar respuesta. Pero al mismo tiempo, para Linz cobra mayor importancia el rol (o el papel) que juegan los “actores”, incluso más que los elementos de carácter estructural, otorgándole así un protagonismo definitivo y definitorio a la actuación y el compromiso del liderazgo político, que son en principio quienes tienen la capacidad de luchar por cambiar el derrotero por el que avanza la democracia. De allí que la lealtad, la semi-lealtad o la deslealtad de los dirigentes con la democracia sea de importancia capital para el quiebre o el sostenimiento de esta.[6]

Levitsky y Ziblatt en su libro titulado “Cómo mueren las democracias” publicado en 2018, así lo concluyen, no sólo a través de golpes militares se acaba con las democracias, hoy día acudimos al colapso de las democracias más bien mediante un proceso gradual y paulatino, mediante el cual se desmantelan estas mediante sus propias instituciones y actores hasta lograr así, al final, imponer un régimen dictatorial.

Por su parte Foa y Mounk llegan a la similar conclusión en su investigación titulada “La desconexión democrática”, al referirse a los cambios en el apoyo de la población a la democracia. Según estos investigadores, “si queremos entender por qué los niveles de apoyo para la democracia han cambiado, debemos estudiar las formas en que las personas conciben la democracia, así como su grado de compromiso con las instituciones democráticas”, y continúan  “más allá del apoyo a las elecciones regulares, que son imprescindibles incluso según la mínima interpretación de la democracia, el apoyo total a la democracia debería también conllevar un compromiso con valores liberales como la protección de derechos fundamentales y libertades civiles, así como la disposición a utilizar las instituciones de la Democracia Liberal para efectuar el cambio político”[7].

En la misma línea Yuval Noah Harari nos dice que ante la crisis que enfrenta la democracia se hace necesaria su defensa “no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad.”[8]

Como vemos la preocupación tiene serio fundamento, sin embargo – y he allí el aporte verdaderamente importante para el debate – Francisco coloca el foco del problema, en un elemento que se ha dejado fuera de los análisis. Nos dice el Papa: “La democracia tiene inherente un gran e indudable valor: el de estar juntos”[9].

Llegamos así al corazón de la democracia. “El Evangelio nos ayuda a comprender que estamos hechos los unos para los otros y, por tanto, los unos con los otros. Nuestra casa común requiere un corazón humano y espiritualmente universal”[10], nos dice atinadamente el Cardenal Zuppi.

Francisco nos lo deja en claro, democracia es resolver “juntos” los problemas de todos. Solo entendiéndolo y asumiéndolo así lograremos superar la crisis, en democracia nadie debe quedarse atrás, nadie debe quedarse solo.

Podríamos pues concluir que el verdadero problema de la democracia no es otro que la indiferencia. Superada esta, podremos entonces tener un sistema que esté al servicio del hombre, de su dignidad, de la libertad y la autonomía de la persona humana.

Juan Salvador Pérez


*Artículo publicado en Revista SIC
Citas

[1] RADIOMENSAJE «BENIGNITAS ET HUMANITAS» DE SU SANTIDAD PÍO XII EN LA VÍSPERA DE NAVIDAD. 24 de diciembre de 1944.

[2] Ibidem.

[3] COMPENDIO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.

[4] La doctrina del bien común es explicada por Juan XXIII en la encíclica “Mater et Magistra (sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana)” (1961): “Este concepto [del bien común] abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección.”(§65). Esto implica una distinción frente a versiones utilitaristas o mayoritarias del bien común, implicando una noción de armonía entre la pluralidad de sectores sociales, afianzado también sobre las necesidades materiales de los individuos que actúan con interdependencia en la sociedad.

[5] COMPENDIO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.

[6] La quiebra de las democracias. Juan J. Linz. Alianza Universidad. 1987

[7] The Democratic Disconnect. Roberto Foa y Yascha Mounk. Journal of Democracy. 2016.

[8] Los cerebros ‘hackeados’ votan. Yuval Noah Harari. El País. 2019

[9] En el corazón de la democracia. S.S. Francisco. Librería Editorial Vaticana. 2024

[10] https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2024-07/mattarella-la-democracia-es-libertad-igualdad-y-participacion.html