Juan Salvador Pérez
Ensayos y Errores
reflexiones coloquiales de un tipo de a pie
lunes, 19 de enero de 2026
La Fe “líquida” y el retorno a la religión en la era de la IA
viernes, 16 de enero de 2026
¿Puede un algoritmo entender la dignidad? La ética humanista en la era de la IA
Mientras el mundo se maravilla ante la velocidad de procesamiento de la Inteligencia Artificial y su capacidad para generar respuestas en segundos, como humanistas nos enfrentamos a una pregunta mucho más inquietante. Mi preocupación no es si las máquinas llegarán a "pensar" como nosotros, sino si nosotros, en el proceso de adoptarlas, estamos olvidando cómo discernir.
Hemos entrado en una era donde la técnica parece avanzar sin necesidad de justificación. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que el progreso sin propósito es, a menudo, el prólogo de grandes crisis sociales.
El algoritmo no tiene prójimo
Desde la filosofía y, muy especialmente, desde el Pensamiento Social de la Iglesia, entendemos que el centro de cualquier actividad humana debe ser la Persona. La técnica es, por definición, una extensión de nuestras capacidades, no un sustituto de nuestra responsabilidad.
El dilema ético de la IA no es meramente técnico. Un algoritmo puede optimizar una cadena de suministro o predecir una tendencia de mercado, pero ¿puede entender el concepto de Bien Común? ¿sabe lo que significa la Solidaridad? ¿puede practicar la Subsidiaridad?
La IA puede calcular el costo de una decisión, pero no puede sentir el peso de su injusticia.
Humanizar la técnica en contextos complejos
En contextos como el nuestro, donde las brechas sociales son profundas y el tejido social e institucional es frágil, la implementación de la IA no es un tema neutral. Si la automatización se aplica sin un marco ético sólido, corremos el riesgo de tecnificar la exclusión.
¿Cómo garantizamos que la IA sea una herramienta que empodere al ciudadano y no que lo desplace? La respuesta no está en el código, sino en la Gobernanza Ética. Las organizaciones del siglo XXI no solo necesitan ingenieros de datos; necesitan, urgentemente, arquitectos de sentido. Necesitan líderes capaces de preguntar no solo "¿qué puede hacer esta tecnología?", sino "¿qué debe hacer esta tecnología para respetar la dignidad humana?".
Hacia una "Algor-ética"
El concepto de "algor-ética" —término que ha ganado relevancia en foros internacionales— nos invita a codificar valores en el desarrollo tecnológico. Para quienes hemos dedicado años al análisis del entorno y al pensamiento social, este es el nuevo gran desafío.
Mi compromiso en los próximos meses es profundizar en esta intersección: donde la filosofía se encuentra con la estrategia, y donde la ética guía a la innovación. El futuro de nuestras organizaciones y de nuestra convivencia social dependerá de nuestra capacidad para recordar que, detrás de cada dato y de cada línea de código, hay un rostro humano que merece ser reconocido.
La pregunta sigue abierta: ¿Estamos listos para liderar la tecnología desde el humanismo?
Juan Salvador Pérez
miércoles, 31 de diciembre de 2025
"MAGNIFICA HUMANITAS": LA PROPUESTA DEL PAPA PARA LA IA
Cuando en 1891, León XIII - el papa pionero de la Doctrina Social de la Iglesia - publicaba la encíclica "Rerum Novarum" (De las cosas nuevas), abordaba de manera valiente y profética el tema que la cuestión social, y lo hacía denunciando los graves problemas de la clase trabajadora surgidos tras la Revolución Industrial, la pobreza extrema, jornadas laborales extenuantes, explotación infantil, hacinamiento, pésimas condiciones de vida, falta de higiene y salud, y la brecha creciente entre ricos y pobres, evidenciando una crisis social tremenda.
La Iglesia - a finales del siglo XIX - alzaba su voz ante la inminente necesidad de buscar soluciones.
Hoy, pasados 135 años de aquella encíclica de León XIII, tanto la Iglesia como el papa actual están conscientes de la complejidad que representa la cuestión tecnológica.
Es acertado hablar de esta cuestión "tecnológica" de manera análoga a la "social" del XIX, porque la tecnología ha reconfigurado profundamente la sociedad, el trabajo, la identidad y el poder.
Ciertamente se han creado nuevas oportunidades (conectividad, avances médicos), pero también nuevos problemas (brecha digital, desempleo estructural, dilemas éticos, control de datos), convirtiéndose en un motor central de cambio con efectos transformadores similares a los que la industrialización tuvo en el siglo XIX, generando debates sobre progreso, equidad y riesgos sociales.
León XIV está claro. Ha avanzando en esa línea sin titubeo. Sin perder el foco en los vulnerables, los pobres y los más frágiles, el papa ha venido alertando sobre la actual "encrucijada" ante la cual se encuentra la humanidad en este momento.
El papa León XIV hace un llamado claro: hay que optar por la dignidad humana, es decir, reconocer siempre y ante todo el valor que cada persona tiene (y por ello compartido por todos) por el simple hecho de ser persona humana.
Se dice en los pasillos, que el título de esta primera encíclica será "Magnifica Humanitas" (Magnífica Humanidad). A mi me gusta mucho este título, me gusta mucho la esencia propia del título porque no sólo enaltece el concepto del ser humano elevándolo y colocándolo en el centro de toda la Creación, sino que además nos increpa a todos y cada uno de nosotros a redescubrir lo que nos hace ser mejores seres humanos y a ser garantes de ello.
Juan Salvador Pérez
LA DIGNIDAD HUMANA FRENTE A LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: EL RETO PARA 2026
Spaemann nos recordaba que la dignidad no es una propiedad que se adquiere por méritos o capacidades; es el reconocimiento de que cada persona es un fin en sí misma y nunca un medio para un fin.
En la era de la IA, el riesgo no es solo que las máquinas "nos superen", sino que empecemos a tratar a las personas como simples conjuntos de datos o recursos optimizables. La Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece una brújula clara en este sentido: el trabajo y la técnica deben estar al servicio del hombre, y no al revés.
Desde la ética de la IA, propongo tres pilares para el liderazgo que viene:
· Prioridad de la persona: Ninguna decisión algorítmica debe ser final sin una mediación humana que considere la singularidad de cada caso.
· Transparencia ética: El progreso técnico es ciego si no se fundamenta en valores de justicia y bien común.
· El valor de lo "no funcional": La dignidad reside precisamente en aquello que la IA no puede replicar: nuestra capacidad de amar, de sufrir, de conmoverse y de dar sentido a la existencia.
Para 2026, el mayor reto de las organizaciones no será la adopción tecnológica, sino la preservación de su humanismo. Como líderes, nuestra tarea es asegurar que la eficiencia nunca opaque la dignidad.
Juan Salvador Pérez
martes, 25 de noviembre de 2025
DIÁLOGO Y CARIDAD: CLAVES PARA LA RECONCILIACIÓN EN TIEMPOS DIFÍCILES
Aquel llamado que
nos hizo Francisco en la Exhortación Apostólica Gaudete et exultate, fue
verdaderamente no solo una lección para la vida de los cristianos, sino una
invitación a todos los seres humanos a vivir la vida con alegría y regocijo.
Pero, ¿a qué se
refería Francisco con esas dos palabras: alegría y regocijo?
Evidentemente no
se refería a la vida llena de risas y sonrisas de las redes sociales, ni de las
publicidades y teleseries. De eso estamos –o deberíamos estar– todos claros.
La exhortación
salió publicada en 2018, el mismo día que la Iglesia celebra la festividad de
San José, el modelo por antonomasia del varón cristiano, y eso era una
clarísima indicación de cuál era la intención del Papa: un llamado a la
santidad.
No se trata, como
bien nos lo deja en claro Francisco, de una santidad de caras tristes, largas,
sufridas, ni tampoco de seres casi angelicales que no fallan, que no se
equivocan, que no dudan. El Papa nos lo dice con todas sus letras, se trata de
los santos de la puerta de al lado, es decir, personas comunes y corrientes,
que están justo a nuestro lado, que viven su fe en el día a día haciendo de lo
ordinario algo extraordinario a través del amor, la paciencia y el servicio a
los demás. Padres que crían a sus hijos con amor, trabajadores que se esfuerzan
en su oficio, personas enfermas que aceptan su cruz con fe y religiosas
ancianas que transmiten la alegría de Dios… Lo que Francisco, inspirado en J.
Malégue definió en la exhortación la clase media de la santidad.[1]
La santidad a la
cual nos invita Francisco es entonces una opción valiente de vivir en nuestra
cotidianidad alegremente nuestro llamado, y además a reconocer la santidad en
las personas que nos rodean buscando siempre vivir el Evangelio con radicalidad
y amor.
Esta radicalidad
evangélica del amor trae consigo, por supuesto, que avancemos en un camino a
contracorriente. El camino de la santidad implica que seamos hombres y mujeres
preocupados y empeñados, día a día, en construir un mundo justo.
Pero, nos hace
Francisco una fundamental aclaratoria: la justicia debe ir siempre acompañada
de misericordia.
A las personas
hay que tratarlas no sólo según la justicia, que es ineludible, sino también y
sobre todo con caridad. No olviden nunca que quien se dirige a ustedes pidiendo
ejercer vuestro oficio eclesial debe encontrarse siempre con el rostro de
nuestra Madre, la santa Iglesia, que ama con ternura a todos sus hijos.[2]
El papa Francisco
enfatiza que la verdadera justicia no debe ser fría, sino que debe ir de la
mano de la ternura y la compasión, imitando el ejemplo de Jesús. Es así como en
la encíclica Fratelli tutti, nos plantea que la justicia y la misericordia son
virtudes inseparables necesarias para la paz y el bien común, que deben
coexistir para ser plenamente efectivas. La justicia por sí sola no es
suficiente; debe ser complementada por la misericordia y la caridad para
suavizar sus efectos y orientarla hacia la reconciliación y el perdón en lugar
de la venganza.
Incluye Francisco
un elemento más: la verdad.
La verdad es una
compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son
esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide
que las otras sean alteradas. La verdad no debe, de hecho, conducir a la
venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón.[3]
La línea del papa
Francisco atiende, por supuesto, a toda la tradición del pensamiento social de
la Iglesia. Ya en Pacem in terris, san Juan XXIII al hablarnos de los
fundamentos de la Paz nos lo planteaba de manera precisa, agregando a la
verdad, el amor y la justica, un cuarto elemento también inseparable para poder
conseguir la paz: la libertad.
Por esto, la
convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la
dignidad humana si se funda en la verdad. Es una advertencia del apóstol San
Pablo: Despojándoos de la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, pues
que todos somos miembros unos de otros [25]. Esto ocurrirá, ciertamente, cuando
cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los
deberes que tiene para con los demás. Más todavía: una comunidad humana será
cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia,
respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén
movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del
prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el
mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu
humano. Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando
juntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad
del ciudadano, ya que, siendo éste racional por naturaleza, resulta, por lo
mismo, responsable de sus acciones.[4]
Hoy en día, en
Venezuela, para poder hablar de convivencia civil, de justicia social y de
santidad cristiana debemos de manera inexorable, previamente, hablar de
reconciliación.
¿Y qué supone,
pues, esa reconciliación?
Nos dice
Francisco que “… el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el
punto de vista del otro, aceptando la posibilidad de que encierre algunas
convicciones o intereses legítimos” (Fratelli tutti, 203), y continúa el
pontífice argentino en la misma encíclica:
En una sociedad
pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer
aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del
consenso circunstancial. Hablamos de un diálogo que necesita ser enriquecido e
iluminado por razones, por argumentos racionales, por variedad de perspectivas,
por aportes de diversos saberes y puntos de vista, y que no excluye la
convicción de que es posible llegar a algunas verdades elementales que deben y
deberán ser siempre sostenidas. Aceptar que hay algunos valores permanentes,
aunque no siempre sea fácil reconocerlos, otorga solidez y estabilidad a una
ética social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y
al consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso,
los reconocemos como valores trascendentes a nuestros contextos y nunca
negociables. Podrá crecer nuestra comprensión de su significado y alcance —y en
ese sentido el consenso es algo dinámico—, pero en sí mismos son apreciados
como estables por su sentido intrínseco.[5]
Necesitamos
convencernos de la necesidad de dialogar, por contracorriente que nos resulte.
Pero es esa justamente la clave de la santidad, al menos en los términos que
nos lo plantea Francisco; ser santo es ir a contracorriente.
Nos lo demuestra
el testimonio de san José Gregorio Hernández (empeñado en ser monje y
religioso, entendió que su llamado era ser un laico, médico, al servicio de la
gente, a contracorriente); también es el testimonio de santa Carmen Rendiles
(empeñada en ser una religiosa a pesar de sus naturales limitaciones físicas, a
contracorriente).
Hoy hablar de
diálogo, de reencuentro, de reconciliación, podría resultar a la luz de la
opinión pública un acto disparatado, una pérdida de tiempo, o en todo caso, una
ingenuidad. Pero una vez más nos corresponde avanzar con convicción y a
contracorriente. Allí está el camino al cual nos invita Francisco.
Un camino que de
ninguna manera será sencillo, ni fácil, ni rápido… pero que toca hacerlo con
alegría y regocijo, y con la claridad de que no significa volver a un momento
anterior a los conflictos, sino a los nuevos derroteros que nos propongamos
construir como sociedad de hermanos.
Juan Salvador Pérez
NOTAS:
[1] S.S.
FRANCISCO (2018): Exhortación apostólica Gaudete et exsultate. Sobre el llamado
a la santidad en el mundo actual. #7.
[2] S.S.
FRANCISCO (2024): Discurso a los participantes del Curso de formación promovido
por el Tribunal de la Rota Romana sobre el tema Ministerium Iustitiae et
Caritatis in Veritate.
[3] Carta
Encíclica Fratelli Tutti. S.S. Francisco. 2020. #227
[4] Carta
Encíclica Pacem in Terris. S.S. Juan XXIII. Pacem in Terris. 1963. #35
[5] Carta
encíclica Fratelli Tutti. S.S. Francisco. 2020. #211
jueves, 14 de agosto de 2025
TRANSHUMANISMO, POSHUMANISMO Y DIGNIDAD HUMANA
En medio del entusiasmo por las promesas tecnológicas del siglo XXI, el transhumanismo y el poshumanismo se presentan como dos visiones rivales sobre el destino de la humanidad. Mientras el transhumanismo celebra la mejora del cuerpo y la mente mediante la tecnología, el poshumanismo cuestiona las bases mismas de lo que entendemos por “humano”.
Esta divergencia no solo revela tensiones filosóficas profundas, sino también conflictos éticos y políticos sobre quién se beneficia de estas transformaciones y qué tipo de mundo estamos construyendo. Más que simples teorías futuristas, ambas corrientes nos obligan a repensar el poder, la identidad y la exclusión en la era digital.
Deseo de superar la naturaleza
Evidentemente, vivir más y vivir mejor no ha sido una preocupación reciente en el devenir de la humanidad. Ya desde la mitología griega, en el relato del joven Ícaro, no solo vemos el trágico destino de un joven que anhela la libertad, sino también una crítica implícita a la arrogancia humana. El deseo de Ícaro de volar no era solo por la capacidad física de hacerlo. Representaba un intento de superar los límites impuestos por la naturaleza y la mortalidad, un anhelo de trascendencia.
En los siglos XIX y XX, la idea del mejoramiento de la especie y la posibilidad de llegar más allá de los límites naturales y biológicos se convirtió en una suerte de obsesión, un “noble” empeño en hacer “mejor” al ser humano.
Podríamos encontrar en los estudios que inicia Darwin sobre las especies y luego en Galton con su teoría de la eugenesia como forma para mejorar la raza humana, los primeros pasos que llevarían a posteriores científicos y pensadores a plantearse la idea de un ser humano superior al resto de la naturaleza e incluso superior a la misma naturaleza.
Pero, ¿es realmente esto posible?
Los planteamientos trans y poshumanista
Partamos del punto de que ambas concepciones atienden a un ofrecimiento de respuestas bondadosas y bien intencionadas para la humanidad. Es decir, la idea en el fondo es que todos los hombres y mujeres vivan más y mejor. ¿Quién podría oponerse a tan elevada causa?
Lo primero que nos viene a la memoria cuando revisamos la historia del siglo XX, es cómo terminó la disparatada aventura del nazismo y su trastornada obsesión con la mejora de la especie humana y la relación entre tecnología y naturaleza. Ese antecedente no es para nada halagüeño. Plantea unas consecuencias y riesgos éticos que no nos es posible (ni recomendable) olvidar.
Pero volvamos al tema que nos ocupa. Cuando en 1957, Julian Huxley utiliza el término transhumanismo, lo hace planteándonos una filosofía que persigue la trascendencia de la especie humana, mediante una propuesta tecnológica que combina el progreso biológico con una visión ética que define al ser humano como agente de su propia transformación y la mejora continua de la condición humana.
Por su parte, el poshumanismo va bastante más allá. Su planteamiento no se limita a la mejora del ser humano, sino que cuestiona las bases del humanismo tradicional. Podríamos decir pues, que su foco no es la mejora de lo humano, sino redefinir la ontología misma de lo humano. Llega al punto de incluir en su concepción y abarcadura no solo lo humano, sino también lo no-humano (animales, máquinas, cyborgs y demás sistemas) como agentes éticos y ontológicos. El poshumanismo nos propone una reconfiguración ética y ontológica de todo. ¡Vaya!
Lo cierto es que, en ambas propuestas, la pregunta que nos surge es la misma: ¿cómo queda la persona humana, tal cual la conocemos hoy, ante estas visiones?
El concepto de la persona humana
Como institución, la doctrina católica ha dedicado siglos y esfuerzos a estudiar, desarrollar, promover y defender el concepto de la dignidad humana. Nos dice que toda persona tiene dignidad porque vale por sí misma, porque no es intercambiable por nada ni por nadie. La dignidad de la persona “no se fundamenta en las circunstancias, sino en el valor de su ser”.
Pero en el enfoque trans y poshumanista, esta concepción podría verse seria y profundamente afectada. Ambas implican aceptar una noción de la persona humana que puede ser manipulada y reconstruida. Así, pone en entredicho el valor incondicional y absoluto de la dignidad humana.
Cuando pensamos en unos “hombres” capaces de no morir nunca, o en criaturas híbridas que van más allá de los límites biológicos, pues entonces, sencillamente estaríamos superando el concepto fundamental de persona como una sustancia individual de naturaleza racional. Al mismo tiempo también es —en lo corporal— vulnerable y finita. Pero ¿esta superación no sería más bien un ataque a la esencia propia de la humanidad, de lo humano por antonomasia? ¿No estaríamos acaso entendiendo al ser humano más como un medio (aunque sea con un objetivo de mejora) que como un fin en sí mismo?
¿Abrazar las ideas trans y poshumanistas no sería, al final del día, una peligrosa (acaso inconveniente) pretensión antihumanista?
Pensemos, por ejemplo, en estos dilemas (entre muchos otros) que podrían presentarse como consecuencias de estas concepciones. La “cosificación” de la dignidad: ¿no podría verse comprometida la dignidad humana, si partes del cuerpo se convierten en “cosas” o implantes que se pueden reemplazar o mejorar, como si fueran meras herramientas? La nueva desigualdad: ¿no se generaría una nueva división social —existencial, más bien—entre aquellos que pueden costearse las mejoras tecnológicas y los que no, produciéndose así una nueva forma de desigualdad y discriminación?
¿Una pretensión arrogante?
La mitológica historia del joven Ícaro nos advierte sobre los peligros de la ambición sin sabiduría. Al ignorar las advertencias de su padre Dédalo, y concentrarse sólo en la búsqueda ciega de la mejora, el destino inevitable de Ícaro fue una estrepitosa y mortal caída.
Pretender una búsqueda de la perfección física o mental que nos aleje de nuestra humanidad nos coloca ante otra vulnerabilidad: la ingenua arrogancia. El verdadero crecimiento reside en el equilibrio, la humildad y la aceptación de nuestras limitaciones, no en su negación imprudente.
Tanto el transhumanismo como el poshumanismo ofrecen visiones provocadoras sobre el futuro de la humanidad. Pero sus promesas están acompañadas de riesgos éticos, sociales y políticos que no pueden ser ignorados. Porque avanzar hacia una mejor manera de ser personas, convertirnos en mejores seres humanos, no puede lograrse mediante la eliminación del hombre para llegar a un trans o poshumano perfecto. No.
Convertirnos en mejores humanos solo puede lograrse de una manera: haciéndonos más humanos, viviendo como mejores humanos.
JUAN SALVADOR PÉREZ
* Artículo publicado en Diálogo Político





