En alguna ocasión, el reportero español Juan Mayor De La Torre entrevistó
al padre Pedro Arrupe S.J., Prepósito General de la Compañía de Jesús. La
entrevista iba más en la línea de perfilar a aquel vasco polémico que conducía
a los Jesuitas en ese agitado y convulso periodo de la Iglesia post Vaticano
II.
De La Torre quiso – a manera simpática y reporteril – preguntarle sobre cuál
había sido en los casi 30 años de vida de Arrupe en Japón, la imagen más viva
de su permanencia, a lo cual Arrupe respondió sin titubeo ni pensarlo por un
segundo: la explosión de la bomba atómica de Hiroshima[1].
Y explicaba el P. Arrupe al reportero, con paciente pedagogía, que aquella
bomba produjo sobre todo un efecto psico-político y religioso que cambió
completamente al Japón para siempre.
Recientemente me topé en las redes sociales con la opinión de expertos
geólogos que estiman el impacto del “doblete” de terremotos del 24 de junio
tuvo una la liberación de energía comparable con la fuerza destructiva de 260
bombas de Hiroshima.
La referencia es – a lo menos – impresionante. Y basta con recordar esos
breves instantes del sacudón y luego ver las imágenes de todo lo acontecido,
para estremecernos y conmovernos hasta lo más profundo de nuestro ser.
El dolor, el sufrimiento, la muerte, la pérdida de seres queridos, la
destrucción de bienes materiales, el impacto en la gente, en todos nosotros, el
miedo, la tristeza. Todos los testimonios son desoladores.
Pero al lado de esta desolación aparece, erguida y gallarda, la mejor cara
de los venezolanos. La ayuda valiente de vecinos, la colaboración desprendida
de la población, la solidaridad y entrega de miles y miles que quieren ayudar
como sea y a quien sea.
Ciertamente somos un país cansado, desgastado, han sido muchos años de un
devenir fatigoso. Y sumarle a ello, dos terremotos seguidos, parece más un
castigo caído del cielo que una lección de vida.
La bomba de Hiroshima, se pensó y se ejecutó en efecto como un “castigo” (literalmente
caído del cielo desde el bombardero B-29 Enola Gay) al enemigo. Buscaba arrasarlo por completo,
pretendía la total rendición y así fue. El Japón quedó reducido a la nada. Fue
barrido. Pero supo levantarse de las cenizas. Supo y quiso hacerlo.
Todo Japón decidió echar a andar al país… Más allá del “castigo” sufrido
(infligido), asumieron los japoneses el norte y el desafío de convertirse en
una potencia.
Hoy, se nos presenta a los venezolanos una ocasión muy similar, o al menos
quisiera así entenderlo. Lo sucedido el 24/6 no fue un castigo caído del
cielo (de hecho, viene de las entrañas de la mismísima Tierra). ¿Qué
sentido tendría que entendamos este “doblete” como una condena? ¿Acaso hay
quien crea que estamos destinados inexorablemente a quedarnos en la zaga del
progreso de las naciones? ¿No sería más provechoso que asumamos toda esa
descomunal liberación de energía como una providencial oportunidad para
el país?
Aristóteles utilizaba el concepto “enérgeia” para explicar la
realidad en oposición a la dúnamis (la potencia o la posibilidad). Es decir, la
energía es aquella fuerza que permite el paso de la posibilidad a la realidad.
Nos corresponde, pues a todos entenderlo y asumirlo así: como una
oportunidad para la reconstrucción nacional.
Toda esa energía liberada no tiene por qué disiparse en el olvido ni
tampoco mantenerse en el lamento; puede – por el contrario – convertirse en el
pulso interior que active a cada ciudadano.
Reconstruir a Venezuela va mucho más allá de recoger escombros y levantar
paredes; es un proceso que nace en el espíritu de todos aquellos hombres y
mujeres que deciden poner el país de pie.
[1] Entrevista al P. Arrupe S.J. Prepósito
General de la Compañía de Jesús. 1972. https://www.rtve.es/play/audios/joyas-del-archivo-sonoro/padre-arrupe-hiroshima-pedro-arrupe-bomba-atomica-explosion-radioactividad-supervivientes-cuidados/16687685/

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