jueves, 14 de agosto de 2025

TRANSHUMANISMO, POSHUMANISMO Y DIGNIDAD HUMANA

 



En medio del entusiasmo por las promesas tecnológicas del siglo XXI, el transhumanismo y el poshumanismo se presentan como dos visiones rivales sobre el destino de la humanidad. Mientras el transhumanismo celebra la mejora del cuerpo y la mente mediante la tecnología, el poshumanismo cuestiona las bases mismas de lo que entendemos por “humano”.

Esta divergencia no solo revela tensiones filosóficas profundas, sino también conflictos éticos y políticos sobre quién se beneficia de estas transformaciones y qué tipo de mundo estamos construyendo. Más que simples teorías futuristas, ambas corrientes nos obligan a repensar el poder, la identidad y la exclusión en la era digital.

Deseo de superar la naturaleza


Evidentemente, vivir más y vivir mejor no ha sido una preocupación reciente en el devenir de la humanidad. Ya desde la mitología griega, en el relato del joven Ícaro, no solo vemos el trágico destino de un joven que anhela la libertad, sino también una crítica implícita a la arrogancia humana. El deseo de Ícaro de volar no era solo por la capacidad física de hacerlo. Representaba un intento de superar los límites impuestos por la naturaleza y la mortalidad, un anhelo de trascendencia.

En los siglos XIX y XX, la idea del mejoramiento de la especie y la posibilidad de llegar más allá de los límites naturales y biológicos se convirtió en una suerte de obsesión, un “noble” empeño en hacer “mejor” al ser humano.

Podríamos encontrar en los estudios que inicia Darwin sobre las especies y luego en Galton con su teoría de la eugenesia como forma para mejorar la raza humana,  los primeros pasos que llevarían a posteriores científicos y pensadores a plantearse la idea de un ser humano superior al resto de la naturaleza e incluso superior a la misma naturaleza.

Pero, ¿es realmente esto posible?

Los planteamientos trans y poshumanista


Partamos del punto de que ambas concepciones atienden a un ofrecimiento de respuestas bondadosas y bien intencionadas para la humanidad. Es decir, la idea en el fondo es que todos los hombres y mujeres vivan más y mejor. ¿Quién podría oponerse a tan elevada causa?

Lo primero que nos viene a la memoria cuando revisamos la historia del siglo XX, es cómo terminó la disparatada aventura del nazismo y su trastornada obsesión con la mejora de la especie humana y la relación entre tecnología y naturaleza. Ese antecedente no es para nada halagüeño. Plantea unas consecuencias y riesgos éticos que no nos es posible (ni recomendable) olvidar.

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Cuando en 1957, Julian Huxley utiliza el término transhumanismo, lo hace planteándonos una filosofía que persigue la trascendencia de la especie humana, mediante una propuesta tecnológica que combina el progreso biológico con una visión ética que define al ser humano como agente de su propia transformación y la mejora continua de la condición humana.

Por su parte, el poshumanismo va bastante más allá. Su planteamiento no se limita a la mejora del ser humano, sino que cuestiona las bases del humanismo tradicional. Podríamos decir pues, que su foco no es la mejora de lo humano, sino redefinir la ontología misma de lo humano. Llega al punto de incluir en su concepción y abarcadura no solo lo humano, sino también lo no-humano (animales, máquinas, cyborgs y demás sistemas) como agentes éticos y ontológicos. El poshumanismo nos propone una reconfiguración ética y ontológica de todo. ¡Vaya!

Lo cierto es que, en ambas propuestas, la pregunta que nos surge es la misma: ¿cómo queda la persona humana, tal cual la conocemos hoy, ante estas visiones?

El concepto de la persona humana


Como institución, la doctrina católica ha dedicado siglos y esfuerzos a estudiar, desarrollar, promover y defender el concepto de la dignidad humana. Nos dice que toda persona tiene dignidad porque vale por sí misma, porque no es intercambiable por nada ni por nadie. La dignidad de la persona “no se fundamenta en las circunstancias, sino en el valor de su ser”.

Pero en el enfoque trans y poshumanista, esta concepción podría verse seria y profundamente afectada. Ambas implican aceptar una noción de la persona humana que puede ser manipulada y reconstruida. Así, pone en entredicho el valor incondicional y absoluto de la dignidad humana.

Cuando pensamos en unos “hombres” capaces de no morir nunca, o en criaturas híbridas que van más allá de los límites biológicos, pues entonces, sencillamente estaríamos superando el concepto fundamental de persona como una sustancia individual de naturaleza racional. Al mismo tiempo también es —en lo corporal— vulnerable y finita. Pero ¿esta superación no sería más bien un ataque a la esencia propia de la humanidad, de lo humano por antonomasia? ¿No estaríamos acaso entendiendo al ser humano más como un medio (aunque sea con un objetivo de mejora) que como un fin en sí mismo?

¿Abrazar las ideas trans y poshumanistas no sería, al final del día, una peligrosa (acaso inconveniente) pretensión antihumanista?

Pensemos, por ejemplo, en estos dilemas (entre muchos otros) que podrían presentarse como consecuencias de estas concepciones. La “cosificación” de la dignidad: ¿no podría verse comprometida la dignidad humana, si partes del cuerpo se convierten en “cosas” o implantes que se pueden reemplazar o mejorar, como si fueran meras herramientas? La nueva desigualdad: ¿no se generaría una nueva división social —existencial, más bien—entre aquellos que pueden costearse las mejoras tecnológicas y los que no, produciéndose así una nueva forma de desigualdad y discriminación?

¿Una pretensión arrogante?


La mitológica historia del joven Ícaro nos advierte sobre los peligros de la ambición sin sabiduría. Al ignorar las advertencias de su padre Dédalo, y concentrarse sólo en la búsqueda ciega de la mejora, el destino inevitable de Ícaro fue una estrepitosa y mortal caída.

Pretender una búsqueda de la perfección física o mental que nos aleje de nuestra humanidad nos coloca ante otra vulnerabilidad: la ingenua arrogancia. El verdadero crecimiento reside en el equilibrio, la humildad y la aceptación de nuestras limitaciones, no en su negación imprudente.

Tanto el transhumanismo como el poshumanismo ofrecen visiones provocadoras sobre el futuro de la humanidad. Pero sus promesas están acompañadas de riesgos éticos, sociales y políticos que no pueden ser ignorados. Porque avanzar hacia una mejor manera de ser personas, convertirnos en mejores seres humanos, no puede lograrse mediante la eliminación del hombre para llegar a un trans o poshumano perfecto. No.

Convertirnos en mejores humanos solo puede lograrse de una manera: haciéndonos más humanos, viviendo como mejores humanos.


JUAN SALVADOR PÉREZ

* Artículo publicado en Diálogo Político

sábado, 21 de junio de 2025

POR QUÉ NO PODEMOS NO LLAMARNOS CATÓLICOS

 

Cuando en 1942 el famoso intelectual, escritor, historiador y – para más señas – ateo, Benedetto Croce, publica su breve ensayo titulado «Perché non possiamo non dirci ‘cristiani’» (Por qué no podemos dejar de llamarnos cristianos), sabía perfectamente que Italia, en realidad Europa, en realidad la civilización occidental toda, es lo que es por la definitoria y fundamental impronta del cristianismo.

Nadie puede negarlo, aunque haya ingenuos (o necios) que se empeñen en ello. Los valores, las ideas, las bases de la civilización y del pensamiento occidental son inexorablemente cristianas.

Por ello se hace siempre indispensable conocer cuáles son estos valores, para entonces poder entender y comprender cómo están nuestras sociedades, nuestros países, nuestras nuevas generaciones. En qué creemos y hacia dónde vamos, o al menos pretendemos ir.

Mayoritariamente católicos

En este orden de ideas, se llevó a cabo desde el Centro Gumilla un reciente estudio sobre la religiosidad en Venezuela. El anterior estudio se publicó en 2012, pero el tiempo ha pasado, han sucedido cambios y es menester – si queremos entender el país que somos – tener este tema actualizado.

El estudio realizado en 2024 y presentado en marzo 2025, se tituló “Sociografía Religiosa. La religiosidad de los venezolanos[1] y fue dirigido por el sacerdote jesuita Jesús María Aguirre S.J.  y la investigadora Melanie Pocaterra. Contó con una muestra de 1.000 personas distribuidas en todo el territorio nacional, ofrece una radiografía detallada de las creencias y prácticas religiosas de los venezolanos.

Evidentemente es necesario tomarse el tiempo de revisar con atención los resultados de todo el estudio, pero me permito compartir en esta reseña los datos que – en mi criterio – pueden resultar de especial interés.

De entrada, sigue siendo Venezuela un país mayoritariamente católico. El estudio así nos lo hace saber: 6 de cada 10 venezolano se definen católicos. Pero la cifra indica un significativo descenso en el porcentaje de fieles.

En 1991 los católicos representaban el 86% de la población, en 1994 el porcentaje baja levemente al 82%, y ya en 2012 el número de católicos se ubicaba en el 71% de la población[2]. Es decir, en poco más de treinta años ha habido una reducción del 20%.

Esta reducción del catolicismo, por supuesto ha representado un aumento en otras confesiones, básicamente evangélicas y cristianas protestantes, quienes han venido haciendo un importante trabajo de penetración, acompañamiento e inserción social, sobre todo en sectores populares, cárceles, hospitales.

Sin embargo, a pesar de esta disminución de fieles, sigue siendo la Iglesia Católica un referente nacional, al ocupar el segundo lugar en confianza entre las instituciones nacionales (con un 48%), luego de las universidades (65%).

El 53%, es decir 1 de cada 2 venezolanos, considera que la Iglesia Católica tiene un papel clave en promover un proceso de reconciliación nacional, no solo como guía espiritual, sino también como actor social y político en momentos críticos para el país. Y acaso el dato más relevante desde el punto de vista político es que el 91% de los encuestados muestra un amplio respaldo y preferencia a la democracia como modelo político y sistema de gobierno.

Podríamos entonces llegar a dos importantes conclusiones: que somos los venezolanos democráticos y que estamos dispuestos a reconciliarnos como país. Ambas son no sólo buenas, sino además sensatas noticias.

Pero el estudio, más allá de lo sociopolítico, nos presenta información muy relevante sobre el conjunto de valores éticos y concepciones morales de los venezolanos que vale también la pena destacar.

Detengámonos en dos temas morales: El 86% de los encuestados no está de acuerdo con el aborto y el 76% no está de acuerdo con la eutanasia.

Estamos claros que estos temas son objeto de serios e intensos debates morales en el mundo entero, y por ello, especialmente sensibles en términos de opinión pública, lo sabemos. Pero son estos – y no otros – los resultados que arrojó el estudio.

Más allá de que nos consideremos un país alegre, de gente simpática, sencilla, dicharachera, etc… Las madres cargan con sus muchachos. Lo hijos cargan con sus viejos.

Igual ocurre con temas como el matrimonio homosexual y la adopción por parte de parejas homosexuales, con 82% y 83% de rechazo respectivamente.

Con lo bueno o malo que eso signifique, el estudio muestra que somos un país más bien conservador.

Muestra también que somos un país de gente creyente. El 97% de los encuestados afirma creer en Dios, y cuando se pide describir al Dios en el que creen, las respuestas más comunes fueron: “Dios es un Ser superior todopoderoso creador del mundo y juez de los hombres” (58%) y “Dios es un Padre que nos ama y se preocupa por nosotros” (54%).

Se evidencia que tenemos una fe profundamente arraigada y una visión personal e íntima de la relación con lo divino.

Por ello, parafraseando a Croce, en Venezuela no podemos no llamarnos católicos.


 Juan Salvador Pérez

Referencias

[1] El estudio fue presentado en el mes de marzo de 2025 y se pueden obtener los resultados en el Centro Gumilla, aunque aún la publicación no está disponible.

[2] Hemos basado estos porcentajes en el estudio Radiografía religiosa de Venezuela, imágenes y representaciones, publicado por el Centro Gumilla en 2012.

DE LAS NUEVAS COSAS NUEVAS

 


Las cosas que eran nuevas en 1891 no son, no pueden – obviamente – seguir siendo, las mismas cosas nuevas en 2025. Pero en cambio, los verdaderos problemas de fondo, esos sí siguen siendo los mismos y es precisamente a ello a lo que atiende – o al menos pretende atender – la Doctrina Social de la Iglesia.

Cuando la Iglesia Católica habla de doctrina social, no tiene la pretensión de presentar un dogma ideológico de aplicación obligatoria desde el Estado. No tiene, pues, nada que ver con una agenda económica o política, ni es un “sistema” alternativo, ni tampoco es una propuesta técnica para solucionar los problemas prácticos. Mucho menos es una utopía, en el sentido de un proyecto social imposible de alcanzar, ni una doctrina estática y fijada.[1]

La Doctrina Social de la Iglesia “es una guía para los católicos y para cualquier persona de buena voluntad más allá de su fe, si la tiene, pero no es una receta para organizar la sociedad o gobernarla. Nada tiene que ver, tampoco con visiones clericales del gobierno civil, o leyes religiosas para regir la vida política, a la usanza de ciertas visiones desde el islam. Como doctrina, expresa principios y valores. Los principios marcan una orientación moral y constituyen una unidad por su conexión y articulación. Y los valores reflejan el aprecio a los aspectos de bien moral perseguidos por los principios.”[2] 

Es dentro de esta misma comprensión, que el papa León XIV, al reunirse por primera vez con la Fundación Centesimus Annus nos plantea que, para la Doctrina Social, lo importante no son los problemas -acaso ni siquiera las respuestas a ellos- sino el modo en que los afrontamos, con criterios de evaluación y principios éticos, y con apertura a la gracia de Dios[3]. En esto radica la pertinencia, la conveniencia y la audacia de la Doctrina Social de la Iglesia.

Cuando a finales del siglo XIX, León XIII publica la encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas), abre la puerta y marca la pauta de los siguientes pontificados – y de la Iglesia toda – como un hecho determinante en el catolicismo contemporáneo.

La Rerum Novarum – y con ella toda la Doctrina Social de la Iglesia – surge como propuesta ante un mundo en cambios radicales, desde lo sociopolítico hasta lo científico-técnico, que presentaba nuevas concepciones de autoridad, esperanzas de nuevas libertades, pero sobre todo evidentes e inminentes peligros de nuevas injusticias y esclavitudes.

¿Podría parecernos aquel escenario de finales del siglo XIX muy diferente a este del siglo XXI?

Pues no. El papa León XIV haciéndose de un término propio de Francisco (policrisis), describe de manera breve pero demoledoramente precisa la coyuntura que vivimos hoy en este momento donde convergen guerras, cambios climáticos, crecientes desigualdades, migraciones forzadas y conflictivas, pobreza estigmatizada, innovaciones tecnológicas disruptivas, precariedad del trabajo y de los derechos[4].

Nos dice León XIV: “Tenemos aquí un aspecto fundamental para la construcción de la «cultura del encuentro» a través del diálogo y la amistad social. Para la sensibilidad de muchos de nuestros contemporáneos, las palabras «diálogo» y «doctrina» suenan opuestas, incompatibles. Quizás cuando escuchamos la palabra «doctrina» nos viene a la mente la definición clásica: un conjunto de ideas propias de una religión. Y con esta definición nos sentimos poco libres para reflexionar, cuestionar o buscar nuevas alternativas”[5].

El acercamiento, el diálogo, la cultura del encuentro. Sin duda alguna queda manifiestamente clara cuál es la postura que la Iglesia propone y espera del cristiano – del católico en particular – en el siglo XXI. ¡Vaya reto!

Pero lo decíamos al principio, las cosas nuevas de 1891 no son las cosas nuevas de 2025.

Durante el siglo XX, gracias a la Doctrina Social de la Iglesia se obtuvo logros importantísimos que definieron el devenir de la civilización mundial contemporánea como lo fue la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y junto con ello, la lucha y el desarrollo de la concepción actual de los derechos humanos. La inculturación, difusión e incorporación de los principios fundamentales de esta doctrina (dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiaridad) en el discurso social y político mundial. La promoción de la democracia como sistema de gobierno ha sido también un logro de la Doctrina Social de la Iglesia en el siglo XX; y por supuesto, el apoyo a diversas iniciativas de desarrollo social para la atención de la pobreza y el impulso de la paz mundial.

Hoy, en el siglo XXI, es el avance de la tecnología lo que se nos presenta como una realidad que con asombrosa y vertiginosa velocidad va definiendo una nueva forma de entender las relaciones sociales lato sensu.

Es justamente allí donde la Doctrina Social de la Iglesia se yergue como un referente fundamental en el proceso de diálogo y reflexión indispensable para que la tecnología verdaderamente traiga a la humanidad mayores beneficios y menores problemas.

Recientemente, el 28 de enero de 2025 día de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y del Dicasterio para la Cultura y la Educación, publicó un documento titulado Antiqua et Nova (Antiguo y Nuevo) en el cual se aborda precisamente el tema de cómo la fe católica puede dialogar con los desafíos contemporáneos ante el avance actual de la tecnología.

Y ¿cuáles son esos verdaderos problemas de fondo de los que la Doctrina Social de la Iglesia se ocupa en su esencia? De manera clara y precisa nos lo plantea el documento Antiqua et Nova“Por ello, la Iglesia se opone especialmente a aquellas aplicaciones que atentan contra la santidad de la vida o la dignidad de la persona. Como cualquier otra empresa humana, el desarrollo tecnológico debe estar al servicio del individuo y contribuir a los esfuerzos para lograr «más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales», que «vale más que los progresos técnicos». La preocupación por las implicaciones éticas del desarrollo tecnológico es compartida no sólo en el seno de la Iglesia, sino también por científicos, estudiosos de la tecnología y asociaciones profesionales, que reclaman cada vez más una reflexión ética para orientar ese progreso de manera responsable”[6]. Y continúa el documento: “Entre una máquina y un ser humano, sólo este último es verdaderamente un agente moral, es decir, un sujeto moralmente responsable que ejerce su libertad en sus decisiones y acepta las consecuencias de las mismas; sólo el ser humano está en relación con la verdad y el bien, guiado por la conciencia moral que le llama a «amar y practicar el bien y que debe evitar el mal», certificando «la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída»; sólo el ser humano puede ser lo suficientemente consciente de sí mismo como para escuchar y seguir la voz de la conciencia, discerniendo con prudencia y buscando el bien posible en cada situación”[7].

Concluimos nosotros con lo que, de manera hermosamente planteada, termina el documento Antiqua et Nova“Porque «lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen», el modo como se utilice la IA «para incluir a los últimos, es decir, a los hermanos y las hermanas más débiles y necesitados, es la medida que revela nuestra humanidad». Esta sabiduría puede iluminar y guiar un uso de dicha tecnología centrado en el ser humano, que como tal puede ayudar a promover el bien común, a cuidar de la «casa común», a avanzar en la búsqueda de la verdad, apoyar el desarrollo humano integral, favorecer la solidaridad y la fraternidad humana, para luego conducir a la humanidad a su fin último: la comunión feliz y plena con Dios.

En la perspectiva de la sabiduría, los creyentes podrán actuar como agentes responsables capaces de utilizar esta tecnología para promover una visión auténtica de la persona humana y de la sociedad, a partir de una comprensión del progreso tecnológico como parte del plan de Dios para la creación: una actividad que la humanidad está llamada a ordenar hacia el Misterio Pascual de Jesucristo, en la constante búsqueda de la Verdad y del Bien”[8].

Huelgan más comentarios.

 

Juan Salvador Pérez


Referencias

[1] A tales efectos vale la pena revisar la obra de María García de Fleury titulada LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA PARA EL TERCER MILENIO. 2004. Editorial Tercer Milenium, C.A.

[2] LIBERTAD CONCIENCIA Y PRÁCTICA. Ramón Guillermo Aveledo. 2009. Fondo Editorial para la Libertad

[3] DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS MIEMBROS DE LA FUNDACIÓN CENTESIMUS ANNUS PRO PONTIFICE. 17 de mayo de 2025

[4] DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS MIEMBROS DE LA FUNDACIÓN CENTESIMUS ANNUS PRO PONTIFICE. 17 de mayo de 2025

[5] Ibídem

[6] Antiqua et Nova. #38

[7] Antiqua et Nova. #39

[8] Antiqua et Nova. #116 y 117.

miércoles, 4 de junio de 2025

La voluntad de participar: perspectivas desde Venezuela

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La participación democrática debe ser activa, personal y voluntaria. ¿Cómo ejercerla aun en las condiciones más adversas?

Por: Juan Salvador Pérez23 May, 2025

Sin duda hay circunstancias, condiciones y momentos de la vida en los cuales nos encontramos de manera indefectible ante diatribas que nos obligan a fijar posiciones y tomar decisiones.

Jorge Luis Borges, en su culta narrativa ficticia, plantea en el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” que “cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras…”. De seguidas, él mismo nos ofrece el contraargumento en el caso de aquel que “opta –simultáneamente– por todas” y de esta forma crea diversos porvenires, diversos tiempos que proliferan y se bifurcan.

El acto de elegir

Elegir (incluso elegir no elegir) es un acto que realizamos todos nosotros, todos los días y muchas veces al día. Salvo casos muy excepcionales, los expertos dicen que una persona toma al día un promedio de 35 mil decisiones. Solo muy pocas se toman de manera consciente, pero no por ello dejamos de tomarlas.

Visto esto así, elegir no es lo que define a una democracia. No es lo que la define porque sencillamente no es un acto propio ni exclusivo de ella. Es decir, elegimos todos los seres humanos más allá del tipo de gobierno que tengamos. Elegimos porque elegir es parte intrínseca de la propia vida.

Sin embargo, para muchos, hablar de democracia es simplemente hablar de elección. Y participar en democracia se trata y reduce a ello: a elegir, ir a elecciones. Pero no.

De esas 35 mil decisiones diarias, acaso somos conscientes de menos del 1%. Y obviamente, cuando hablamos de participación, ciudadanía y democracia, entramos en ese reducidísimo porcentaje de decisiones y elecciones que tomamos –o al menos así debería ser– de manera consciente.

Condiciones sine qua non de la participación

Nos dice Giovanni Sartori que la participación como expresión democrática supone tres condiciones sine qua non. La participación debe ser: activa, personal y voluntaria.

Activa: es decir, aquellos que participan deben tener capacidad de actuar, de poder ejercer esa capacidad y de estar efectivamente en acción. Es difícil –quizás sea estratégico en alguna ocasión, pero no puede ser la actitud imperante– pensar en personas democráticas que no actúen, que no hagan nada, que simplemente se dispongan y dediquen a ver qué hacen los otros. Esperar que otros hagan, atenta contra la democracia en tanto concepto y en cuanto sistema de gobierno. De igual modo, optar por no hacer nada y pretender que las cosas cambien atenta contra la responsabilidad ciudadana más elemental. Pero sobre todo (y acaso peor) contra el sentido común.

Personal: en el sentido literal del término. La participación debe ser ejercida por la persona portadora y sujeto del derecho a participar y no por otra. La acción le corresponde ejercerla a quien le corresponde. Aplica en este supuesto de manera precisa el principio de la subsidiaridad. Como aquel que busca promover la autonomía y la responsabilidad de cada uno, evitando intervención de entes externos u otras personas, salvo que sea necesario y cuando la persona responsable no pueda hacerlo de manera efectiva.

Voluntaria: a este punto le otorga Sartori especial relevancia. Nos dice con insistencia que participación es ponerse en marcha por uno mismo, no que otros te pongan en marcha ni que te movilicen desde arriba.

La relevancia que Sartori da a la voluntad merece especial atención. No debemos confundir participación con movilización, ni tampoco participación con chantaje. Pues el uso de la fuerza siempre es un vicio de la voluntad. Y cuando estamos en presencia de sistemas de gobiernos y de luchas de poder, el uso y abuso de la fuerza siempre suele estar presente.

Participar es un acto de voluntad

Tres potencias definen el alma del ser humano según la escolástica medieval: memoria, entendimiento y voluntad. Estas tres facultades o capacidades innatas son las que permiten al ser humano realizar sus funciones esenciales.

La memoria nos permite saber quiénes somos, recordando lo que más ha influido en nosotros, lo más entrañable y profundo de nuestra naturaleza. Por su parte, el entendimiento permite conocer y descubrir la verdad, distinguiéndola del error y la mentira, conduciéndonos así a la perfección. Y la voluntad, nos permite decidir y actuar, nos permite desear y elegir el bien, rechazando el mal, y alcanzar la trascendencia. Pero de estas tres potencias, aunque son inseparables para definir el alma, podemos (y espero que San Agustín de Hipona nos permita esta licencia) atrevernos a decir que en materia del ejercicio democrático la voluntad cobra particular relevancia.

Veíamos al inicio que es un porcentaje menor al 1% el relativo a las decisiones que tomamos de manera consciente. Siendo esto así, se nos hace claro y evidente que hay decisiones que no solo se toman de manera consciente, sino que representan y traen consigo consecuencias tremendamente importantes. No solo para nosotros en nuestra individualidad, sino para el conjunto de nuestra sociedad y entorno.

Tal es –o debería ser– el caso de las decisiones de carácter político. Por ello, la importancia de la voluntad como potencia del alma, pues esta concede y otorga la capacidad fundamental para la libertad y la elección.

Los seres humanos somos libres, fuimos creados libres. Y somos libres para vivir en libertad y para elegir en libertad.

Venezuela, 10/05/2025. Los venezolanos acudieron a los centros de votación a primera hora. Foto: Shutterstock

Cuando elegimos participar

Ciertamente elegir no es sinónimo de democracia, ni la define ni le da especificidad. Pero participar sí define y sí otorga especificidad a la democracia. O, mejor dicho, no podemos hablar de democracia si no nos es posible participar en ella. Ni tampoco es posible hablar de demócratas que renuncien a la participación o resuelvan dejar de hacerlo o que lo hagan otros en lugar de ellos. Al hacer esa renuncia, se corre el altísimo riesgo de renunciar a ser ciudadanos democráticos.

Volviendo a Sartori la participación es clave en la democracia, y debe ser activa, personal y voluntaria. Que no se nos olvide esto.

Ser democráticos no es una circunstancia, es una decisión (de esas que entran en el 1%): somos democráticos o no lo somos, somos demócratas en la manera de relacionarnos con los demás, de concebir y respetar los derechos del otro, de llevar adelante un modelo de vida ciudadano y virtuoso en sociedad a pesar de los reveses, de los atropellos, de los obstáculos, a pesar de los antidemocráticos.

Somos demócratas, verdaderamente demócrata, en tanto y en cuanto decidamos seria y libremente serlo. Entendiendo, ¡claro está! la libertad en el ser humano, como aquella fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad en democracia supone que nadie puede estar obligado desde arriba, pero tampoco nadie puede estar obligado por sus pares. Nadie puede estar constreñido a cumplir la voluntad del otro, ni – peor aún – hacer algo en contra de nuestra de voluntad.

Es así, pues, que cuando elegimos libremente ser demócratas, cuando optamos por vivir en democracia, cuando elegimos participar, lo hacemos desde nuestra más íntima disposición interna.

Somos demócratas porque así queremos vivir, aunque las circunstancias no estén dadas. Somos demócratas cuando elegimos construir democráticamente la democracia.